El totalitarismo capitalista y la deshumanización del mundo

Lo confieso, estoy preocupada. Hoy, más que un artículo, os traigo un grito de rabia e impotencia. Para ello, no quisiera recurrir al manido «cualquier tiempo pasado fue mejor». Pero cada época posee sus luces y sombras, y no querer mirar de frente a la sombra actual tan solo la perpetúa.

Siento que, en la actualidad, la interdependencia se pierde. Nos hallamos en un universo individualista en el que las relaciones se convierten en mero postureo y exhibicionismo de egos. En el que las personas se deshumanizan, comenzando por sí mismas, y en el que las redes son cómplices y testigos de una batalla campal que atrinchera a la razón. Paradójicamente, dentro de tanta individualidad, nos hemos convertido en una masa susceptible de ser manipulada a través de campañas propagandísticas. Y eso supone un serio problema.

Antes de proseguir, permitidme un receso. Debía de ser muy pequeña cuando por primera vez me hablaron en primaria de la Guerra Civil. Ya la conocía de antes, aunque para mí era un espectro del pasado que persistía en el presente. Un tema del que no hablar, en especial si mi bisabuela —quien fuera guerrillera— estaba presente. No conocía la guerra, pero, junto con la dictadura, las personas la recordaban como algo cercano, una pesadilla de la que recién despertaban. Una pesadilla que recordaban en las pantallas cuando los dos rombos decían que era hora de ir a la cama y, a continuación, imágenes bélicas sin edulcorar ocupaban el televisor. Sabía que la guerra era horrible sin necesidad de haberla vivido, por eso me chocó tanto descubrir lo que era una guerra civil: una guerra en la que amigos, vecinos y familiares luchaban en bandos enfrentados. ¿Cómo era eso posible?

Con mi mente de niña, no entendía cómo la diferencia de opiniones podía llevar a atentar contra la vida de seres cercanos. Repito, era una niña. No sabía de nacionalismos ni de repúblicas. Cuando preguntaba en casa quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos, la respuesta siempre era la misma: «en una guerra no hay buenos ni malos, solo gente muriendo». No comparto esa opinión, pero hoy, más de treinta años después, la agradezco de corazón, pues podría decirse que era una verdad a medias. En la guerra no hay buenos ni malos, porque quienes manejan los hilos no ocupan trincheras ni encabezan filas. Existen quienes luchan a las órdenes, programados con consignas; quienes se defienden o sobreviven y, quienes, simplemente, mueren. Luego están quienes disponen de las vidas mencionadas según sus intereses. ¿Acaso no existe un mal tras el telón?

Cuando la gente muere, no se puede ser relativo. Por eso, lo que está ocurriendo en Gaza es horroroso y puede describirse como un genocidio que, recordemos, se inició mucho antes del 7 de octubre de 2023. Pero mi entrada de hoy no va de esto, sino de cómo se ha llegado al distanciamiento social que nos torna ajenos a esta barbarie; de cómo se puede bromear con ello o incluso apoyar lo ocurrido sin sentir un ápice de empatía hacia las personas que mueren a diario.

Tras un largo período de paz, los totalitarismos y la Segunda Guerra Mundial se han convertido en páginas del libro de historia. Sin apenas testigos, se convierten en algo lejano y ajeno, y los derechos humanos que surgieron como lección, se han convertido en el muro de Rebelión en la Granja, adulterados a diario con la tinta del Capital. ¿Exagero?

Según Hannah Arendt, los totalitarismos se desarrollan bajo tres factores: un sentimiento imperialista, eliminar las clases para convertirlas en masas y ejercer prolíferas campañas de odio a través de los medios de comunicación. Bajo estos preceptos, ¿podemos estar seguras de no vivir bajo un totalitarismo regido por el Capital? Quizá los totalitarismos no han muerto, sino evolucionado y sofisticado sus herramientas de control.

El impulso imperialista

Al pensar en el imperialismo, es fácil imaginar la expansión del imperio romano o la colonización de América. Pero los imperios actuales no siempre se identifican con una bandera. Es más común que lo hagan desde una marca que se expande alrededor del mundo. Figuras como Bezos, Elon Musk o Mark Zuckerberg han colonizado el mercado a través de sus marcas, productos y aplicaciones. De esta manera, actúan como nubelistas —término acuñado por Yanis Varoufakis para referirse a los amos de los feudos virtuales— que incrementan sus imperios a través de los mercados.

De clase a «masa de masas»

El segundo ingrediente pasa por eliminar las clases sociales —junto a la conciencia de clase— y convertir a la población en masa. Vale la pena detenerse, porque es crítico.

Los viejos totalitarismos creaban personas iguales, como copias. El nuevo capitalismo, en cambio, ha hecho personas iguales en sus diferencias. Como menciona Byung-Chul Han, «[l]a interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con los otros. Más bien sirven para facilitar el encontrar personas iguales»(Han 2022). Entretanto, la propaganda alerta de la toxicidad de los otros y se generan batallas de «masas contra masas»: dentro de las diferencias, todos nos integramos en un mismo conjunto: «[l]o individual se reduce a la capacidad de lo universal para marcar tan exhaustivamente lo accidental que pueda conservarse como lo mismo» (Adorno y Horkheimer 1994).

No hay piedad tras la pantalla, pues el enemigo no es una persona, sino un mensaje tras ella. Asimismo, el continuo scroll nos invade con mensajes «positivos» que resaltan la necesidad de hedonismo y un capacitismo enfermizo. Cada uno es dueño de su destino, cada cual tiene lo que busca. Una dictadura de la felicidad personal que nos desconecta de los demás. «La felicidad se ha convertido en un imperativo moral que responsabiliza al individuo de su propio malestar»(Illouz y Cabanas 2019).

Propaganda para las masas y la deshumanización del «otro»

En este escenario, la propaganda se reproduce como caldo de cultivo, a menudo sembrada por las mismas masas. Cada usuario se convierte en emisor, amplificando mensajes que confirman sus sesgos y deshumanizan al contrario. Cualquier movimiento se sentencia con un mote despectivo (progres, fachas, perroflautas, rojos), se desfiguran las imágenes y los memes burlescos se vuelven incesantes. El humor se convierte en arma —es más fácil burlarse de un refugiado ahogado cuando se hace viral que confrontar el horror de esa muerte— y así, cuanto más marcado es el conflicto, mayor es la deshumanización. Las redes sociales son un gran anfiteatro en el cual la crueldad se normaliza bajo la excusa del humor. De esta manera, la deshumanización que nos llega de la población palestina no es más que un eco de lo que se promueve desde Israel.

En conclusión, llegadas a este punto podemos afirmar que se cumplen los preceptos para un totalitarismo encubierto. Pero ¿eso es suficiente para convertirnos en seres fríos e incapaces de empatizar?

La banalidad del mal

De nuevo tenemos que recurrir a Arendt, en esta ocasión, a su obra Eichmann en Jerusalén, donde desarrolla su tesis sobre la banalidad del mal. Este libro en su momento me pareció fascinante, porque sonaba demasiado actual:

 «Lo más grave —señala la autora—, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales»(Arendt 2016).

Y sí, son personas «normales» quienes participan en el genocidio. También lo son quienes lo apoyan como cómplices o seguidores. Muchas de estas personas son nuestros amigos, vecinos, compañeros… Y eso me aterra. Porque confunden «opinión» con «eslóganes y obediencia política», sin detenerse a pensar, por un segundo, en el sufrimiento de las víctimas. Es decir, sin atreverse a imaginar cómo sería estar en su lugar y obviando que, quizá, mañana los que no seamos escuchados seamos nosotros.

¿Hay salida?

Ojalá tuviera una respuesta, pero siento que nos hemos distanciado tanto de los demás que el camino de vuelta, si lo hay, no promete ser fácil. Debemos aprender el dolor, mirarlo de frente. No huir de él en busca de una dosis de dopamina. Porque el dolor une a las personas y enseña la empatía. Debemos rehumanizarnos. Y también aprender a decir «basta», como argumentaba mi compañero Txescu en el artículo de la semana pasada. Despertar, impedir que nos infantilicen, y ser capaces de pensar más allá de las consignas que forman los nuevos idearios. Porque algo está mal en nosotros cuando películas sobre el genocidio nazi nos ponen los pelos de punta, mientras que el genocidio en Palestina no nos despierta ni un ápice de piedad. No se trata de política, se trata de empatía, de humanidad.

Referencias bibliográficas

Adorno, Theodor, y Max Horkheimer. 1994. «La industria cultural». En Dialéctica de la Ilustración. Trotta.

Arendt, Hannah. 2006. Los orígenes del totalitarismo. Alianza.

Arendt, Hannah. 2016. Eichmann y el Holocausto. Great Ideas 14. Taurus.

Han, Byung-Chul. 2022. La expulsión de lo distinto. Herder.

Illouz, Eva, y Edgar Cabanas. 2019. Happycracia. Planeta.

Orwell, George. 2007. Rebelión en la granja. Traducido por Rafael Abella. Ediciones Destino.

Varoufakis, Yanis. 2024. Tecnofeudalismo. Deusto.

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