LA REPÚBLICA, NECESARIA E INEVITABLE

Paco y Victoriano eran mis abuelos, Consuelo y Paula mis abuelas. Paco y Victoriano, hijos de pastores; la familia de Paula vivió mientras pudo de la agricultura a una escala muy modesta. Consuelo nació y se crió en una mina, donde su padre era barrenador. Consuelo y Paula, que eran muy inteligentes e inquietas, se buscaron la vida para aprender a leer poco menos que por su cuenta. Paco, el primero en desplazarse desde el campo a la ciudad, logró cierta prosperidad como vigilante en el ferrocarril. Victoriano también cambió los pastos por la urbe donde desempeñó varios oficios para, finalmente, recalar en el gremio de la construcción. Ellas, leyendo de tarde en tarde con otras muchachas cuando se lo permitían sus tareas en los hogares pudientes (y postulantes) de Madrid y Bilbao, adonde habían acudido “a servir”, pues así se decía, consiguieron hacerse con una modesta ilustración. A Consuelito le encantaba Becquer y disfrutaba con los libros de cocina. Paulita era más de hacer cuentas (habría sido una buena profesora de matemáticas).

Las duras condiciones de vida que, como mucha otra gente humilde, hubieron de soportar en el campo y en la mina los conduciría pues a tratar de labrarse un porvenir en la metrópoli. En la ciudad se encontraron con quienes, como ellas, como ellos, habían empezado a despertar política y socialmente, gracias a otra gente igualmente obrera, que llevaba tiempo organizándose de muy diversa manera incluyendo el sindicato. Se hicieron fuertes en algo que ya sabían: que los señoritos, la nobleza (y sus secuaces del alto clero) eran quienes los habían estado condenando a una injusticia tan anacrónica como enquistada. Y digo “se hicieron fuertes” porque el conocimiento se estaba convirtiendo en convicción y seguramente en rebeldía: Consuelo y Paco, Paula y Victoriano, tomaron CONCIENCIA DE CLASE. En su entorno ya se empezaba a hablar de algo llamado “república”, un sistema de organización estatal que en los 70 del XIX apenas había logrado ir más allá de un experimento fallido.

Se hablaba, sí, se hablaba de la REPÚBLICA. Quienes más sabían aseguraban que la monarquía española nunca se pareció lo que conocían en “otros reinos modernos” donde (también se decía así) “había más libertad y menos mentiras”. Se hablaba de la vecina Francia, sí; sobre todo de cómo allí habían echado a los reyes para siempre (aunque lo suyo les costó). Algunos citaban a Rusia (mis abuelos no entendían muy bien qué significaba eso de “Unión Soviética”). Otros mencionaban a los alemanes, a los Estados Unidos de América, a México, a Argentina… Todos estos lugares tenían su “republiquilla” y se decía igualmente que solo siguiendo alguno de esos modelos republicanos habría justicia en España; eso que, con el tiempo, hemos acabado llamando “DEMOCRACIA PLENA”.

Y entonces llego el año 31… Supongo que ya os habréis fijado en una cosa mientras estáis leyendo este artículo: salvo la expresión “conciencia de clase” en ningún momento he ponderado una ideología política concreta; y si he usado la mencionada locución ha sido únicamente por contextualizar a mis abuelas y abuelos, por situarlos sobre su espacio específico en la sociedad de su tiempo. El abuelo Paco, el más “personaje de mundo” entre ellos cuatro, nos explicaba a veces aquello de “republicanos de izquierda y republicanos de derecha”, pues los había de ambos signos aunque las proporciones (ciertamente) eran las que eran. En este artículo pues, y a lo que iba, trato de empatizar, o como diría David Hume, “simpatizar” y “compadecer” (etimologicamente “padecer-con…”); tratando, digo, de ponerme en el lugar de cuatro personas muy humildes, con escaso equipamiento cultural (solamente aprendieron “las cuatro reglas”) y que casualmente son responsables de mi existencia como tal y a quienes agradezco profundamente tal regalo, pues es así como considero la vida, que me ha permitido (a mí sí) alcanzar unos conocimientos que ellos y ellas jamás habrían imaginado. Mis abuelas y abuelos casi llegaron a tocar la esperanza con el advenimiento de la Segunda República. Es verdad que luego, a partir de 1936, con aquel golpe de estado fallido, con la terrible y larga guerra resultante y su casi eterna posguerra el destino cruel acabó haciendo con España aquello de “dar dos pasos hacia adelante y cuatro hacia atrás” (compás de 2X4 pero al revés) como ocurre con las malas borracheras; pero no es menos cierto que pese a la horrorosa e insoportable tiranía franquista, pese al terror y al miedo, la semilla ya estaba plantada y el despertar era un hecho incuestionable e imparable. En mi familia, como en muchas otras, había arraigado la convicción de que solamente una república nos abriría de par en par la puerta hacia una democracia plena, sólida; solamente esa república, de todos y para todos y nunca para unos pocos, donde nadie heredaría el timón de un barco ni las riendas de un carruaje por el hecho de ser hijo de tal o cual señor o señorito, señora o señorita, reyezuelo o reinezuela, principito o princesita, princesito o principita. Y esa idea prendió, se convirtió en huella indeleble a pesar de los años y años de exilio (exterior e interior) que debió soportar Paco (y Consuelito y sus hijos, claro); incluso más allá de la década que pasó Victoriano como preso político condenado a trabajos forzados en Cuelgamuros (así se llama en realidad ese sitio que aparece bajo el nefasto nombre, pura impostura, de “Valle de los Caídos”).

Pero en fin… eso último, lo del párrafo anterior, vamos a dejarlo para otro día. Hoy, 14 de ABRIL, jueves, no hemos hablado de filosofía; ni siquiera de la República de Platón, u otros constructos propios de la filosofía política. Hoy no tocaba eso; hoy tocaba hablar de una ilusión que nos arrebataron mediante la razón de la fuerza y no con la fuerza de la razón (tengo serias dudas sobre si es legítimamente racional decir “razón de la fuerza”, valga la rebuznancia). Hoy tocaba hacer un pequeño homenaje a ese sueño de democracia plena que nos robaron y secuestraron a golpe de fusil y bayoneta, a golpe de crucifijo y capirote procesionario, esa ilusión atada y amordazada durante décadas con cadenas de rosarios, aprisionada en un yugo y asaeteada con flechas emponzoñadas; ese ahelo de justicia amortajado en una sotana infanticida. Lo siento, buena gente, compañeras, compañeros… no puedo continuar porque la emoción me puede; si continúo escribiendo perderé la lucidez y todo lo que siga será puro apasionamiento y no un artículo. Os pido disculpas por haberos implicado en algo quizá demasiado personal, pues leerlo os implica inevitablemente… pero sé que en muchos casos os encontráis en mi lugar, ¿verdad que sí? ¡VIVA LA REPÚBLICA!

Con cariño e ilusión

TXESKO C.

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