Hablar sobre Salud Mental es genial, sobre todo para hacerse coach, hacer propaganda en tus redes sociales y parecer moderno, inteligente e inclusivo.
Hasta ahí, “todo bien”. Ahora, dejemos las teorías y pasemos al acto. Paséate un día por el CSMA (Centro de Salud Mental) de tu ciudad (si, por suerte, tenéis este servicio).
Llegar al CSMA no es fácil, y no me refiero al camino. Desde que tu médico de cabecera lo solicita hasta que te llaman del servicio para una valoración, pasan meses. Y en la valoración… varias personas se quedan fuera. Se siente: su sufrimiento, su dolor, no es suficiente y no ha sido aceptado/a en el casting para entrar a terapia. Supongo que estas personas quedan relegadas a pagarse un tratamiento privado, si es que tienen la suerte de poder costearlo. Una salud mental sólo para ricos.
Imagina, bueno no. No lo vamos a imaginar. Os lo voy a contar porque lo he visto. Estaba en la sala de espera del CSMA. Una señora de mediana edad estaba desesperada pidiendo ayuda en el pasillo. Reclamaba ser atendida por un profesional. La administrativa le decía que debía pedirle cita a su médico de cabecera y que este le hiciese una petición para visitarse allí. La señora insistía en que ya había acudido muchas veces a su médico y él le había dicho que viniese personalmente al CSMA. La señora estaba muy nerviosa. Según nos explicaba a las que estábamos esperando, tenía un 65% de discapacidad a raíz de una depresión que, prácticamente, le impedía vivir.
Pero bueno, es un mal mental, nunca será tan grave como una diabetes o el mismísimo cáncer, aunque los tres pueden tener el mismo y fatídico desenlace. Cuestión de prioridades. Que no nos digan que las enfermedades mentales y físicas son igual de importantes. No es cierto; quizá para ti sí, pero para el sistema, te puedo asegurar que no. Aunque si consultas en tu móvil: “Las cosas van mejor”.
La administrativa, con la técnica del disco rayado, le dijo que debía ir a su médico de cabecera y marchar del CSMA. La señora, con lágrimas en los ojos y subiendo un poco el tono de voz, insistía en que eso ya lo había hecho y que quería que la viese un profesional. No tenía intención de marcharse a ningún sitio sin que antes, alguien pudiera atenderla.
Administración avisó a la mujer: “Vamos a llamar a Seguridad si sigue con el escándalo”. En menos de 3 minutos, dos mozos altos y fuertes, con porras de goma, estaban en la recepción. “Solo hemos venido a ver qué pasa”. Había una persona que se había emocionado en la sala de espera al empatizar con la señora y estaba llorando.
¿Realmente era más fácil hacer venir a dos personas armadas con porras de goma que hacer que un profesional de la salud le atienda, aunque sea unos minutos? CSMA está en una planta hospitalaria. ¿Ningún profesional podía abrir la puerta y salir del despacho para ver de donde venía el jaleo de Administración?
Esto no siempre pasa, pero pasa más a menudo de lo que debería.
Eso sí. Luego digámosles a los jóvenes que no están solos, que el suicidio se puede prevenir y que pedir ayuda si se sienten deprimidos o si tienen conductas de riesgo es fundamental. ¿Ayuda? Supongo que deben referirse, de nuevo, a los centros privados. Porque está claro que, en la sanidad pública, sobran porras y faltan batas.
Este coctel amargo pero necesario os lo ofrece vuestra profesora indignada de confianza.