“Locura (De loco2 y –ura)
1. f. Privación del juicio o del uso de la razón.
2. f. Despropósito o gran desacierto.
3. f. Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa.
4. f. Exaltación del ánimo o de los ánimos, producida por algún afecto u otro incentivo.”
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española.
Arranco con desolación esta definición del diccionario para guardarla en el bolsillo de mi chaqueta. Sentada en el autobús, saco la bola de papel y vuelvo a repasar las cuatro acepciones que aparecen. No me reconozco en ninguna.
Loca de mierda. Maniaca. Psicótica. Desquiciada. Estos son los calificativos a los que estoy más acostumbrada. Camino con la bolsa de la compra colgada del brazo. Los rostros con los que me cruzo en la calle evitan que nuestras miradas se encuentren. Las voces que escucho dentro de mi cabeza me dicen que no debo preocuparme. «Todas esas personas anónimas están librando su propia batalla: contra una pérdida, contra una sucursal bancaria, contra un dolor, contra un jefe tirano, contra un miedo paralizante…». Los observo cargada de compasión y olvido que, en mi caso, cada día batallado es un día de próspera cosecha para mis demonios.
Junto al mercado se encuentra mi escuela, el lugar donde empezó todo. Fue allí donde comencé a escuchar con claridad unas voces que intentaban comunicarse conmigo. Dejé de asearme cuando me insinuaron que el agua estaba contaminada con una sustancia tóxica que podría hacer que mi piel se desintegrara en pequeñas partículas. Entonces comenzaron las burlas constantes por parte de mis compañeros de colegio. Nadie quería sentarse a mi lado ni compartir su material conmigo. En los recreos, se dedicaban a lanzarme piedras y a cantarme canciones perversas cuyo sonido atroz lograba silenciar aquellas voces recónditas por unos instantes. Durante las clases, opté por fingir que era invisible y me refugiaba en los retretes o en los enormes armarios del laboratorio. No probaba la comida del comedor porque estaba convencida de que intentaban envenenarme.
Y el reloj de la vida continuó su marcha mientras mi realidad oculta, que ocupaba cada vez más espacio que la realidad de los demás, se expandía como la materia oscura. Los escasos sueños que lograba arrancar a mi insomnio se convirtieron en el reverso de mi vida, y deseaba poder trasladarme para siempre a ese onírico escenario.
Una noche, aprovechando que todos dormían en mi casa, me aproximé al botiquín con cautela para robar unas pastillas que utilizaba mi madre para conciliar el sueño. Calculé mal la dosis y cuando fui a acostarme de nuevo, me encontré con mi propio cuerpo tendido sobre la cama.
—¿Energía o materia?, ¿qué te pides tú? —murmuré a mi yo inconsciente.
Mi obligación era fingir que era una adolescente «normal». Dejarme arrastrar por ese adiestramiento barato, rodeada de una panda de mediocres que me llenaba de ganas de prenderle fuego a aquel edificio. Pero me limitaba a forzar una sonrisa y a esconderme cada vez que tenía la ocasión. En aquellas aulas nunca aprendí nada útil que me ayudara a comprender esas voces ni a protegerme de las balas, que comenzaban a silbar cada vez más cerca. Las visiones y las voces se volvían cada vez más intrusivas, poderosas y angustiantes. Se convirtieron en mi única compañía, portadoras de mensajes importantes sobre cómo me sentía conmigo misma y con el mundo.
Aquella mañana mortecina, mientras el cielo gris apenas se despertaba, cumplí 18 años y para celebrarlo intenté atravesar el cristal de la ventana con la cabeza. El color de la sangre me devolvió al escenario de mi cuarto y salí a la calle malherida para buscar ayuda. Un grupo de trabajadores sociales me encontró tirada en la acera. Un rayo de luz atravesó entonces mi ser: una primera contracción nerviosa, un dedo de la mano que se mueve, una descarga de energía en un cuerpo apagado. Me trasladaron a un centro de salud donde curaron mis heridas. Después me invitaron a merendar y escucharon con atención mis crónicas del desdoblamiento. Por primera vez en mi corta existencia, no me sentí juzgada ni asustada.
Tras ser evaluada por varios psiquiatras, finalmente conocí a ‘mi amiga invisible’. La llamaron esquizofrenia, y me pareció un nombre de lo más original. Empiezo a entender un poco, pero aún me queda un largo camino por recorrer… La palabra esquizofrenia ya de por sí impresiona. Al parecer, es el trastorno mental más desafiante para la comprensión humana y la explicación científica. Mi mente está dividida, o quizás hay más de un cerebro habitando en las alturas.
Al principio, los especialistas comenzaron a recetarme una medicación conocida como ‘antipsicótica’. Respondí bien al tratamiento: estaba tranquila —incluso algo adormilada—, pero seguía sin entender las circunstancias que habían desencadenado mis crisis. Sentía una apatía total hacia mí misma, hacia el mundo… Las pastillas me calmaban, pero no me permitían recuperar el sentido de quién era ni conectar plenamente con la realidad que me rodeaba. La medicación se convirtió en el tema recurrente de las siguientes visitas al especialista. «Tenemos que ajustarla, subirla, bajarla, cambiarla». Constantemente hablaban de la importancia de ‘escuchar al fármaco’, pero nadie parecía interesado en escuchar lo que yo tenía que decir.
Con la medicación me sentía serena, no puedo negarlo, pero la verdadera química que me transformó fue la que encontré en aquella emisora. Por recomendación de la psicoterapeuta, comencé a asistir por las tardes a un taller de radio junto a otras personas que también luchaban por silenciar las voces de su interior. Aprendimos a escucharlas y a alcanzar un acuerdo con ellas con el frágil equilibrio de unos funambulistas de circo sobre la cuerda. Nos liberamos de la eutanasia social y de la estigmatización constante gracias a nuestras charlas, en las que podemos conversar con todas las voces que llevamos dentro. Entre todos hemos sabido dar forma a nuestro impetuoso ruido interior, transformándolo en ondas capaces de generar aplausos. En este grupo, por primera vez en mi vida, he logrado sentir que pertenezco a un lugar y que me pesa menos la existencia.
Dejé atrás la vergüenza como un abrigo que ya no me quedaba bien, y he aprendido a convertir el insomnio en sonrisa. Mírame a los ojos y no tengas miedo si me escuchas hablar sola. Quizá estoy maldiciendo contra esta sociedad, que baja la voz cuando se trata de hablar de enfermedades mentales y siempre las asocia con escenas violentas y peligrosas. Los asesinatos machistas y las violaciones múltiples suelen cometerlas tipos que aparentan ser normales. Lo único que disparo son pensamientos dirigidos a mi propia sien.
La esquizofrenia me impone una barrera social infranqueable, pero te seguro que no es contagiosa. Ahora, piensa un momento, ¿qué es para ti ser una persona normal?
Un historia realizada por Virginia Mas Instagram: @virmasvir