Arha se adentró en la oscuridad. En la mano portaba una gran concha de bivalvo llena de grasa de bisonte y una mecha de hilo encendida. Era una cueva muy profunda y con un olor a humedad penetrante, pero también olía a carbón y a hierbas, a sangre y a tiempo, a grasa quemada.
Llegar hasta la galería del gran panel era difícil, los pasos nunca resultaban del todo seguros y el suelo era resbaladizo.
-“ A veces los caminos se bifurcan, así que es mejor marcar el camino”- pensó Arha.
En su gran bolso de piel la joven mujer llevaba varios utensilios: una larga mecha, grasa solidificada, conchas, varios trozos de carbón, una piedra de ocre, algunas hojas secas, una raedera, un percutor y un núcleo de sílex. También transportaba comida: unas raíces, tubérculos y algunos frutos recogidos al alba.

Esta vez Arha sabía que debía llegar pronto al lugar mágico de la Galería. También sabía que quizás en el futuro aún seria preciso recorrer el camino con más prisa. Así que marcó la pared con signos empleando una mezcla de grasa y polvo de carbón. La próxima vez sabría bien por donde caminar segura y en la dirección correcta. En otras ocasiones se había perdido y si no hubiese llevado los utensilios necesarios para renovar el candil, hubiese sido su perdición. Habría perecido en la oscuridad de la cueva, sola. Este problema requería de solución y Arha había sido instruida en el arte de los signos que marcaban destinos, direcciones y lugares: símbolos rojos y negros, rejillas, plumiformes, líneas rectas y sinuosas, puntos, manos que muestran un dedo, algunos o ninguno, manos realizadas en positivo y otras en negativo. Dentro de su grupo solo Arha, el Hechicero, y la Gran Madre conocían su significado. Solo ellos podían penetrar en la gruta. Los ancestros de Arha eran caminantes del mundo profundo.
Tras recorrer cientos de metros, la mujer reconoció el aire que se liberaba desde un espacio más grande. Un espacio en forma de galería, con techos altísimos repletos de estalactitas. Recordó que la primera vez que accedió a ese espacio mágico puso su mano sobre una de las formaciones de calcita que también brotaban del suelo y recogió algunos pequeños fragmentos que se habían fracturado. Eras piedras suaves y resbaladizas, de un color blanquecino y a la vez cristalino. Con formas casi fantásticas, de ángulos romos y delicada sinuosidad. Las colocó formando una especie de estrella en una pequeña hornacina de la pared. Nunca más las volvió a tocar, las estalagmitas de Arha permanecieron allí hasta el redescubrimiento de la cueva, miles de años más tarde. Los arqueólogos teorizaron entonces sobre el posible significado simbólico de esos fragmentos en la hornacina. Pero Arha solo había querido darles forma de estrella. Le encantaba mirar al cielo en las noches frías y despejadas.
La luz del candil solo alumbraba un pequeño espacio alrededor de la joven, lo justo para recorrer sin problemas el camino con pasos cortos. Ella sabía que era el lugar correcto, que allí se encontraba la magia, pero entonces tenía que alumbrar al techo, unos metros más arriba. Así lo hizo y comenzó el espectáculo: un panel repleto de figuras rojas de bisontes, caballos y ciervos que parecían en movimiento gracias a la fluctuación de la llama del candil. Arha sentía sus miradas, sus gruñidos y su trote
-“Es la vida”-murmuró.
Ahora le tocaba completar el panel encaramada a la escalera de troncos que con tanto sufrimiento habían transportado a través de la cueva. La Gran Madre ya era anciana, sus 40 años la convertían en una de las más viejas del grupo. Al menos el Hechicero era fuerte y decidido, como lo era Arha.
La temporada de caza no había sido buena y la recolección de frutos, raíces, tubérculos y cereales salvajes no era suficiente para todos. Su dieta se basaba precisamente en esto último y las lluvias y tormentas lo habían inundado todo. Era preciso llamar a la Dueña de la Vida y ofrecerle las imágenes de la supervivencia bajo la forma de los animales que conformaban la fauna de la región. Así sería posible que entendiese que necesitaban un mundo fértil y animales que pudiesen darles de comer. Arha agradeció a los bisontes, los ciervos y los caballos por su carne. Era el ciclo de la vida.
Junto a los dibujos que años atrás habían dibujado en la pared de la cueva, cuando los tiempos eran también peores, Arha pintó algunos individuos juveniles de bisonte. También algunos potros. Era increíble la belleza y el realismo de cada uno de ellos, casi animados. Nuestra joven sapiens era una artista. Entonó un bello cántico para la Dueña de Vida y después permaneció en silencio durante horas, junto a la luz del candil. ¿La habría escuchado?, ¿podrían sobrevivir al invierno?. Sus pinturas siempre habían ayudado, pero a veces las leyes de la Naturaleza eran implacables. La Naturaleza es vida pero también muerte y eso lo sabia bien Arha, quien había perdido un niño a los pocos meses de vida. Pero así era todo, así era la vida en su mundo y en el nuestro, miles de años después.
Arha salió de la cueva, respiró el aire puro y el aroma a humedad y flores silvestres. Había dejado de llover y brillaba el sol, radiante.
No conocemos el significado del arte rupestre. Han sido muchas las teorías que se han dado a conocer desde hace años: símbolos que marcan la dirección, la propiedad, el nombre del grupo o un lugar; el contraste entre lo femenino y lo masculino, un lenguaje arcaico, un canto a los Dioses por la fertilidad y la supervivencia, una escena mostrando a la Naturaleza los animales que necesitaban cazar….¡Quién sabe!. De lo que no cabe duda es que mujeres y hombres, probablemente también niños y niñas, jugaban su papel en todo esto y fueron los creadores del Arte Rupestre. Su significado es una incógnita que nos permite analizar y teorizar sobre lo antiguo y lo desconocido con ilusión y pasión.
Este es un artículo de @letiberebel.