“Agarrado a la cola del viento” Carta a mi querido Robe

Era un día raro de camino al trabajo, sí, es verdad, lo tengo que confesar. Como cada mañana escuchaba una serie de canciones que, sin quererlo, lo que hacen es preparar mi cabeza para entrar en esa máquina machacatrabajadores que son las fábricas.

La música es repetitiva; siempre suenan las mismas canciones, como si mi cabeza, escuchando las mismas retahílas, quisiera acostumbrarse a los ruidos ensordecedores, las sirenas y los gritos de los maquinistas vociferando: «¡Me cago en Dios!».

¡Sí! Fue en ese mismo momento cuando yo contesté: «¡En Cáceres y en Badajoz!».

Así, como si un viento me llevara, fui transportado hasta el siguiente instante, en el que apareciste tú, Robe. Me veo llorando en el coche de mis padres, en el sillín de atrás. Tus canciones siempre me han servido para encontrar alivio donde nunca lo hay: en las pérdidas más duras que tienes que afrontar en la vida, sean las que sean. En este caso, de camino al entierro de mi abuelo.

En tu ley innata encontré la solución a aquellas lágrimas. Comprendí que este mundo es un reloj que nos machaca, una cadena que nos ata al instante; pero tú, ¡sí, tú!, me enseñaste que se está mejor agarrado a la cola del viento. Me sentí mejor, me ayudaste a romper esas cadenas que nos atan al reloj, y descubrí que juntos, en aquel maldito y asqueroso viaje a la nada y a la eternidad de los recuerdos, podía encontrar paz.

Porque nadie como tú sabe escribir y cantar desde el desgarro, desde la depresión, desde los lugares donde el ser humano deja de ser precisamente eso: humano. Me enseñaste que la vida es una mierda, que está llena de caminos empedrados por los que galopamos, mientras el camino social está alquitranado y se nos quedan pegadas las pezuñas. Pero tú me enseñaste que el ser humano, que el ser social, está lleno de amor, aunque en algunos momentos no lo veamos; tú nos lo gritabas desde entre las montañas.

Que, aunque se nos queden pegadas, siempre estarás tú, siempre estarán tus canciones.

Porque, Robe, ahora todos te alabamos; solo recordamos los mejores momentos, todo fue fantástico contigo. Pero a mí me enseñaste a dudar, a tener miedo. Y no es algo extraño: es algo normal. Y aunque dentro de este sistema de mierda que nos exige ser perfectos —o ponernos a los pies de los caballos— y nos destroza como personas para alcanzar esa perfección, tú enseñabas que podíamos ser Evaristo, el rey de la baraja —antes chapista—; que podíamos subir a los cielos, resucitarnos con tus canciones, fumarnos un canutito y caer a los inframundos al instante siguiente.

Volví… Volví al camino que me llevaba a la maldita fábrica, pero ya no era como antes. Mis lágrimas empañaban las gafas y las llenaban de gotas. Con el móvil en la mano me di cuenta de que sí, de que era verdad: que mi querido Jesucristo García había concretado la fecha de su muerte con Satán.

¿Pero sabes qué es lo mejor, querido amigo? Que ahora ya no hay nada que te pare los pies. Ahora eres eterno, ahora formas parte de la inmensidad de la memoria. Porque ahora cada canción tuya es un canutito que nos resucita, que nos transporta a tu presencia.

Ya delante del ordenador, escribiendo esta carta una semana después, me doy cuenta de que no sé por qué la estoy escribiendo. No comprendo por qué te he llorado como si fueras mi abuelo, por qué me ha dolido tu marcha como si fueras mi amigo. ¡Sí! Quizá sea eso: quizá porque, sin conocerte, sin poder cruzar una palabra contigo, estuviste ahí en los peores momentos de mi vida; donde nunca me sentí acompañado, donde la soledad del recuerdo es el respiro del alma que da la vida.

Gracias, querido compañero.

¡Hasta siempre, Robe!
¡Hasta siempre, siempre!
¡Hasta siempre, siempre, siempre!

Fdo: Rodrigo Trinidad Morán

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