Hoy voy a empezar por el final. Allá por los casi lejanos años 80 del pasado siglo el teórico de la robótica y del transhumanismo Hans Moravec postulaba que los entes artificiales acabarían ganándonos en la carrera evolutiva y nos sustituirían como especie dominante; también sugería que la evolución de estos seres se produciría en lo sucesivo según el planteamiento lamarckiano (enunciado-clave: <<la función crea el órgano>>). Ahí lo voy a dejar por ahora.
Os recuerdo que me encontraba tomando unas cervezas con Pepa y Pepe, él viejo conocido (ella terraplanista-antivacunas) y ambos adeptos de la teoría (supuestamente evolucionista) que aquí llamaremos “diseño inteligente pro-evolución” y que ellos denominan <<evolución teísta>>. En definitiva, una superinteligencia habría sido el factor desencadenante del proceso evolutivo en el que aún nos encontramos… al menos de momento. Pepe aseguraba además que la evolución tiene un propósito, un objetivo, una finalidad. Cuando el “ente divino” “creó” las condiciones de posibilidad para la evolución tenía por tanto un plan preestablecido; dicho de otro modo la evolución nace de una trascendentalidad y posee un carácter teleológico. Dejo esto así y luego nos servirá como colofón (vamos… creo).
Herbert Spencer (1820-1903) fue el más importante representante de la sociología positivista de corte evolucionista. Construyó una teoría sobre la evolución (progreso gradual de lo simple y homogéneo a lo complejo y heterogéneo) del cosmos, y con ella trató de explicar los orígenes y los mecanismos de cambio en la sociedad. Desde su punto de vista la realidad tiene un carácter divino-religioso. En su fondo se encuentra lo “Incognoscible”, de lo cual materia y espíritu serían efectos. Para su conocimiento (siempre relativo), el hombre dispone de dos medios: la religión (que trata la causa última) y la ciencia (que se ocupa de los hechos fenoménicos). La filosofía es para Spencer, básicamente, una teoría de la evolución. Así, la ética estaría fundamentada en la biología (esto en sintonía con el “darwinismo social”, que luego veremos). El ser humano, producto más perfecto de la evolución, está organizado en sociedades orientadas evolutivamente al individualismo (en el modelo social más desarrollado -sustentado en ese individualismo- habrá una perfecta concordancia entre egoísmo y altruismo, ya que la evolución tiende a hacer coincidir la felicidad del individuo con el bienestar de los demás); dichas sociedades han de ser dejadas en su evolución espontánea, y por eso el Estado debería abstenerse de intervenir en ellas. Queda claro pues que Spencer defendía un liberalismo extremo; como veis “nuestros” neoliberales no han inventado nada.
Directamente emparentada con el planteamiento de Spencer surgirá, ya en el siglo XX, la SOCIOBIOLOGÍA. Dicho asépticamente consiste en el estudio sistemático de la base biológica de la conducta social de todo tipo de organismos, incluido el hombre. A medida que fueron avanzando nuestros conocimientos sobre la genética la sociobilogía fue adoptando un sesgo evolucionista. Su tesis básica es que la conducta social es un conjunto de estrategias adaptativas al servicio de la conservación y reproducción del acervo genético de la especie, y no de los individuos como tales. Esto implicaría que la moralidad sería una estrategia más para la supervivencia de los genes, por lo que estaría determinada biológicamente (cuando menos, algunas de sus normas básicas, como el incesto). De ahí la afirmación de Edward O. Wilson (el otro gran sociobiólogo es Richard Dawkins) de que <<ha llegado el momento de que la ética pase a los biólogos>>. Se han dado varias objeciones a la sociobiología; a mi juicio la más potente entre dichas objeciones es que tratándose de una versión moderna del naturalismo ético, adolece del error lógico consistente en incurrir en lo que desde G.E. Moore se denomina “falacia naturalista”: derivar un “deber ser” de un “es”. Esto implica extraer proposiciones de carácter moral de otras proposiciones que carecen del mismo. De esta forma, si los seres vivos se desarrollan conforme a la selección natural, ¿habríamos de colaborar con ella (con la eugenesia, v.g.)? Si así lo hiciéramos, ello nos conduciría a un “nazismo ético” (es decir, la versión más fundamentalista del darwinismo social que citábamos antes.) Estrictamente, desde la sociobiología el único criterio moral aceptable sería la supervivencia. Admitiendo el presupuesto de que la especie humana aún está evolucionando, las preguntas-clave que se formulan quienes defienden estas últimas posturas serían: ¿si unas clases o razas se han mostrado superiores a otras, por su mayor capacidad de adaptación, acaso no tienen un cierto derecho natural a su supervivencia, sobre todo cuando se ven amenazadas…?¿…y por qué no, entonces, a imponer su evidente (y natural) supremacía? ¡Bienvenidos a la derecha-rabiosa!
Obviamente, el darwinismo social lleva al evolucionismo hasta el extremo de pretender que el dinamismo de la sociedad se base en la ley del más fuerte… es curioso que las doctrinas (neo)liberales, aun camufladas bajo una cosmética “amable”, predican en el fondo algo muy parecido; pues, según ellas, la sociedad en su conjunto obtiene un mayor beneficio propiciando que cada cual busque su propio interés (esto no es nuevo, pues ya lo dijo Adam Smith en el siglo XVIII: “a la larga, todo contribuye al interés general, incluso la conducta del egoísta”). Más aún: consideran la desigualdad como un estímulo por el que los “peores” tratan de superarse para igualarse con los “mejores”, luego desigualdad no sería nada negativo sino positivo; así, anular la desigualdad “por decreto” supondría desmotivar al individuo para su progreso para que explote al máximo sus facultades. Por eso los (neo)liberales sostienen que el capitalismo tiene un carácter natural; esto (aseguran) se puede comprobar porque sólo sobreviven -económicamente- quienes mejor se adapten al medio -el mercado-. De este modo, si la evolución se pondera como buena, ha de aceptarse que para el conjunto de la sociedad lo sea la libre competencia económica entre individuos; y si por el contrario la evolución es mala, eso no quita que el capitalismo sea consustancial a la naturaleza humana. ¡Bienvenidos a la derecha-pura-y-simple!
¡O-oh…! ¿Y si esa finalidad (esa teleología) que defiende Pepe consiste en que, efectivamente, solo prosperen los más fuertes? Si aceptamos que el curso natural de las cosas, en lo que a los humanos se refiere, es el capitalismo resultaría muy sencillo sacralizarlo. ¿Y si “esos-más fuertes” capitalistas se apropian (quizá lo estén haciendo) de la IA para su exclusivo beneficio? Parecería claro que el resto, “esos-menos fuertes” acabaríamos estando de más y podríamos quedar “retirados” o “apartados” de un modo doblemente justificado: el objetivo sagrado prescrito por la divinidad y la propia dinámica de la evolución; sobraríamos para producir, sobraríamos para comerciar-consumir.
Pero… ¿…y si llevamos un poquito más lejos ese planteamiento teleológico? Es muy posible que “esos-más fuertes” entes biológicos acaben igualmente siendo superados por la IA, por los entes artificiales porque, retomando los postulados de Moravec, antes o después acabarían llegando a tal grado de autoconciencia y sofisticación que podrían conservarse, reproducirse y perfeccionarse de manera totalmente independiente. Esos entes artificiales (sobrenaturales en cierto modo) no necesitarían para nada a los magnates y “tal vez” terminarían eliminándolos.
Lo más inquietante de todo esto, según afirmó Pepe al final de nuestra conversación es que <<Si Moravec y yo tenemos razón, da igual que nuestra sociedad sea capitalista o comunista: el resultado será el mismo, ya que los entes artificiales nos derrotarán en la disputa evolutiva y no tendremos más remedio que aceptarlo, pues en eso consiste el plan preestablecido>>. Reconozco que desde entonces tengo alguna que otra pesadilla de nuevo cuño. ¿Cómo lo veis?
TXESKO C.
TODAVÍA A VUELTAS CON LA EVOLUCIÓN (II)