El itinerario político-filosófico que culmina en Hegel comienza en Platón (siglo -IV); dicho “a la pata-la-llana” es Platón quien da el pistoletazo de salida al idealismo y quien lo convierte en fundamento (arcaico todavía) de la política; recordemos, antes de continuar, que IDEALISMO remite a IDEA.
Así pues, Sujeto-Sistema-Estado… ¿Vamos con ello? Por motivos pedagógicos empezaremos por el final: el ESTADO; y aun a riesgo de caer en el reduccionismo apostaremos por la afirmación de que Platón y Hegel coinciden en algo básico: la IDEA (el Bien, el Espíritu) solo puede ir asociada a un sujeto con vocación (idealmente) de absoluto; expresándolo sin rodeos, esa IDEA (absoluta) queda incardinada en un Estado orientado vocacionalmente a lo incondicionado (mi amigo Juan haría una paráfrasis diciendo “encarnizada” en lugar de “incardinada”; tentado estoy de darle la razón). Así pues “la piedra filosofal” será el Estado, llámese este “República” o pura y simplemente “Estado”. Por cierto, pensando en quienes estéis moviendo negativamente la cabeza, recordaros que el título completo de la obra cumbre del ateniense es “La República o el Estado”; y no la tituló así por casualidad. Para Platón el sujeto (entendiendo “sujeto”, primariamente, como “individuo”) solo puede realizarse en su totalidad dentro de un Estado (o República) que armonice y regule la convivencia; en definitiva ese Sujeto, que ahora escribo con mayúscula, acabará siendo (subsidiariamente pero también “últimamente”) la República propiamente dicha, como trasunto analógico correspondiente a la Idea del Bien de la cual participan entitativamente la Justicia, la bondad y la Belleza. La viabilidad del ser humano en tanto que ser racional solo puede darse pues en el Estado. Obviamente no sería perfecto porque, como sabemos, Platón no considera que la perfección pueda darse en el mundo sensible (o si queréis “físico”) pero ese Estado tendría como máxima aspiración aproximarse todo lo posible a la perfección del Mundo Inteligible (o de las Ideas). Os recuerdo que en este contexto “Idea” no es un mero concepto ni una “ocurrencia”, sino una entidad real; y esto es difícil de entender por la sencilla razón de que es difícil de creer, pero tenéis que hacer el esfuerzo de distinguir claramente entre <<no lo entiendo>> y <<no me lo creo>>. Así pues, El Estado (La República) es el representante (¿agente?) de la Idea del Bien en el mundo sensible.
¿Y entonces Hegel…? Para Hegel el Estado es la síntesis entre el interés del grupo (familia, lugar natural del individuo) y el de la sociedad civil. No es algo abstracto, por encima de sus miembros, sino que existe EN ellos. No hay contradicción entre ciudadano y Estado puesto que se da una identidad profunda entre los intereses de ambos. Diríamos que en este momento Hegel da el paso que Platón no dio. Es verdad que a Hegel la izquierda hegeliana le criticaría después su supuesta defensa del totalitarismo, según la cual la libertad individual quedaría totalmente suprimida y el ciudadano subordinado a los intereses del Estado (como Platón). No diré que dicha crítica no esté bien orientada; pero la cuestión no es tan simple. En primer lugar, porque para Hegel el verdadero Estado es el que armoniza lo universal con lo particular sin eliminar la libertad individual. Ello es posible porque el ciudadano que obedece al Estado acata en realidad la ley de la razón, dado que el Estado de Hegel es racional y sigue los principios universales de esa razón (no encubriría los intereses de los poderosos, como dijeran Trasímaco y luego Marx). Es más: el Estado es la realización de la libertad, porque en él el individuo es determinado no por algo ajeno a sí mismo, sino por la razón: al obedecer en el fondo se obedece a sí mismo (!?!?). Por otra parte Hegel habla de un Estado Ideal, totalmente diferenciado de los estados reales, imperfectos; lo único perfecto es el concepto de Estado en tanto que fiel reflejo de la IDEA. Eso sí: Hegel consideraba al Estado prusiano de su época como la forma menos imperfecta de la historia. Hay como podéis atisbar, una similitud de talante entre Hegel y Platón con respecto a la monarquía (la IDEA es una y unívoca…¿monádica?). Pero Platón reconoce que es altamente improbable hallar un ser humano tan sumamente virtuoso que merezca reinar con todas las prerrogativas correspondientes. Tampoco Hegel, por motivos similares, se muestra partidario de ese absolutismo.
Bien. Como os decía antes, había dedicido empezar por el final pues creo que así se entendería mejor la línea que sigue el llamado “idealismo político”. Ahora sí, vamos hasta el principio, allá donde comienza todo: ¡Ha llegado la hora de la DIALÉCTICA! Primera aclaración: a menudo identificamos “dialéctica” con el arte de hablar bien (¿dialecto?) o el arte de discutir bien… y no es eso. La dialéctica es otra cosa o lo es al menos en este ámbito en el que ahora nos encontramos. Cuando dos entidades o seres (o conjuntos de seres) se encuentran en relación dialéctica queremos decir que existe entre ellos una oposición, pues cada uno dinamiza su existencia con la “tesitura” (o “tesis”) que le es propia, de tal modo que dichas tesituras, entrando en contacto, traban una relación antitética (“antítesis”) que inevitablemente implica confrontación o, en el mejor de los casos, “tensión”. Para que lo entendamos mejor: todo individuo (me refiero al ser humano) aspira a la afirmación rotunda de su propio yo (tesis) pero está abocado ¡sistémicamente o sistemáticamente! a compartir espacio vital junto a otros yoes con los cuales entra en confrontación pues, potencialmente, esos yoes pueden menoscabar e incluso socavar la yoidad de sus coetáneos; tal tensión, sistémica, queda expresada como antítesis. Tenemos pues las 2 primeras piezas del trinomio: SUJETO y SISTEMA inmersos en una dinámica de confrontación; por tanto TESIS y ANTÍTESIS (el sistema amenaza al sujeto con “ningunearlo”). Menudo panorama, ¿no…? parece que pinta mal; pero para Hegel hay una solución “natural”, pues la naturaleza dinámica (fenoménica) de las cosas apunta siempre hacia una SÍNTESIS o solución (acaso disolución) del problema. Completamos pues, la tríada de la dialéctica hegeliana; no ha sido difícil ¿verdad…?
“Todo lo Racional es Real y todo lo Real es Racional”, he aquí la gran frase que nos legó Hegel y mediante la cual intenta darnos gato por liebre (ya lo intentó con su mezquina “Dialéctica del amo y del esclavo”) pues en lo más hondo de la misma subyace la dogmática afirmación de que, a la larga, todo cuanto sucede es bueno porque implica despliegue de la RAZÓN, y esta, por definición, es CO-JO-NU-DA… ¿o no…? Esa circularidad, o siendo más precisos espiralidad de la razón es la manifestación del Espíritu Absoluto que Hegel identifica con la REALIDAD. En ese despliegue, el Espíritu deviene creador de una alteridad (a la cual podríamos llamar “Naturaleza”) que constituye su propia alienación y, a fortiori, también su negación o antítesis. Ahora tendríamos que tener claro el significado preciso del término “alienación” si queremos comprender bien lo que Hegel intenta expresar; viene del latín “alienare”, verbo que significa literalmente “sacar fuera” ¡esta es la clave! El espíritu sale fuera de sí pero no ve anulada su identidad, sino que se contempla a sí mismo fuera de sí mismo y también desde fuera de sí mismo. Estamos, digámoslo ya, ante el último gran sistema metafísico de la historia. Cuando el Espíritu se “naturaliza” también se “sistematiza” porque, ¿qué es la naturaleza, o más propiamente, qué es la naturaleza humana, sino un SISTEMA dinámico de personalidades que coexisten en equilibrio inestable, con sus antagonismos y armonizaciones, en permanente devenir? Obviamente a todo esto subyace un cierto panteísmo, claro… porque no queda más remedio que asimilar cada ser humano a ese Espíritu Absoluto como manifestación puntual del mismo o como uno de esos “momentos” de su despliegue. Para comprender dicho despliegue se requiere de una nueva metodología con respecto a la Historia, una disciplina que se ha desarrollado de manera deficiente, pues su objetivo debería ser explicar cómo se lleva a cabo el dinamismo del Espíritu con el advenimiento de eso que llamamos TIEMPO. Veamos: el Espíritu, en su despliegue, se objetiviza en la NATURALEZA; llegado un momento esa Naturaleza se subjetiviza en tanto que se humaniza y así aparece la historia; el SISTEMA inicial (natural) pura y simplemente mecanicista pasa a ser un SISTEMA donde además de inercias y automatismos hay INTENCIONES (esto no lo expresa Hegel así: es para entendernos). El humano se siente coartado por el Sistema pero también sabe que no puede conservar su yo fuera-de ; porque fuera de él no solamente perdería su sentido: también su identidad… ¡y su entidad!. Así, como una SÍNTESIS final de voluntades, a menudo antagonistas pero inter-necesarias, ser irá perfilando el ESTADO.
Antes os decía que Hegel pretendía darnos gato por liebre: su sistema adolece de la misma insuficiencia que otros planteamientos de sesgo idealista-teológico, que consiste en dar un salto ilegítimo del plano lógico (una lógica defectuosa, además) al plano ontológico. Esta insuficiencia “modal” estaba ya presente en Platón, pero también en Anselmo de Canterbury o en Descartes, por citar algunos de los casos más llamativos. Y es que la lógica desplegada por Hegel en su “Fenomenología del Espíritu” empieza a fallar desde su propia base, pues la construye a partir de lo que él considera (¡apriorísticamente!) un hecho ontológico incuestionable: eso Absoluto entendido como fenómeno preexistente y a la vez subsistente.
TXESKO C.
SUJETO, SISTEMA Y ESTADO EN HEGEL.