HUSSERL Y LOS CIMIENTOS DE LA ÉTICA  AXIOLÓGICA

El zambombazo que pegó Hegel marcó un antes y un después en la historia del pensamiento. Todas las corrientes posteriores al genio de Stuttgart lo tuvieron como referente fundamental, ya fuera para seguir su estela de un modo u otro, o bien para posicionarse ferozmente en contra de su legado. Es a Kant primero y a Hegel después a quienes debemos la eclosión de un término, concepto o, ¿por qué no decirlo?, un  paradigma que enriquecerá con enorme pujanza toda la actividad gnoseológica del ser humano: el FENÓMENO. Obviamente y atendiendo a su etimología griega no se trata de una palabra nueva, pero el enfoque que para la misma empieza a gestarse con Kant sí fue incuestionablemente revolucionario. Ahora bien: el máximo valedor de la FENOMENOLOGÍA por antonomasia fue Edmund Husserl (1859-1938).

Con la modernidad, el optimismo epistemológico, la posterior reacción romántico-idealista y la subsiguiente contra-reacción positivista, habían relegado al hombre a anodino epifenómeno de una naturaleza donde todo era puro mecanicismo o bien a un apéndice o manifestación puntual y cuasi-marginal de un todo (lo absoluto o cualquier otro constructo) donde la conciencia individual quedaría por así decirlo diluida, difuminada o por usar un término más actual, “pixelada”. Contra todo esto reaccionará Husserl y se impondrá la tarea de recuperar para el ser humano lo que él llamó “el MUNDO de la VIDA”. Por mucho que se hubiera querido escamotear o esconder, resulta innegable que la vida humana es problemática y no se puede cosificar sin desvirtuar su auténtico sentido: el problema no se disuelve ni se mimetiza. La respuesta de Husserl al problema del hombre tiene como fundamento la afirmación de que el ser humano no es un hecho de la naturaleza entre otros, no es un epifenómeno, sino un sujeto trascendental, racional en todo su sentido, y es partiendo de él como se construye todo lo fenoménico, en función  de eso que llamará (siguiendo a su maestro Brentano) “conciencia-de” o “conciencia intencional”. Por lo mismo, tampoco será un mero apéndice de “espíritu absoluto” alguno, como tampoco puede (ni merece) ser un simple instrumento del Estado, y de igual modo no queda de ninguna manera reducido a obediente eslabón de engranajes organicistas sean del tipo que sean. En este sentido no es de extrañar que en algunos foros vinculen a Husserl con ciertos posicionamientos anarquistas.

A estas alturas del artículo ya os habréis dado cuenta, especialmente quienes conozcáis mínimamente a Husserl, que mi planteamiento es bastante heterodoxo. Y lo es con todas las consecuencias: ¿A qué decir lo que ya ha dicho todo el mundo, sin conseguir que haya una mayoría de lectores que lleguen siquiera a atisbar qué objetivos perseguía el pensador de Prossnitz?

Sería de locos o de tontos pretender dar cuenta en un articulito como este de una filosofía tan compleja y tan densa como la que nos dejó Husserl. Yo suelo presumir de estar solo un poco loco y ser solamente medio tonto, de modo que haciendo gala de tales cualidades sí os puedo ofrecer unos brochazos no demasiado groseros sobre lo que el padre de la Fenomenología Trascendental significó en relación a la problemática (ya presentada en el primer artículo de esta serie) “Sujeto-Sistema-Estado”; vaya por delante, eso sí, que en la obra de Husserl no aparece  explicitamente dicho trinomio, aunque a poco vivos que andemos sí podremos rastrearlo e intuirlo siquiera (parafraseando al maestro) “eidéticamente”. Bien, pues ahora y de sopetón os diré que Husserl fue un auténtico redentor del sujeto puro, del individuo en su más genuina mismidad; creo que nadie o casi nadie os diría algo así… Pues yo sí os lo digo y asumo de antemano todas las críticas y bofetones que me puedan llover por parte de mis colegas. Husserl fue poco menos que defenestrado por los nazis no ya por el hecho de ser judío (que también) sino sobre todo porque su pensamiento era altamente peligroso debido a su potencial emancipador, frente al adocenamiento y aborregamiento sumiso y militante que pretendía imponer el partido nacional-socialista alemán con su histriónico “yonqui-líder” a la cabeza. Y si no lo asesinaron fue porque no tuvieron tiempo o no vieron la oportunidad para que dicha salvajada pudiera pasar por impune.

Ahora, para continuar, voy dar por supuesto que ya conocéis algunos fundamentos de la fenomenología Husserliana. “Fenómeno” es, por definición, “aquello que acontece”; toda entidad dinámica puede por tanto ser caracterizada como fenoménica y por consiguiente la condición humana también; pero eso sí: el fenómeno humano es un tipo de fenómeno bastante peculiar atendiendo a su esencia. Esta última palabra que he escrito justo antes del punto y seguido es polémica, controvertida y motivo de calurosas discusiones en el ámbito de la filosofía: ¿existe eso que se ha llamado “esencia”?¿puede aplicarse de forma adecuada, dicho término, al ser humano? Los seguidores más fundamentalistas de Jean-Paul Sartre nos dirían que no; y otro tanto asegurarían los posmodernos más recalcitrantes (puesto que rechazan todo esencialismo). Sin embargo, y ahora voy a jugar también yo a ser “posmoderno” aunque con un sesgo wittgensteiniano, considero que quienes rechazan emplear la palabra “esencia” desconocen un uso correcto del lenguaje al menos en este particular. Afirmar “esencia” para lo propiamente humano no implica ni comporta en ningún caso la pretensión de considerar al hombre como un “ser superior” o “especial”; si os fijáis, yo he dicho antes PECULIAR, una palabra que me encanta porque va más allá, contiene mayor sutileza, que las palabras “diferente” o “distinto”. En este sentido creo que es totalmente legítimo establecer una analogía entre “peculiaridad” y “esencialidad”; dicho de otro modo, considero que en el concepto de lo peculiar cabe como uno de sus contenidos el principio de individuación y dentro de este pueden coexistir, en equilibrio inestable, por supuesto, lo racional y lo irracional. Pero (os preguntaréis) ¿dijo Husserl cosas semejantes a esto? La cuestión no es que lo dijera o no, sino que su doctrina egológica de la conciencia (debidamente deconstruida o “debilitada”) SÍ nos permitiría de hecho reivindicar como fenomenológica esa peculiaridad de la que os hablaba cuatro o cinco líneas más arriba. Bien es cierto que dicha doctrina parece, en cierto modo, abocada solipsismo, teniendo en cuenta que Husserl no parece superar la dicotomía entre el yo empírico y el yo trascendental, una dicotomía con claros tintes aporéticos; pero a nuestro juicio sí consigue conjurar la roturación que el hegelianismo pretendió hacer con el ciudadano diluyéndolo primero en el Sistema y luego en el Estado, construyendo así un panteísmo soso, monótono y hasta aburrido.

Antes de rematar el artículo, acotemos: después de tanto cientificismo fisicalista por una parte, de tanta matematización e idealización por otra, de tanto totalitarismo intelectual en suma… ¿qué es lo que queda del ser humano puro y desnudo…?¿dónde está esa humanidad que parece habérsenos perdido…? Como decía hace un rato, no era mi propósito hacer aquí un inventario de la fenomenología husserliana y tampoco de la post-husserliana (Scheler, Hartmann, Merleau-Ponty, Heidegger, Sartre…). Y por supuesto no voy a meterme en los zapatos de Gadamer cuando cuestionaba (acaso acertadamente en algún sentido) la posibilidad de una EPOJÉ (suspensión de todos nuestros juicios) como Husserl proponía a modo de paso indispensable para hallar al humano genuino, auténtico. Lo que sí haré, ya para acabar, es aventurarme a plantear en qué consiste la propuesta final de Husserl con respecto al sentido de lo humano-individual en cuanto tal, frente a la enajenación sistémico-estatista: una reivindicación del hombre primariamente sentido para que pueda ser pensado con toda legitimidad, evitando que la razón se convierta en un incómodo corsé. La gran pega que tiene el planteamiento husserliano es que, en su cruzada contra la disolución del individuo en la sociedad, se olvida precisamente del carácter inevitablemente social de la naturaleza humana, algo que ya le echaron en cara los miembros de la primera generación de la Escuela de Frankfurt.

TXESKO C.

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