Hace algunas fechas alguien de LaTaska (“escribiente” o “leyente”, da lo mismo) sugirió la posibilidad de meter ocasionalmente algún articulillo relacionado con la música. Suena bien ¿verdad…? Porque…¿a quién no le gusta la música? Bueno, haciendo memoria diré que una vez me hablaron de una persona para quien la música era simplemente ruido; de entrada ni le gustaba ni le disgustaba: eso únicamente dependía de cuántos decibelios se generasen con ese “ruido” cuando este apareciera en alguna de sus muchas variantes.
En LaTaska (lado escribiente en este caso) somos gente melómana. Incluso hay quienes son capaces de defenderse con bastante dignidad ante un piano o una guitarra… De hecho hasta contamos con un friki al que no teniendo suficiente con el tañer de cuerdas le ha dado ahora por la lutería. Como dice el refrán “cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas”. En cuando a nuestros gustos musicales, pues eso: un poco de todo. desde lo clásico más clásico (grandes diatribas entre incondicionales de Mahler o Stravinski) hasta la más popular entre las más populares, pasando (¡cómo no!) por el jazz. El jazz, por cierto, es una de las músicas más revolucionarias y contestatarias que existen ¿que no…? El friki de las guitarras así lo cree. ¿Nos metemos un poquito con este género musical?
Si tuviera que explicar en qué consiste el jazz con pocas palabras me reconozco incapaz de hacerlo: hay tanta riqueza, tantos matices, tantas variantes… Sí tengo claro, y para eso no necesito construir mucho texto, que el jazz como género musical no es monolítico ni unívoco; también resulta evidente que no se trata de un compartimento estanco en el universo de la música, pues el jazz no solo convive sino que es capaz de compartir espacio con otros géneros, empezando naturalmente por el blues, continuando con la bossa nova y la samba, la salsa, el rock, el góspel e incluso el flamenco. Esto no significa que no exista una cierta ortodoxia en lo que respecta al jazz… ¡Pero es que en su propia carta de naturaleza encontramos la más radical heterodoxia, oh, paradoja de paradojas!
El jazz nace pues heterodoxo y se vuelve ortodoxo con el tiempo; se repliega, pero para volver a desplegarse en las más ricas fusiones con otros formatos armónicos. Por eso, de buenas a primeras, no habría (por ejemplo) ninguna guitarra inadecuada para interpretar buen jazz. Y ya puestos mejor dejar a un lado toda pedantería, cualquier esnobismo, en el sentido de que me niego a aceptar como incontestables los juicios de valor que consideran el jazz como “cubismo musical”, “expresionismo abstracto armónico-sonoro” u otras formas de intentar parecer muy listos y muy cultos, haciendo que se nos llene la boca de frases rimbombantes y, en algún caso, sectarias cuando no sencillamente huecas o vacías, pretenciosas, grandilocuentes, puro cartón piedra. ¿Significa esto que es imposible cualquier intento de definir o acotar el jazz usando el lenguaje natural? No; en absoluto. Porque si así fuera, podríamos a fortiori afirmar que todo es jazz.
El lenguaje verbal adolece, creo que esto es obvio, de insuficiencias para referirse de forma precisa a cualquier género musical. El jazz, sin embargo, se puede apalabrar de manera aproximada y dicho apalabramiento sirve, es válido, cuando va acompañado de intuiciones certeras. Esto que acabo de escribir sin duda resultará algo oscuro, soy consciente; pero no se trata de construir una metafísica con el jazz, sino más bien una hermenéutica cuyo fundamento se sustente a partes iguales en la racionalidad y en la emotividad.
Pero… ¿Qué podemos decir, propiamente, sobre el jazz para que quien no lo conozca sepa de qué estamos hablando? Voy a citar a alguien mucho más sabio que yo, con muchísimo más conocimiento en este campo, como es el especialista alemán Joachim-Ernest Berendt; nos lo cuenta en su obra «The Jazz Book» publicada en 1975 por Lawrence Hill & Company, New York : «El jazz es una forma de arte musical nacida en los Estados Unidos a partir de la confrontación de los afroamericanos con la música europea. La instrumentación, melodía y armonía del jazz se derivan principalmente de la tradición musical de occidente, pero el ritmo, el fraseo y la producción de sonido, y los elementos de armonía del blues se derivan de la música africana y del concepto musical de los afroamericanos; rasgos distintivos de este género musical serían cierta cualidad rítmica especial llamada swing, el papel de la improvisación y también un sonido y un fraseo que reflejan la personalidad de los músicos ejecutantes». No es una definición (lo vemos claramente) monolítica y tampoco tiene una vocación de precisión matemática… pero hay en ella «un no-sé-qué» que nos permite intuir y al mismo tiempo captar racionalmente e incluso emocionalmente qué es eso llamado “jazz”.
«¿Y por qué el jazz precisamente, taskero…?» (me preguntaréis) Muy sencillo: es el primer género musical detestado por los nazis con Adolfo Hitler a la cabeza (también odiaban el swing, pero esa es otra historia y además decir “swing” es aún más resbaladizo que decir “jazz”). Como todo el mundo sabe, el führer, esa bestia parda, adoraba a Wagner… bueno, en realidad adoraba los aspectos más grandilocuentes y nacionalistoides meta-atmosféricos del peculiar universo wagneriano, con sus walkirias blancas-blanquísimas, rubias-rubísimas, arias-arisquísimas (bueno, esto me lo acabo de inventar). Y el jazz… ¡Huy, el jazz…! claro (¡clarísimo!) el jazz es una música decadente de negros (¡negrísimos!) y gente inferior en general… aunque ciertamente hubo nazis (después ex-nazis) que disfrutaban con el jazz como por ejemplo el célebre musicólogo Dietrich Schulz-Köhn . Eso sí, hay algo en lo que claramente coinciden, pongamos por caso, Wilhelm Richard Wagner y William “Count” Basie: son dos ejemplos prototípicos de que la música no amansa a las fieras. El primero, como ya ha quedado dicho, era el compositor-fetiche de Hitler; el segundo uno de los músicos más admirados por el también ya mencionado musicólogo ex-nazi (pero, insisto, antes nazi).
El jazz remite a inmigración, a mestizaje, a mujeres negras como Ella Fitzerald, Aretha Franklin o Dinah Washington; a músicos imprescindibles como Tito Puente, que era neoyorkino igual que Trump pero de origen puertorriqueño… Pues sí, ya veis: hemos llegado inevitablemente al tío Donald una vez más, ese amante de la canción más icónica de los Village People adoptada en su día por la comunidad LGBTI, ese gran ignorante que parece despreciar todo lo que no sea blanco, protestante y anglosajón e incluso amenaza a quienes quieren ejercer su legítimo derecho al sufragio para votar al candidato que les salga de la pinga o del dindirimbimbi, sea dicho candidato socialista (el mosquito trumpetero dijo “comunista”) musulmán de origen ugandés o con un tono de piel amarillo y topos lilas… Dudo que a “Trumpy” le guste el jazz (y si dice otra cosa, miente). El jazz es un pretexto para reivindicar la más imaginativa y sana espontaneidad creativa frente a la pura y simple ocurrencia grosera de todos esos botarates de poltrona, que parecen epidemia galopante, y entre cuyos ahelos está también el oscuro deseo de que cantemos las canciones que les dicta en sueños su perro muerto, o su caudillo bajito también muerto. Solo una cosa más ya para acabar: en el Jazz nada es mentira, no hay bulos, no hay trampa ni cartón. Me entendéis, ¿verdad?
TXESKO C.