LA REFLEXIÓN FILOSÓFICA SOBRE EL LENGUAJE MORAL (I)

Hoy iniciamos una miniserie estructurada secuencialmente en tres entregas que irán apareciendo en la revista a lo largo de las siguientes semanas. Nos vamos a ocupar de cómo usamos el lenguaje cuando abordamos cuestiones morales; esto obviamente significa que volvemos a situarnos en el ámbito de la ética aunque desde una perspectiva menos habitual. Para empezar vamos a presentaros (en realidad a citar) las referidas secuencias:

I-Corrientes teóricas de la metaética
II-El formato de los juicios morales
III-Modelos de justificación de los juicios morales.

Muy bien, pues una vez presentadas vamos, si os parece con la primera de ellas. ¿Qué es eso de la “metaética”? Así es como llamamos a la filosofía del lenguaje moral: la disciplina contemporánea que estudia los enunciados con los cuales afirmamos o negamos que algo sea bueno, correcto o justo, pero atendiendo exclusivamente a su forma lingüística y no a sus contenidos. Por tanto se ocupa de problemas inscritos en las diversas formas de expresar lo moral y que no habían sido tomados verdaderamente en serio hasta hace relativamente poco. Dicho esto último conviene aclarar que la ética clásica no había sido completamente desconocedora de la metaética ni de la relevancia del lenguaje moral; así, algunos autores, en sus reflexiones éticas, estudiaron los fundamentos de la moral partiendo del análisis de determinados conceptos: Aristóteles “navegó” desde el concepto de “bien” al de “felicidad”; Kant desde el concepto de “buena voluntad” al de “imperativo categórico”. Pero la metaética como tal surgiría en Gran Bretaña con la obra “Principia Ethica” de G. E. Moore (1878-1958). Tuvo su origen en la atención que la filosofía prestó al lenguaje en el siglo XX (desde el llamado “Giro lingüístico”) y formó parte del Movimiento Analítico, siendo así que tras el fracaso de éste quedaría circunscrita a la llamada Filosofía Analítica Inglesa. El desarrollo de la metaética dio lugar a tres grandes entramados teóricos. Veámoslos:

EL INTUICIONISMO sería el primero de estos grandes corpus teóricos y su promotor sería el propio Moore, quien comenzó por desprenderse de cierto lastre previo, consistente en un naturalismo ético que adolecía del error lógico de incurrir en algo que desde él se denomina “falacia naturalista”: derivar un “deber ser” de un “es”; esto implicará extraer proposiciones de carácter moral de otras proposiciones que carecen del mismo, y considerar que la moral es un apéndice de la metafísica. ¿Por qué encuadramos el pensamiento de Moore en el intuicionismo? Porque considera que los valores morales son algo que se capta de manera inmediata y directa (el antecedente de esta postura podría ser Sidgwick, pues éste identificaba los valores morales con axiomas que consideraba evidentes). Por intuidos directa e inmediatamente, los valores morales son irreductibles a otros cualesquiera; y, por consiguiente, peculiares de la ética. Serían, concretamente, los de “bueno” y “malo”; lo “bueno” es lo que merece existir por sí mismo. Nótese ahora que solo se puede decir esto, no se puede dar una definición, porque para Moore definir es analizar (fragmentar un todo complejo en sus partes constituyentes), y “bueno” es algo absolutamente simple. Eso sí: Moore nunca afirmó que “bueno” no tuviese significado; lo que negaba era todo intento por definirlo como un objeto natural o metafísico (ambos de carácter complejo). El heredero inmediato de Moore fue Prichard. Para Prichard el valor moral por excelencia no es lo “bueno” (Moore), sino el “deber”; y como también es intuido de forma directa e inmediata, tampoco puede ser analizado. Por eso rechaza como erróneas las teorías filosóficas que a lo largo de la historia afirmaron que el cumplimiento del deber conduce a la felicidad o produce cierto bien, porque si eso fuera así, ese deber no sería un auténtico deber, sino la mera búsqueda de un interés personal.

EL EMOTIVISMO estudia el lenguaje moral, pero desde posiciones críticas al intuicionismo. Sostiene que la relación entre las palabras morales y los actos morales no es sólo de índole intelectual, sino también (y muy especialmente) emocional. Su precedente histórico es Hume. La ética de Hume ha sido denominada comúnmente como “Emotivismo Moral” (aunque esta expresión no la encontraremos en el pensador escocés): no pretende hallar lo que “debe ser bueno” para el hombre, sino describir lo que “de hecho es considerado como bueno” por él. El emotivismo moral afirma que el fundamento de la moral no está en la razón, sino en el sentimiento que determinadas acciones y cualidades suscitan en el hombre. Se opone así al “intelectualismo moral de línea dura” que sostiene que la moral está fundamentada exclusivamente en la razón. Por ejemplo, Sócrates -intelectualista- basaba su moral en dos principios: identidad entre conocimiento teórico -sophía- y conocimiento práctico -sophrosine-. El conocimiento determina la conducta (el conocimiento del bien equivale a la voluntad de hacerlo). Pero esto se aleja de la opinión mayoritaria (y aristotélica) de que una cosa es conocer el bien, y otra realizarlo. Así que el emotivismo se acerca más al sentido común que afirma la existencia de una dimensión sentimental en lo moral. Hume afirma que en los seres humanos hay una naturaleza emotiva común, lo que implica una moralidad universal. Sin embargo, para el emotivismo contemporáneo esto no es así, pues distingue entre las emociones particulares de cada cual, y subsiguientemente existirían moralidades particulares. Así, El emotivismo contemporáneo, que tendría como precedente al 1ER Wittgenstein, considera que la moral queda fuera de lo que podríamos llamar “objetividad de los hechos”, debido a lo cual sus proposiciones no podrían ser susceptibles de ser verdaderas o falsas; no olvidemos que para el emotivismo las proposiciones éticas simplemente expresan emociones; por otra parte también rechazan que pudiera apelarse a la metafísica para fundamentar su valor de verdad. No obstante las proposiciones de la ética a veces engañan sobre su auténtica naturaleza, dado que poseen la estructura de las proposiciones fácticas (como a veces sostiene el naturalismo ético). Defensores destacables de este planteamiento emotivista han sido Alfred Ayer y Charles L. Stevenson (si bien es cierto que en este último es muy evidente la influencia del Pragmatismo Americano).

EL PRESCREPTIVISMO, cuyo máximo representante es Richard Mervyn Hare, coincide con el emotivismo en su oposición al intuicionismo, pero les separa el efecto que producen las proposiciones de la ética: los emotivistas postulaban que están destinadas a influir sobre la conducta en un sentido específico. Pero Hare opina que sugieren modos de acción. Por eso su naturaleza sería prescriptiva, esto es, un peldaño más arriba que lo llamado “orientativo” y un peldaño más abajo que lo “imperativo”. V.g.: “Debes cumplir con tu deber” no tiene el propósito de influir en la otra persona, aunque lo llegara a hacer. Las prescripciones son, no obstante, muy semejantes a los imperativos; eso es lógico, porque quien profiere una prescripción abriga intenciones de que su interlocutor actúe en función de algo que “habría que hacer”, lo que en el fondo no es más que pretender guiar la conducta ajena. Pero no son idénticos: lo esencial de las prescripciones -su carácter universal- no es compartido por muchos imperativos. La universalidad de las prescripciones se constata en el hecho de que, dada una situación que origina una determinada prescripción, toda otra situación comparable debe dar origen a la misma prescripción. La intención de la obra de Hare es precisamente universalizar los imperativos morales dotándoles de racionalidad y lógica; ello los convertiría en prescripciones. Hare proclama que cada individuo es el soberano supremo en lo moral (aunque estaría siempre sujeto al rigor de la razón y la lógica); esta afirmación, que para algunos autores solo es un leve matiz, es lo que le distingue más claramente de Kant en cuanto al imperativo categórico y es por lo que Hare acepta la diversidad de principios morales de diferentes personas (siempre que sean consistentes), sin que unos hayan de ser intrínsecamente “menos” racionales que otros; sé que no es fácil comprender esto, pero Hare sostiene que lo universal no tiene que estar constreñido por lo unívoco. Sin embargo, pese a lo atractivo de su propuesta, la objeción más común al prescriptivismo consiste en que Hare se sigue centrando exclusivamente en un solo tipo de lenguaje moral, el que se expresa de forma imperativa, descuidando los demás tipos.

Una vez finalizada esta entrega inicial y tras su lectura, querría invitaros a una primera reflexión: ¿os parece que hay algún entramado ideológico concreto detrás de cada una de estas teorías o más bien, cada cual de ellas a su manera, podría mimetizarse en más de una ideología? Ahora la pelota está en vuestro tejado.

TXESKO C.


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