Transferencia y socialización del conocimiento.

Recuerdo, hace ya muchos años, la primera vez que Eudald Carbonell nos explicó, más serio que nunca, que las personas con formación académica teníamos la responsabilidad de transferir lo aprendido a la sociedad: «debéis aprender la socialización del conocimiento» nos decía «no hay otra opción posible y ha de ser con humildad, ha de ser incluso de manera inconsciente».

Éramos por aquel entonces unos cachorrillos ansiosos de conocimiento, deseando comernos el mundo a bocados, deseando absorberlo todo. En esas ansias terribles de empacharnos de ideas, de generar hipótesis, de propiciar debates…se nos hacía impropio no retornar a la sociedad lo que la Ciencia nos había dado.

Creo que es posible describir esa sensación como una necesidad, como un deseo de liberarte en parte de cientos y cientos de páginas masticadas y tragadas, de «vomitar» (perdón por la crudeza de la expresión) aquello que tu mente ya ha asimilado como propio extrapolándolo al ser ajeno. Así el ser ajeno se convierte en parte de ti, en alguien que se ha alimentado de tus pensamientos, de tu yo que ha aprendido.

Dentro de muchos de nosotros circulará siempre la a veces inconsciente necesidad de retornarle al mundo el conocimiento adquirido. Se ha convertido en una verdadera tarea, en una vocación muy real que llevamos a cabo con ilusión y dedicación tanto en el ámbito educativo, como profesional o, incluso, en el interior de tu propia casa.
Creo que es por ello que no podemos soportar que existan ciertos sectores sociales que se enorgullecen de saber más que nadie, que se vanaglorian de no ser ignorantes (siéndolo a veces, sin embargo), convirtiendo al otro en un ser minúsculo, ínfimo, casi sin derecho a la existencia. Es un egoísmo exacerbado el que considera que sus éxitos han de ser los fracasos de los otros. Son individuos que creen haberse convertido en una élite intelectual que no está al alcance de cualquier persona que busque generar debate. Gente que se aleja de su máxima responsabilidad, que es la de acercar su conocimiento al resto, con honradez, con humildad, con honestidad. Con las tres H, las que me gusta siempre nombrar, las que hay que poner en práctica en la calle, en tu casa, en la vida, las que hemos de practicar con los demás…

La crudeza de ver cómo algunos miran a otros por encima del hombro haciendo uso de una inexistente superioridad moral e intelectual (porque el mero hecho de considerar esto ya les hace no poseerla), la crueldad de observar gestos, palabras y modos, dirigidos a hacer inferior al de enfrente, eso es algo que nos duele y lo hace profundamente.

Aboguemos por dar lo que, por circunstancias de la vida, hemos conseguido adquirir. Valoremos al otro, puede ser que quien tengamos delante porte un bagaje intelectual enorme pero lo comparta humildemente o no lo necesite para demostrar superioridad. O puede ser que no lo porte, pero lo ansíe. Dáselo, compártelo de manera honesta.

Así avanza todo, enseñando, educando, compartiendo, no juzgando sin conocer, empatizando…Estas, creo, han de ser algunas de nuestras mejores armas para crear una sociedad mejor y más libre. Una sociedad del conocimiento.

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