Bárbara Muñiz, 2025
Ya sea en las escuelas o en el seno familiar, desde muy pequeños se nos habla sobre lo afortunados que somos de poder votar a nuestros dirigentes; tanto es así que, tras cumplir la mayoría de edad, muchos jóvenes están deseosos de poder ejercer su primer voto. Es entonces cuando se materializa una dicotomía, a menudo ya iniciada en el entorno social, en la cual la duda inicial no será tanto qué partido votar, sino por cuál lateralidad apostar: ¿izquierda o derecha?, ¿extrema o moderada? La decisión puede no ser estática, de hecho, se sabe que la edad y el estatus social influyen a lo largo de la vida. Sin embargo, en los últimos tiempos es frecuente escuchar a muchas personas afirmar que antes se definían de izquierdas, pero que «se han hecho de extrema derecha» a causa de su descontento político. Esto se torna un tanto confuso, es como si deslizasen de un extremo a otro sin replantearse sus valores, lo que da a pensar que la lateralidad actual se relaciona más con un eslogan que con una declaración de ideales. Por eso, en este artículo me gustaría lanzarme al mar sin un salvavidas que amortigüe la caída, porque las palabras parecen haber perdido el sentido y no ser ya más que un simple atrezzo. En este contexto teatral en el cual la decisión forma parte de una representación, ¿qué significa ser de izquierda o derecha? ¿Acaso los extremos se han acercado tanto en su distanciamiento, que ya no tuviera sentido nombrarlos?
Ser de izquierdas o derechas no se define en un partido, sino en unos valores que cabría aprehender a medida que la adolescencia se deja atrás, por lo que sería útil una mirada retrospectiva que nos remonte al origen de la metáfora.
El auge del Tercer Estado y la dicotomía entre la izquierda y la derecha
La Revolución Francesa de 1789 fue el pistoletazo de salida de gran parte de las sociedades actuales. El germen: la Ilustración. Así pues, fueron los valores ilustrados los que fomentaron la gobernación racional en pos de la divina. Bajo la consigna de Igualdad, Libertad y Fraternidad se sembró una semilla que, tras la Segunda Guerra Mundial, florecería en forma de Los derechos Humanos.
No deberíamos idealizar la Ilustración ni la Revolución, en el sentido de que Los derechos del hombre y del Ciudadano proclamados el 26 de agosto de 1789 excluían a gran parte de la sociedad: mujeres, personas racializadas y gentes sin recursos. No obstante, si reconocemos esas sombras, que no deben ser olvidadas ni mucho menos ignoradas, también veremos a figuras tan emblemáticas como Sophie de Grouchy y Olympe de Gouges, quienes alzaron su voz a favor de los derechos de las mujeres y en contra de la esclavitud (Grau, 2017).

Aunque quizá fuera de una forma muy verde, incompleta e imperfecta, la Ilustración se tradujo en el empoderamiento progresivo del Tercer Estado: el pueblo llano, representado en la bandera de Francia por el color rojo, junto al clero (el blanco) y la nobleza (el azul). Fue en esa época cuando se produjo la metáfora que bautizaría el binomio izquierda-derecha: en la Asamblea Constituyente de Francia, el 28 de Agosto de 1789, «los partidarios de afirmar la autoridad del rey se sentaron a la derecha del presidente de la asamblea; a la izquierda se alinearon, en cambio, los delegados contrarios a conceder esa facultad al monarca» (Altamirano, 2020, p. 160).
Comprender la dicotomía para poder avanzar
En vista de ese pasado simbólico, existe una gama de valores contingentes en la izquierda o la derecha que parecieran ser excluyentes entre sí, como la igualdad social versus la propiedad privada o la educación laica y racional versus el dogmatismo religioso. No obstante, estas dicotomías no siempre son opuestos reales. Por ejemplo, Norberto Bobbio cuestiona la antítesis entre tradición y emancipación, pues, según dice, «el opuesto de tradición debería no ser ya emancipación, sino innovación», alegando, apenas unas líneas después, que tampoco el contrario de emancipación debería ser tradición, sino más bien la referencia a un gobierno paternalista (Bobbio, 1995, p. 93).
La filósofa Simone Weil, quien era completamente contraria a los partidos de cualquier tipo, consideraba estos como una forma de «no pensamiento», cuya influencia «ha contaminado toda la vida mental de nuestra época» (Simone, 2022, p. 24), pues, al aceptar determinadas propuestas de un partido y decidir entrar a formar parte de este, el resto de las propuestas, quizá antes desconocidas, deben aceptarse en bloque de manera incuestionable. Es posible que su propuesta sobre la eliminación de los partidos en cualquier forma suene un tanto extrema. Sin embargo, sus afirmaciones que recuerdan a Hannah Arendt, quien en su ensayo Eischmann y el Holocausto demuestra, página tras página, cómo la banalidad del mal es la principal consecuencia de no pensar.
Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona (Arendt, 2016, p. 27).
Apostar por el pensamiento crítico
Si bien la Ilustración apostó por el grito kantiano «Sapere Aude», en la actualidad, el libre pensamiento se penaliza. Debido a las redes sociales, cualquier error de expresión se convierte en un peligro incipiente que se puede usar en contra de las personas varios años después. De esta manera, se produce un terreno belicoso sobre el cual cuestionar o replantear alguna idea se castiga con dureza. Ser de izquierda o derecha se ha convertido en un juego de enredos, de bulos, de engaños y seducción en los cuales el voto se convierte en una Fe ciega a unos valores aprendidos, no aprehendidos. Esto impide buscar flaquezas que podamos fortalecer.

¿Qué clase de política es aquella que solo se basa en ganar y no en mejorar? Si realmente queremos un mundo mejor, la imposición del dogma es un atentado que mancilla nuestros valores de partida, pues siempre debemos ser más críticos con aquello que nos importa. No se puede perseguir la perfección desde la pasividad. Nadie, en su sano juicio, escribiría un trabajo de cualquier manera y lo enviaría ipso facto sin revisar ni buscar errores, esperando así sacar una gran nota. En nuestro día a día siempre somos más críticos con aquello que nos importa. ¿Por qué en política no es así? Una persona que apoya, por ejemplo, unos valores capitalistas, ¿acaso no debería ser crítica con el capitalismo para hallar un modo de que no desencadene en las crisis y desigualdades que le son propias? No sería la primera vez: los pensadores de la escuela de Frankfurt sembraron un gran ejemplo al ser críticos, en especial, con la tradición marxista que heredaban y que también les permitió ser críticos con el capitalismo y con los medios de masas, siempre al servicio del poder. La crítica no es derrocar, sino perfeccionar. Nace del mimo, de la observación y de la continua subsanación de errores. No obstante, en la actualidad lo confundimos con apoyar o atacar, como si vistiéramos la camiseta de un equipo de fútbol, sin tener en cuenta qué es lo que en verdad queremos conseguir.
PARAPOLÍTICA. Ejercer la política desde el pensamiento crítico
Ha pasado mucho tiempo desde los inicios humanistas y ahora tenemos la oportunidad de flexibilizarnos y ver aquello que nos conviene en mayor o menor medida. Se debería poder ser religioso de izquierdas y feminista de derechas sin caer en el relativismo e incluso llevando adelante nuevos conceptos, como una religión más justa y ecuánime. Se puede ser crítico, defender la propiedad privada junto con la igualdad de oportunidades y así buscar la mejor forma de anexarlas o incluso de crear algo nuevo. El fin último de la política debería ser mejorar la sociedad, no situar a un partido en el poder. En conclusión, los ideales de un movimiento deberían comprenderse, no recitarse, y defender los valores de uno u otro lado no deberían ligarse necesariamente a un partido que los «represente», o, en caso de ser así, que esa representación nazca desde la comprensión y el diálogo abierto.

Si bien la democracia es una herencia maravillosa, debemos ser capaces de ejercerla con responsabilidad, es decir, de manera crítica y no como una declaración de dogmas. Para ello, es necesario fomentar el pensamiento crítico a través de una educación pública de calidad que prepare a las aulas para pensar sin doblegarse y hablar por sí mismos. Porque la verdadera democracia debería proceder del debate y de la razón, no de una pasión ciega e injustificada vestida con los colores de un extremo sin llegar a comprenderlos. Debemos de ser capaces de ver más allá de la dicotomía, dejando a un lado los prejuicios y las etiquetas que invitan a no pensar. Eso no significa ser apolítico (sin interés en la política), ni tampoco apartidista. Ni, en absoluto, mantenerse en un estado de inanición; más bien al contrario: significa ser capaz de repensar la política más allá del caudal marcado, es decir, de manera «parapolítica» (de παρά —más allá— y πολιτική —política—), en analogía con las paradojas que tan a menudo hallamos en las ciencias sociales, pues estas requieren un verdadero esfuerzo que se aleje del no pensar.
La parapolítica requiere un esfuerzo crítico. No es cuestión de renunciar a unos valores, ni siquiera de renunciar a la costumbre dicotómica, sino una alternativa libre y crítica en la manera de repensar nuestros valores e ideales. Parapolítica supone ser capaces de pensar desde la comprensión, no desde el dogma. De volver a las ágoras, a los salones ilustrados o crear algún otro espacio inclusivo y seguro en el que debatir abiertamente sea una fuente de ideas y no una trinchera de guerra. La parapolítica que propongo implica ejercer un papel activo, ser el protagonista de tu propia opinión, es repensar la política más allá de las representaciones que se nos brindan y ser capaz de luchar desde el raciocinio y no desde las insignias.
Bibliografía
Altamirano, C. (2020). Izquierda(s). Breve ensayo sobre la gestación de una noción del lenguaje político moderno. Prismas, Revista de historia intelectual, 24, 159-169.
Arendt, H. (2016). Eischmann y el Holocausto. Taurus.
Bobbio, N. (1995). Derecha e izquierda: Razones y significados de una distinción política. Taurus.
De Grouchy, S. (2017). Cartas sobre la simpatía (R. Hurtado, Trad.). Consejo superior de investigaciones científicas.
Grau, A. (2017). Colonización, esclavitud y racismo en L’esclavage des nègres de Olympe de Gouges. KIMÜN. Revista interdisciplinaria de información docente, 185-199.
Haidt, J. (2019). La mente de los justos: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata. Deusto.
Simone, R. (2012). El monstruo amable: ¿El mundo se vuelve de derechas? Taurus.
Simone, W. (2022). Nota sobre la supresión general de los partidos políticos (José J. de Olañeta, Ed.).