El primer sorprendido fui yo, no os vayáis a creer… Hace un par de días tuve un inesperado reencuentro con alguien a quien no había vuelto a ver desde hacía casi cuarenta años; mantuvimos cierta amistad gracias a nuestra común afición de entonces por las artes marciales. Venía acompañado por su pareja, una chica bastante más joven que nosotros… y ya está bien eso de que el amor no tenga edad, siempre y cuando sea amor verdadero, por supuesto, y donde nadie tenga una posición dominante. Entramos en un café a tomarnos algo, nos pusimos a charlar recordando viejos tiempos y…. en fin: que en un momento dado empezaron las sorpresas.
Para empezar supe que la chica (¿Pepa?) era terraplanista y además anti-vacunas. Ya podéis suponer (me vais conociendo) que no fui capaz de evitar la polémica… eso sí: sin dejar de mantener un tono respetuoso y el volumen bajo. La amistosa disputa acabó desembocando en “evolución sí vs. evolución no”. Imaginaréis que los grados-plantígrados en mi particular escala de las sorpresas casi llegaron a hacer tope. Os explico lo de “grados-plantígrados” y luego continúo: uso esa expresión cuando la situación me deja tan patidifuso que más que “asombrado” me quedo “osombrado”, es decir, con una sensación comparable a la de verte repentinamente cubierto por la sombra de un oso hambriento y prácticamente sin opción entre “susto-o-muerte”. Me sigo explicando: mi viejo conocido-casi-amigo, que podría llamarse Pepe es (o al menos era) persona formada y cultivada (tercer dan de aikido, doctorado en psicología, estudios de antropología, sociología y religión comparada…) Pues bien, os diré que a día de hoy es un creacionista convencido. A estas alturas del artículo no voy a poder evitar hacer un pequeño inventario con los hitos históricos sobre el estudio de la evolución, eso sí, a nivel puramente divulgativo y muy básico. Vamos con ello y luego remato lo de mi encuentro con la pareja que os he presentado.
Mediado el s. XIX el problema del origen etiológico del hombre (y de la vida en general) aún tenía un carácter teológico (excepto algún caso llamativo en la filosofía clásica). A partir de 1809, con la publicación de “Filosofía Biológica” por Lamarck, considerada como la primera formulación evolucionista, las cosas empezaron a cambiar… ¿sabíais que fue precisamente Lamarck el primero en acuñar el término “BIOLOGÍA” para agrupar los estudios de los seres vivos?. Desde ese momento el “asunto” fue asumido casi exclusivamente por la ciencia empírica. El conjunto de respuestas que se han ido sucediendo sobre esta cuestión gravita en torno al “EVOLUCIONISMO” que, sin ser uno ni unívoco, sentó sus bases en los siguientes principios: 1. Todos los seres orgánicos proceden del mundo inorgánico. 2. Todas las especies actuales (vegetales y animales) proceden de otras anteriores 3. Todas las especies se han encontrado y se encuentran en un cambio continuo. Como todo el mundo sabe (o debería saber) el primer gran impulso para este corpus teórico vino simultáneamente de las manos de Charles Darwin y de Alfred Wallace. Centrándonos en el primero, y resumiendo al máximo, diremos que su planteamiento (recogido en “El origen de las especies mediante la selección natural” de 1859) se sustenta en tres grandes constataciones: 1. Los individuos tratan de sobrevivir; a ello se oponen los demás individuos y especies (tienen el mismo objetivo, lo que origina una competencia por la vida) y el medio (que suele ser hostil). 2. Solo los más aptos lo consiguen; los menos aptos desaparecen: es la “selección natural” (tesis prestada por Malthus de su “Ensayo sobre la población”). 3. Esta mayor aptitud proviene tanto de las cualidades -heredables- adquiridas en la adaptación al medio ambiente, como de la génesis espontánea de cambios en el individuo. Sin embargo la teoría de Charles Darwin tenía algunas lagunas y ciertas inconsistencias que la mantuvieron en entredicho durante largo tiempo hasta que, gracias a las leyes de la herencia genética descubiertas por Mendel, el zoólogo alemán Auguste Weismann hizo una primera síntesis para dar lugar al NEODARWINISMO.
Los avances en el conocimiento de la genética (principalmente el concepto de “mutación genética”) produjeron en 1940 la “TEORÍA SINTÉTICA DE LA EVOLUCIÓN”. Formulada por T. Dobzhansky y por J. Huxley, tiene un cuádruple fundamento: 1. Lo que muta y se transmite es el gen 2. La selección natural se realiza sobre el individuo, no sobre el gen; se encarga pues de que prosperen los individuos cuya carga genética aporta ventajas adaptativas. 3. Lo esencial no es que sobreviva un individuo sino que se reproduzca. 4. El aislamiento es negativo para una especie, pues impide la hibridación que permite enriquecer su acervo genético. En los 50, cuando aparece la genética molecular (Watson y Crick descubren la estructura del ADN en 1953) se demostró definitivamente que los caracteres adquiridos no se heredan, porque la información dentro de los organismos solo tiene una dirección (de los ácidos nucleicos a las proteínas y no al revés).
La TEORÍA NEUTRALISTA de Kimura sostiene que las mutaciones genéticas son neutras en sus efectos: no dan ventajas ni desventajas al portador. Así pues, “son neutrales”. La evolución provendría del efecto directo sobre la especie de determinadas mutaciones azarosas, y apenas de la interacción de esas mutaciones con el medio (es decir, la selección natural -algo fundamental en el neodarwinismo-). Gould y Eldredge, por su parte, formularon la TEORÍA DEL EQUILIBRIO PUNTUADO según la cual la evolución no se ha dado de modo uniformemente gradual (mediante la acumulación de pequeños cambios) sino a través de grandes saltos evolutivos; esto se basa en que los datos paleontológicos y de genética molecular revelan amplios periodos de estabilidad intercalados con pequeñas etapas de grandes cambios evolutivos.
Pepe y Pepa defienden una versión de la llamada TEORÍA DEL DISEÑO INTELIGENTE (según algunos sería un tipo de evolucionismo; para mí es, en cualquiera de sus variantes, un creacionismo camuflado o “deconstruido” siguiendo la estela de ciertas modas posmodernas.) Por situarnos: consideran que que el azar no puede ser el mecanismo responsable de la evolución por razones estadísticas; igualmente toman en consideración la corolaria necesidad de postular un agente exógeno, en tanto que responsable de la generación de una forma biológica de otro modo inexplicable -lo que denominan “complejidad irreductible”-. Siendo más precisos Pepe aboga por un “creacionismo teísta proevolutivo” donde se afirma la existencia de un creador y un propósito, pero admitiendo que los seres vivos se han formado a través de un proceso de evolución natural. Esta forma de creacionismo no interfiere con la práctica de la ciencia y tampoco sería una alternativa al neodarwinismo, sino un complemento filosófico o religioso a la teoría de la evolución.
Yo contraataqué con la peor de las intenciones argumentando que esas posturas (en el fondo creacionistas-teleológicas y eso es lo que importa) pueden servir de justificación para planteamientos como el darwinismo social o incluso ciertas versiones bastante inquietantes del transhumanismo… pero esto os lo contaré en la segunda entrega de esta serie; no obstante os dejo un pequeño anticipo: según Moravec y otros el hombre actual no es el fin de la evolución; esta continuará (¡¡¡lamarckianamente!!!) hacia la fase “sobrenatural”, en la cual produciremos a nuestros descendientes: los entes artificiales. Antes o después llegarán a tal grado de autoconciencia y sofisticación que podrán conservarse, reproducirse y perfeccionarse autónomamente, emancipándose de nosotros. Pero esto significará que nuestro ADN “se jubilará”, será sustituido por esos entes artificiales quienes nos habrán ganado así la “lucha por la supervivencia”. Hans Moravec denomina a este hecho “relevo genético” (el 2º en la historia de la evolución; el 1º, tuvo estos hitos: 1-materia inane, 2-cristales microscópicos de arcilla, 3-polímeros, y 4-genes).
TXESKO C.