EL COCINERO ANTROPÓFAGO

       (CUALQUIER PARECIDO CON LA COINCIDENCIA, ES PURA REALIDAD)

Había una vez, en un lejano país (aunque no lo suficientemente lejano como para no ser una amenaza) un hombre que se había hecho a sí mismo… gracias a su papá. Crecido y educado en el seno de una familia dedicada a los negocios relacionados con la alimentación, el tipo, llamado Adonaldo en atención a sus orígenes remotamente celto-germánicos, era un sujeto mediocre aunque también ambicioso y codicioso; por eso, pese a no ser el primogénito, fue el preferido de un patriarca casi tan codicioso y ambicioso como su retoño aunque notoriamente menos estúpido. Pero como es bien sabido, ambición y codicia pueden mover montañas e igualmente encumbrar a un idiota; y fue precisamente  por ello que el macho alfa exhortó a nuestro Adonaldo para que se hiciera con un nombre en el universo gastronómico; obviamente el clan no reparó en gastos: un soborno por aquí, una propina por allá, un sicario por aquí, un matón de barrio por allá…

Adonaldo, convertido ya en reputado cocinero gracias a cierto reallity show financiado por la fortuna familiar, empezó destacar como poderoso propietario: creó un emporio de comida rápida: el “Adonaldo Empire” cuyo éxito se gestó gracias a una agresiva publicidad (trufada de elementos subliminales) y a un hooliganismo no menos agresivo protagonizado por quienes Adonaldo llamaba “sus muchachos de piel de hielo”. Así las cosas, por una parte la publicidad subliminal hacía su labor idiotizando (más aún) a masas ya de por sí idiotizadas, dirigiendo sus paladares hacia los productos del magnate; y luego estaban “los ice-boys” que se dedicaban a apalizar a la competencia, a provocar incendios accidentales, e incluso a machacar ocasionalmente los sesos de quienes osaban acercarse a cualquier restaurante de la competencia. 

Sin embargo Adonaldo era torpe y fracasaba con frecuencia. De hecho había llegado a quebrar en sus negocios hasta seis veces. Y se estrellaba a causa de cierta maldición congénita: los Siete Pecados Capitales (la biblia puede ser una colección de mitos, que lo es, pero no es un libro escrito por estúpidos). En primer lugar era muy soberbio: jamás admitía errores y nunca aceptaba que le llevaran la contraria; además tenía muy mal perder. Su avaricia era proverbial, pues consideraba suyo incluso aquello que no se podía poseer (las nubes, los copos de nieve, los agujeros negros, las supernovas…). Su lujuria era enfermiza y degradante, ya que sus deseos lúbricos incluían como presas a los “pequeños intocables” y no entendía de mujeres sino de hembras. ¿Y qué decir de su ira? Pataletas infantiles desde la corpulencia de un peso pesado, unas rabietas en cuyo máximo apogeo Adonaldo llegaba a destrozar la vajilla completa en cualquiera de sus restaurantes. ¿Y el más destacado de sus pecados…? ¡LA GULA! (lo veremos al final). 

Era el ser más envidioso de la galaxia y quizás del universo; de hecho, cuando le negaron el premio al cocinero más encantador, otorgado a quien dirigía el segundo restaurante más renombrado de la cadena, es decir, alguien subordinado al Emperador Adonaldo (así se hacía llamar nuestro magnate) el empleaducho fue defenestrado… ¡literalmente!, pues el iracundo e ínvido pelusero se presentó en el local que dirigía el recién galardonado y lo arrojó por la ventana haciendo que cayera  “de chombo” (como decimos en Euskadi) en la piscina de recreo que había bajo el comedor “Caracas” del susodicho restaurante; y todo ello tuvo lugar ante la concurrencia de casi doscientos comensales, que estallaron en groseras risotadas hacia el ridículo pelele quien, segundos después, empapado como un hamster que saliera de un canal, se arrastraba a los pies de su patrón intentando que le explicara en qué consistía su culpa. «Iba a ponerte a cargo del nuevo negocio que acabo de adquirir en el Caribe sur, pero mírate: ¿Quién respetaría como chef en jefe a una piltrafilla como tú…?»

¿Y perezoso…? ¿Era acaso perezoso el autoproclamado Emperador Adonaldo? A su manera sí; y bastante. Por ejemplo, se recreaba en su propia ignorancia menospreciando la gastronomía china, cuando le habría sido muy fácil buscar información sobre dicha competencia y sus menús o platos estrella. Podría haber aprendido, verbi gratia, por qué los restaurantes chinos vendían con clamoroso éxito su famoso “chop-suey” y dónde  estaba el secreto de que mucha gente prefiriera ese manjar en vez de los “trompoburger” que se servían en “Adonaldo-empire” dando vueltas sobre sí mismos como peonzas.

Pero como ya adelantaba un par de párrafos más arriba su mayor pecado capital era LA GULA, motivo este por el cual fallarían sus primeros negocios (los detalles son ahora irrelevantes). Conviene saber que, siendo Adonaldo un botarate y un patán sin remedio, su gula estaba casi a la altura de su ambición, así que sí: patán, botarate, cenutrio, ególatra… pero no gilipollas del todo; y esa enorme ambición le hizo ver que la gula podría servirle para alcanzar su gran éxito, éxito que sería en realidad una última oportunidad para mantener su imperio; Adonaldo se reveló por fin como lo que siempre había sido y lo que mucha gente sospechaba: UN COCINERO ANTROPÓFAGO MEGALÓMANO. 

Tan ebrio como sediento de poder, se rodeó de un equipo adecuado a sus intereses, es decir, sujetos mediocres y serviles, carentes de todo escrúpulo, acostumbrados a desenvolverse como pez en el agua por ese proceloso entorno donde la llamada “ley del fraude” estaba al servicio del más codicioso, siempre y cuando se contara con la capacidad para manejar convenientemente todo tipo de subterfugios y triquiñuelas legales, incluyendo maniobras dilatorias favorables a los morosos. Ese equipo y la omnipresente propaganda bulística (a veces subliminal, sí) sirvieron para explotar a favor de Adonaldo una idiotez nacional galopante de tal modo que el magnate de la comida rápida fue aupado a la presidencia del país, un país al que ya había embriagado previamente con el manjar más perverso y adictivo de todos: LA CARNE HUMANA.

¿Hace falta que os explique, inteligente-gente lectora, cómo planeó Adonaldo convertir a los idiotas en caníbales, ocultándoles de paso que también ellos acabarían siendo materia prima para la picadora? ¿Será necesario que os cuente por qué quería el Emperador hacerse con la Gran Isla de las Especias Frías? ¿Tendré acaso que contaros cómo urdió su plan para raptar a cierto chef (que tampoco era trigo limpio) y neutralizar así su influencia en la gastronomía modesta, arrebatándole de paso todos sus condimentos evitando que los pudiera compartir con otros competidores? No, ya sé que no va a hacer falta, porque sois muy inteligentes.

TXESKO C.

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