DE ESPAÑA Y DE LA GÉNESIS DE LOS VALORES (II) 

Recapitulemos brevemente: El Naturalismo Ético, en su formulación más básica, considera que existen valores y actos intrínsecamente buenos o malos independientemente de cualquier consideración crítica. En definitiva: lo bueno es lo bueno y no es negociable.  

Pero También se entiende por naturalismo ético la teoría que afirma que los enunciados éticos (los que realizan un juicio de valor: “hacer esto es bueno”) son equiparables a los enunciados fácticos (“este coche es amarillo”), por lo que pueden ser corroborados o refutados del mismo modo en que las ciencias empíricas lo hacen con estos. Vale, todo perfecto; ahora solo tendríamos que averiguar cuáles son esos enunciados en concreto o, mejor todavía, desarrollar un método o estrategia que nos permita descubrirlos y, en su caso, asimilarlos y aceptarlos como propios (de hecho no nos quedaría más remedio, teniendo cuenta que los valores a los cuales se refieren son absolutos). 

¿Qué os parece si ahora le lanzamos el primer directo al mentón a eso llamado “naturalismo ético”; veamos qué tal lo encaja. Como aperitivo, ya le había retirado las mayúsculas en el segudo párrafo, así que continuemos.  

En un sentido más restringido, se entiende por naturalismo ético cualquier teoría moral que incurre en lo que desde G. E. Moore se denomina <<falacia naturalista>>: derivar un “deber ser” de un “es”. Esto implica extraer proposiciones de carácter moral de otras proposiciones que carecen del mismo (y considerar que la moral es un apéndice de la metafísica). Pongo un ejemplo: España existe como Estado unitario desde la conquista de Navarra por los ejércitos de Fernando el Católico hacia 1515 (aunque dicha conquista aún tardaría en consolidarse) ; pero aceptando esa unidad entitativa, ¿es obligatorio aceptar que dicha unidad DEBE perpetuarse hasta el infinito? Ya sea la respuesta “sí” o “no” resulta del todo inevitable (y hasta terapéutico) preguntar a continuación “¿POR QUÉ?”; y a fortiori formularnos lo siguiente: ¿”SÍ”, porque la unidad de España forma parte de “lo absolutamente bueno”… o ”SÍ”, porque es lo que más le conviene a la mayoría…?  

Admitiendo a trámite solamente la primera formulación, no habría más que hablar: España sería una unidad inmutable y absolutamente buena “porque sí” (o “por c…s”). En cambio si diéramos por buena la segunda formulación, estaríamos entonces socavando el dogma de que España es absolutamente inmutable y por tanto indivisible “por naturaleza”, puesto que “aquello que conviene a la mayoría”, es decir: a un número determinado de personas es, ¡POR DEFINICIÓN! Ne-go-cia-ble. Otra cosa es que no se quiera negociar; pero en tal caso, negociar o no negociar es un asunto, ahora y siempre, de-ci-di-ble…¡POR NATURALEZA!, pues la capacidad de negociación es inherente a la condición humana; y, por otra parte, la decidibilidad tampoco puede escapar a las redes de lo convencional, así que… ¡Joder, qué lío! (léase “yoder”, que queda mucho más fino). 

Bueno, bueno: tranquilidad, que la de cal y la de arena siempre van correlativas. Es también un naturalismo ético la teoría del “observador ideal” o del “preferidor ideal” (en la tradición anglosajona remite remotamente a David Hume y Adam Smith y luego se relacionará directamente con la propuesta del “velo de ignorancia” formulada por John Rawls): según ella, si un observador racional e imparcial que conoce todos los datos de un problema moral y que se pone empáticamente en el lugar de los demás seres humanos en las mismas circunstancias, es capaz de preferir la solución A frente a la B, entonces A será “lo bueno”, B “lo malo”, y la moralidad consistirá en hacer A y en evitar B. ¡Eureka!¡Voilà! La ética procedimentalista de Rawls nos estaría proporcionando un posible punto de encuentro teóricamente capaz de armonizar el naturalismo (ciertamente en su versión menos fundamentalista) con el convencionalismo (obviamente en su versión menos relativista). Las claves serían dos… ¡¡¡pero continuarían siendo problemáticas!!!:  

1) identificar la opción “más buena” y seguirla 

 O… 

2) identificar la opción “menos mala” y seguirla 

Volviendo a la línea evolutiva general del llamado naturalismo ético, Platón, siguiendo muy probablemente a Sócrates, planteaba lo siguiente en su célebre diálogo Eutifrón: “¿Las cosas son buenas por sí mismas o son buenas porque así les place a los dioses?”, a lo cual Eutifrón replica usando como respuesta la segunda partende la pregunta. Sin embargo Sócrates (como sabemos, personaje principal en los diálogos platónicos) replica que es justamente al revés: hay cosas que complacen a los dioses porque son buenas; es más: los dioses no pueden crear ni alterar unos valores que están ordenados según una escala eterna. Lo importante de este corolario socrático es que los valores supremos (suponiendo que los haya) no estarían supeditados a entidades sagradas ajenas a ellos mismos ontológicamente hablando; tampoco lógicamente, pues para ambos casos dichas entidades (suponiendo que las hubiera) serían perfectamente prescindibles. Ojo al dato: acabamos de darle una buena patada en el culo al nacionalcatolicismo, e.d. al franquismo ¿os parece poco? Más complicado será hacer algo parecido con el fascismo laico. 

El naturalismo ético dará un gran salto de calidad con Aristóteles. Por desgracia, dicho salto cualitativo acabará siendo enmierdado en los siglos sucesivos debido, entre otras cosas, a la propia fragilidad del sistema ético propuesto por el estagirita. El eudaimonismonismo Aristotélico nos viene a decir que la finalidad última del hombre es alcanzar la felicidad; y en su ética nicomáquea, el filósofo de Estagira concluye que esa felicidad consistiría en alcanzar su máxima excelencia con relación a su naturaleza (humana): he aquí por tanto el valor supremo en lo que a la humanidad se refiere. Por consiguiente, esto que llamamos España debería contribuir de algún modo a que los seres humanos que comparten, como diría un anglosajón <<actually>> ese “espacio-españa” consigan la felicidad en tanto en cuanto hubieren alcanzado su máxima excelencia de acuerdo con su naturaleza humana. Sabiendo que para Aristóteles la virtud estaría justamente en un término medio entre el exceso y el defecto, no parece difícil descartar (al menos de momento) al fascismo laico a la luz de su carácter histriónico, exaltado y por tanto excesivo (extremo o extremista). Queda pues, la extrema derecha, descartada desde la perspectiva más racional del Naturalismo Ético (de nuevo, con mayúsculas y “rehabilitado” tras nuestra deconstrucción.) 

El último gran naturalismo ético (vuelvo a las minúsculas) va a ser el Emotivismo Moral de David Hume. Nos dice el escocés que la base de la moral no está en la razón sino en los sentimientos; pero no en unos sentimientos cualesquiera, sino en un tipo de sentimientos susceptibles de poder ser considerados como univesales, pues de otro modo no sería posible aspiriar a una moral universal y ni siquiera tenerla como horizonte referencial. Dichos sentimientos van necesariamente ligados a lo que Hume llamó “simpatía” (algo muy parecido a lo que hoy llamamos “empatía”). Simpatheia significa, en griego, <<conexión de pathos>> o sea, de “padecer con el otro”, que no sería tanto “ponerse en su lugar” cuanto “sentirse en su lugar”.  

¡Oh, oh…! Si os fijáis bien, a la luz de cuanto ha quedado dicho, “nuestras” derechas-derechonas, derechitas derechotas, valientes-cobardes (y de las J.O.N.S.) se acaban de quedar sin argumentos… bueno, en realidad de eso hace ya tiempo; por eso ahora recurren a la razón de la fuerza (que nunca es razón verdadera) por haber perdido la fuerza de la razón; por eso claman por el golpismo; por eso amenazan; por eso insultan; por eso exhiben su rostro más macarra y barriobajero… Así que, lo suyo, ni naturalismo ético (les falta incluso los más primitivos rudimentos) y mucho menos convencionalismo. ¿Os cuento algo sobre “nuestra” derecha y lo que decía más arriba sobre <<la opcion más buena>> y <<la opción menos mala>>…? Sencillo, simple: ¡Para “nuestra” derecha es que no hay opción, porque eso significaría poder elegir! Es así, querida buena gente: o lo suyo, o lo suyo ¿Veis alguna opción? 

TXESKO C.

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