Imaginemos por un momento: vas a un hospital, te hacen una mamografía, creen detectarte algún tipo de tumor y te vas a casa sin saber nada. Al cabo de dos años te llega una carta con un diagnóstico de cáncer. Tú misma, hace menos de un año, ya te habías notado algo extraño en el pecho y, por una cuestión casi de vida o muerte, decides pagarte una revisión privada. Allí, sí te confirman lo que temias; la puta dichosa palabra cancer.
Pero no solo eso. A los pocos meses de recibir la carta, -después de haber detectado tu misma el tumor y ya operada- y con una mezcolanza entre cabreo y susto, escuchas a un señor decirte que la culpa es tuya, que tu indignación solo busca desprestigiar la sanidad de tu comunidad.
Y aún hay más. Tras todo esto, el representante de sanidad comparece y asegura que la eliminación de las mamografías de los historiales y la modificación de los análisis colgados eran “acusaciones partidistas” destinadas a hacer daño al gobierno. Horas después, el propio departamento de salud de la comunidad autónoma reconoce el error y da la razón a las pacientes que lo denunciaron.
En el mismo acto político de su órgano —el parlamento autonómico—, el responsable atribuye lo ocurrido a un “bloqueo en los servidores” y, atención, ¡lo compara con la caída global de servidores que afectó a la compra de entradas para un concierto de La Oreja de Van Gogh! En fin…
La sensación de desafección y hastío que provocan comentarios así, estés o no en la situación de esas mujeres, es abrumadora. No hace falta estudiar muchas estadísticas ni hacer cursos de comunicación política para prever los resultados de estas actitudes: basta con ver cómo crece la antipolítica en las encuestas.
Cada vez se amplía más la distancia entre nuestros representantes y las causas sociales. Muchos analistas del sistema electoral coinciden en que, por ejemplo, el aumento de apoyo al PSOE se debe a que las políticas del presidente en torno al conflicto de Gaza han reconectado con antiguos electores y atraído nuevos, devolviendo el interés social al centro del debate político.
En cambio, la ineptitud demostrada durante la crisis de los incendios de este verano o la DANA de Valencia ha impulsado el crecimiento de la extrema derecha y de la antipolítica.
El análisis es claro: cuando se abandona el pragmatismo, los cálculos electorales y los intereses partidistas o técnicos, se reconecta con los electores. Demasiadas veces vemos a nuestros “queridos” políticos más preocupados por salvarse a sí mismos o proteger los muebles del partido que por gestionar la crisis que ellos mismos han provocado con su mala —y a veces intencionada— gestión.
Todo esto está vinculado a la forma en que nuestros representantes entienden la política. La visión más humanista debería situar en el centro a las personas, ayudar a la colectividad y comprender la unidad de los ciudadanos dentro de un marco democrático e integrador.
Sin embargo, observamos una deshumanización progresiva: el ser humano se desplaza del centro del objetivo y el sistema se convierte en algo que “hay que gestionar”. Entra en juego una lógica más material, matemática y liberal. El ciudadano deja de ser sujeto para convertirse en objeto de análisis; la causa pasa a ser el fin en sí misma.
Volviendo al caso inicial, la persona que gestionaba el sistema de salud andaluz fue destituida y sustituida por alguien muy cercano —y “mano derecha”— del presidente. Un relevo más orientado al control de daños y a la gestión política interna que a resolver la situación de las mujeres afectadas.
También ocurrió en la DANA de Valencia, donde el presidente colocó a un militar, un “técnico”, para gestionar el caos. En ambos casos, las mujeres que estaban al frente fueron apartadas y sustituidas de forma fulminante por hombres “técnicos”. Se refuerza así la idea, tan rancia como persistente, de que cuando hay que “coger el toro por los cuernos” hacen falta hombres de “mano dura” y no mujeres vinculadas al cuidado o la empatía. La razón frente al corazón, dicen.
Desde la ciudadanía tenemos una responsabilidad: ocupar los espacios que ahora controlan los tecnócratas, volver a poner en el centro al ser humano, la colectividad y la democracia entendida como un acto de respeto mutuo y de igualdad ante la ley.
No nos dejemos seducir por esos tecnócratas que prometen salvar el mundo. Muchos de ellos dejan tras de sí un reguero de empresas cerradas, donde las matemáticas pesaron más que las personas.
Ocupemos el espacio que nos corresponde, aunque el ruido y el cansancio nos agoten.
Este artículo os lo ofrece Rodrigo T.M