¿Qué tiene de parecido la Gioconda y el Reguetón?

Seguramente, cuando hayáis leído el título del siguiente ensayo, algunos os habréis preguntado si me había vuelto loco. Pero creedme que no es así.  En las siguientes líneas que vais a leer encontrareis múltiples motivos que me han llevado a la conclusión que expongo en la pregunta y muy seguramente – o eso espero- acabéis reflexionando o quizás lleguéis a la misma conclusión. Vamos a ir por partes.

En primer lugar, me gustaría analizar el porqué este tipo de cultura tiene en nuestros tiempos un lugar muy destacado. Todo empezó en el siglo XX, a partir del 1919, cuando la cultura se extendió a todas las capas sociales, ya que a partir de ese momento la clase trabajadora pasa de trabajar sin ningún tipo de control horario a trabajar 8 horas diarias y un total de 48 horas semanales. Por ello empieza a observarse un espacio en el cual no se trabaja, que lo denominamos tiempo libre.

Es en estos primeros estamentos del tiempo libre donde se observa que hace falta “producir cultura” para abarcar a todo el “mercado” disponible. Recordemos que hasta ahora la cultura estaba muy reservada a las altas esferas sociales, pero también hay que decir que los museos, como por ejemplo el del Louvre, estaba abierto siempre y de forma gratuita, e incluso en algunos momentos algunos textos destacan que la gente dormía en ellos. Podíamos decir que la cultura estaba al alcance de todos, pero en realidad el obrero estaba más preocupado por llevarse algo de comer a la boca que en ir a dar un paseo por el Louvre; eso cambia totalmente en el siglo XX, a raíz de acciones sindicales.

El problema está en que dichas industrias culturales se atienden a una forma liberal de producción y beneficio, entran en unas rutinas de “todo vale si el mercado lo pide”. Adorno (1903-1969) y Horkheimer (1895-1973) de origen judío y exiliados en los Estados Unidos en 1944, escribieron un libro que dejarían reflejadas dichas inquietudes. En este libro veían reflejado el riesgo de que la cultura perdiera el poder de la poética o de la estética y a los ojos de estos dos académicos dejar paso a una cultura diseñada exclusivamente para las masas.

Pero ¿cómo llevamos este discurso a nuestros días?

Hace un año aproximadamente salió a la luz un estudio que saltó a los medios de comunicación como “¿Por qué nos gusta el reguetón? El título es un poco sensacionalista, pero incluso aquí vemos el paradigma de “gustar” para clicar y consumir. Volvamos a la tesis doctoral del neurocirujano Jesús Martín-Fernández, del hospital universitario Nuestra señora de la Candelaria de Santa Cruz de Tenerife, que ha sido el responsable de llevar a cabo el estudio de las reacciones cerebrales al escuchar diferentes estilos de música.

Según la tesis de Jesús Martín “es como si el reggaetón, con este ritmo peculiar y repetitivo, nos preparara para el movimiento, para bailar solo con escucharlo” y añade “lo que más nos llamó la atención fue que activaba una región primitiva del cerebro” y continua “Son grupos de neuronas que están en zonas profundas del cerebro y que se encargan de modular la postura, de empezar y terminar un movimiento… además de estar involucrados en el sistema de recompensa o placer”, esta parte para lo que nos acontece es muy importante. El reguetón nos hace bailar y sobre todo obtenemos placer. ¿Por qué quiero recalcar esto? Porque es una de las partes que la actual industria musical quiere activar y recalco PRODUCTO para gustar y volviendo a los miedos de Adorno y Horkheimer “perdiera el poder de la poética o de la estética”.

Seguramente, quien lea en la actualidad este pequeño ensayo tiene en sus manos un móvil, muy seguramente también esté leyendo este ensayo desde dicho dispositivo. Vaya a la aplicación Instagram:

La persona quien escribe dichas líneas cuando busca la palabra #Retrato encuentra unas imágenes muy cercanas a la actual Gioconda. Fotografías hechas para estimular sobre todo esa faceta de mujer, una mujer burguesa un poco sexualizada y que nos active una facción del celebro que bien podría asociarse al deseo. Estas redes sociales están diseñadas para gustar, para que te quedes el tiempo máximo dentro de la aplicación y que dentro de esa aplicación acabes comprando y siendo sujeto de un márquetin que lo único que hace es explotar esa faceta Like viendo y potenciado una vez más esos miedos de Adorno y Horkheimer.

Pero fijémonos en la Gioconda y preguntémonos el por qué gusta tanto. Uno de los motivos que podría estar detrás de esa atracción es el grandísimo producto de márquetin que se ha convertido. Este elemento contradice mucho la estética marxista. Georgi Plejánov (1856 – 1918) -primer crítico según muchos autores-, entendía que el artista debe emplear un lenguaje plástico que comunique una idea concreta, destinada a cumplir su función social y en su conocido ensayo El arte y la vida social (1912), critica “el arte por el arte” y las “experimentaciones de las vanguardias artísticas” al tiempo que reclama el carácter utilitario de la producción artística, señalando que “todo arte debe presentar un contenido ideológico”.

Pero en la Gioconda es prácticamente imposible analizar nada de eso, no es una pintura de la cual puedas sacar una información y analizar el trasfondo por la que Leonardo Da vinci la pintó.

Pero nos vamos a quedar en estos pequeños “productores de cultura” que se ven en las redes sociales. Gilles Lipovetsky en su libro Todos creativos nos comenta “Vemos una paradoja parecida en el hecho de que una cantidad creciente de personas, totalmente entregadas a una vida profesional en la que hay que ser eficaz por encima de todo, manifiesta un gusto desinteresado por la creación o la expresión estética” y añade “todos, cada vez más, quieren ser creadores”. En estas líneas nos aparece un pequeño resumen de todo lo que hemos ido desgranando hasta ahora: una entrega a una vida profesional en la que HAY QUE SER EFICAZ por encima de todo, hay que vender y sobre todo, tienes que realizar el producto que la gente quiera para que ese producto sea consumible y sea viral y poder mantener unos ingresos. Después hablaremos de los ingresos y la rentabilidad en este mundo de la “industria cultural”. En su libro, Lipovetsky nos habla de hedonismo y cito textualmente “aquel coincide también con la voluntad de hacer algo personal, elegido libremente, un mundo que sea obra de uno mismo y responda a su subjetividad” y nos toca en su análisis final una parte muy importante de ese “hedonismo económico”, “con este rodeo no se busca tanto ganar dinero como realizar algo que instruya, que divierta, algo que sea original y que le guste a uno”. Esta parte final de su afirmación es la clave para entender el concepto de las redes sociales, potenciadas y hechas para que cada vez te enseñen lo que más te gusta, hechas para que cada vez que las abras encuentres “productos culturales” más personalizados y fáciles de consumir. Una muestra de ello lo vemos en los actuales productores de música urbana; cada vez es más frecuente que dichos productores hagan canciones más cortas y hechas para colgarlas en redes sociales como TikTok, vídeos que nunca duran más de un minuto.

Pero hablemos de los museos y de esa Gioconda. El texto de Lipovetsky nos puede ayudar: “Un deseo estimulado y potenciado por las visitas a los museos, a los lugares artísticos, a grandes exposiciones”.

Desgraciadamente, los museos en la actualidad se han convertido en lugares donde se potencia la cultura de gatillo fácil a los cuales ir a hacer la foto para poder decir que has estado allí, sin potenciar la reflexión ni la crítica.

Vamos a hacernos una pregunta. ¿Qué tiene de parecido el Barcelona Reguetón festival y el museo del Louvre? En este último siglo hemos visto como el fenómeno de los festivales han crecido de forma exponencial y los han utilizado como forma para potenciar ciudades. Mari Paz Balibrea, en su artículo Barcelona: del modelo a la marca (2004) describe como en la ciudad de Barcelona “paulatinamente los procesos diseñados para poner en valor la cultura terminaron por hacer que las políticas culturales y sociales de la ciudad se diseñaran con el fin de alimentar el valor y el prestigio de la marca de Barcelona”. Incluso hemos visto como museos se han utilizado para “dignificar” zonas como por ejemplo de museo MACBA, que se encuentra en uno de los antiguos barrios más problemáticos de la ciudad de Barcelona o durante la época del Boom inmobiliario en España se utilizaban como método de especulación urbanística. En algunos casos, como el Fórum de las culturas de Barcelona, sirvió para potenciar y abrir al mar la ciudad de Barcelona, pero por el contrario otros museos como el Museo del viento en el Pueblo de la Muela (Zaragoza) fue parte de un caso de corrupción urbanística donde precisamente dicha pieza del sumario se llamaba Operación Molinos. Pero todo festival y museo necesita un cabeza de cartel, todo museo que se aprecie necesita un obra que enseñar y de la que sentirse orgullosa, una obra que represente los valores y que la gente pague cantidades ingentes de dinero en una entrada para hacerse la foto de rigor; esa podría ser nuestra querida Gioconda, una obra que sea fácilmente estampable en camisetas o bolsos -con tela reutilizada- y colgada en forma de banderolas en los postes por los campos Elíseos. El capitalismo y la cultura capitalista necesita un cabeza de cartel como también necesitan un cabeza de cartel esos festivales de música. Por cierto, mirar bien la imagen que tenéis a vuestra derecha ¿no os suena de algo?

No podemos dejar pasar la oportunidad de hablar sobre la economía de este tipo de cultura y sobre todo centrados en el mundo musical al cual llevamos hablando todo este tiempo, el reguetón.

Observamos también una cierta optimización de los recursos económicos y el máximo rendimiento de estos, ya que en la mayoría de veces las personas que forman del grupo musical son dos personas; una persona que pone la música y otra -normalmente el referente- que canta. Una optimización también en los traslados y un gran beneficio económico, ya que el beneficio recae en una o dos personas y no en un gran número de personas como podría ser una gran banda.

Para ir finalizando este pequeño ensayo, da la sensación de que estamos en una época final. El final de una era, una época en la que todo está demasiado optimizado a nivel artístico. Da la sensación de que estamos en un momento en que la cultura o el producto cultural está ya demasiado bien hecho -como si de arte rococó se tratase-.

Como si a la cultura y sus productos no se les pudieran adornar más, como si la tecnología ya no pudiera abarcar más -y fuera aquel pan de oro puesto en grandes escalinatas de los palacios-, como si el cantante de reguetón no pudiera llevar más colgantes y no pudiera modificar más su voz extravagante imitando aquellos palacios del siglo XVIII. Que la Gioconda ya no pudiera reflejar o mostrar lo agradable, refinado o exótico de su retrato y solo nos fijáramos en el oro que envuelve la sala en la cual está expuesta. Debemos alejarnos de los grandes palacios, del pan de oro, tenemos que volver al exterior, a la naturaleza sin rendimiento, pero con control, como si del antiguo y ordenado jardín de Versalles se tratase.

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