Hola, querida gente. Como bien sabéis uno de los temas preferidos por los filósofos a la hora de reflexionar es en efecto la muerte. Inquietante palabra, escurridizo concepto. Durante los últimos tiempos nos han ido dejando muchas personas; “ilustres” y de las otras (fijaos que he entrecomillado la palabra “ilustres” y lo acabo de volver a hacer… ¿con mala intención? ¡No os quepa ninguna duda!). Así, recientemente se ha ido Isabel II (quien pese a ser “importante”, y lo he he hecho de nuevo, a mí no me importaba en absoluto); también Javier Marías (este sí que me importaba bastante más); y hace un par de días el célebre cineasta Jean-Luc Godard, ojo al dato, ¡por suicidio asistido!, a los 91 años que es a mi juicio una bonita edad para marcharse. Solo lo que acabo de escribir en estas tres últimas líneas ya daría para horas, incluso días, de reflexión y debate. A lo mejor más abajo vuelvo a hacer algún comentario al respecto. En fin, sigamos…
Todos los filósofos y filósofas se han tomado en serio (¡como para no hacerlo!) ese peliagudo asunto de la muerte, que nos deja fríos por una parte pero por otra no tanto, aunque bien es cierto que no todas las grandes figuras del pensamiento han hecho de ella una cuestión clave en su actividad filosófica. Veamos qué han dicho algunas y algunos de quienes sí le han otorgado un lugar preferente. María Zambrano nunca consideró que la muerte fuera la aniquilación de la vida, pues afirmaba que la una NO ES sin la otra, ya que el ser emana desde las mismísimas entrañas de la nada. Como bien explica en sus “Reflexiones y Comentarios” Ana Bungard refiriéndose a la gran filósofa malagueña: <<Al sentir el ser, el sujeto inicia un morir que es un “despertar” del amor creador recibido en el origen de la vida. La muerte es fuente de esperanza y sabiduría para quien acepta su presencia.>> A mí personalmente, esta hermosa tesis me transporta como por arte de magia (y poesía) a los siglos IV y III antes de nuestra era hasta la figura de Epicuro; sí, ese, el del jardín… Nos decía el filósofo de Samos (no confundir con Samoa) cuando nos regalaba su Carta a Meneceo, que <<[…]el más terrorífico de los males, la muerte, no es nada en relación a nosotros, porque, cuando somos, la muerte no está presente, y cuando está presente, nosotros no somos más.>> Como podéis observar, aunque en la concepción de lo que “viene a ser” la muerte Zambrano y Epicuro dicen cosas distintas, ambos coinciden en algo que a mí se me antoja fundamental: no debemos temerla. En todo caso, y aquí creo que ambos estarían de acuerdo conmigo, lo peliagudo en el acto de morir estriba en su proceso: en el cómo. Quizá sea pues, el momento oportuno para volver a mencionar “el caso-Godard”. Pensemos en ello: suicidio asistido (por el Estado, “mirusté”). Vale…para acabar este párrafo: un gran amigo mío y colega sostiene que mientras María Zambrano adopta una posición fundamentalmente estética con respecto a la muerte la postura de Epicuro sería esencialmente pragmática.
No voy a poder evitar evitar soltaros ahora una pequeña andanada relacionada con Platón, para quien la muerte, en lo que al alma humana se refiere, sería el punto de inflexión en la transmigración, en la metempsicosis de la cual era adepto (como por otra parte lo eran igualmente los egipcios, los pitagóricos y quienes seguían y siguen aún ciertas creencias religiosas). El ateniense estaba convencido de que la muerte no debía comportar inquietud alguna para quien hubiera tenido una vida virtuosa en el sentido socrático del término.
Dando otro gran salto en el tiempo vamos a acercarnos, en primer lugar, a Jean-Paul Sartre y en un segundo momento a Martin Heidegger. El francés asegura que el morir, lejos de darle sentido a la vida, haría justamente lo contrario cortando de cuajo cualquier significado para ésta, ya que siendo como es pro-yecto, el fallecimiento anulaba la esencia humana, es decir, lo que somos cons-ti-tu-ti-va-men-te: LIBERTAD, puesto que esa caída al vacío cercenaba toda posibilidad de realizarnos. Vamos ahora con Heidegger y una de sus caracterizaciones sobre el fenómeno humano que ha hecho más fortuna: “el ser-para la muerte”. En Ser y Tiempo, el de Baden-Würtenberg, sostiene que la mortalidad, si somos rigurosos, no puede considerarse como la condición de dejar de ser sino precisamente un modo de ser, puesto que nos encontramos radicalmente (o sea: de raíz) inscritos en la finitud; y aceptar esto resulta pues trascendental para esa pre-comprensión que requiere un acercamiento sincero a lo que él llamaba existencia-auténtica (frente a la existencia “inauténtica”). Es imposible explicitar en estas pocas líneas lo que sobre la muerte nos decía un filósofo de tanta envergadura como Heidegger; pero si he de hacer un intento, se me ocurre en mi simpliciad deciros esto: ¿Estáis preguntándoos por el sentido de la vida? Empezad por aceptar la muerte entonces; se trata de dar un primer paso que sea seguro y solo así podremos aspirar siquiera a entender mínimamente la vida.
Un filósofo que, en España, no es tan conocido como merece más allá del ámbito de la filosofía “profesional”, Emmanuel Lévinas, tiene una obrita (debería ponerle comillas a eso de “obrita”, pues en realidad es un “obrón”) fascinante y original donde las haya titulada “Dios, la Muerte y el Tiempo” que, pese a su complejidad, no puedo resistirme a recomendaros. En ella Lévinas dialoga con Martin Heidegger y Ernst Bloch (pensadores ambos del siglo XX, como bien sabéis) aunque también con Aristóteles, Kant y Hegel a propósito de los citados tres elementos que componen el título de la obra y que forman un trinomio poco menos que indestructible en cuanto tal. Por no ir más allá del tema que modestamente nos ocupa puedo deciros que la concepción levinasiana de la muerte incide en tres cuestiones fundamentales: el sufrimiento, que incluye la distinción entre sufrimiento físico y moral; la afirmación de la identidad tomando como referente existencial la alteridad (el “otro” y “lo” Otro a modo de espejo donde queda reflejado… ¡y afirmado de algún modo! lo que sería mi YO) siendo precisamente “eso-la-muerte” la alteridad por antonomasia; y en tercer lugar la muerte propiamente dicha, entendida como misterio que <<[…]anuncia un acontecimiento según el cual el sujeto dejará de ser sujeto>> (es así como lo expresa en “Le Temps et l´Autre”).
¿Qué más puedo deciros? La muerte nos ocupa y nos pre-ocupa. Nos inquieta. Suscita las más grandes preguntas. Incita a construir monumentales creencias, a menudo a caballo entre el peligro y la esperanza, entre el fanatismo y el miedo, entre el derecho y la obligación. Quienes hemos tenido experiencias próximas a la muerte, incluso MUY próximas, nos hemos aprovisionado de “un-no-sé-qué” (permitidme esta expresión tan imprecisa y a la vez tan explícita) que nos hace encarar la vida de un modo diferente a quienes no han experimentado esa proximidad. No es la muerte lo que debería inquietarnos, pues llegará querámoslo o no, sino el dolor y el sufrimiento “¿Y para esto que dices ahora, tanta monserga y tanto bla-bla-bla, Txesko?”. Pues sí: para ESTO. Os he dejado unas cuantas pinceladas mostrandoos algunos(as) de quiénes más (¿y mejor?) han reflexionado sobre la muerte únicamente para invitaros a que también lo hagáis; seriamente, serenamente y respetuosamente con el objetivo fundamental de aprender a valorar (creedme: yo lo sigo intentando) la vida-consciente tal y como corresponde hacer con un regalo de tal calibre.
TXESKO C.
Hablemos de la Muerte.