Breves recuerdos sobre Atapuerca

Recuerdo la primera vez que pisé Atapuerca. Era uno de esos viajes que haces cuando estás en la facultad, dirigidos a una mejor comprensión de la materia mediante la inmersión de lleno en lugares e historias. Llegaba nerviosa, con 20 años y muchísimas ilusiones. Aún soy capaz de sentir lo que sentí aquel día, cuando lo recuerdo. Incluso me vienen los aromas del campo burgalés, el olor a tierra y a frío. Recuerdo también palabras, gestos, caras, sentimientos…

Una guía nos adentró en la trinchera del ferrocarril (la trinchera cuya construcción dió lugar a este impresionante hallazgo, aunque era conocida la presencia de restos arqueo-paleontólogicos en la zona, ya desde antaño). Era como entrar en un escenario magnífico, de paredes altísimas, un teatro con diversas actuaciones que transmitían informaciones sobre un lugar y diferentes tiempos, muchas acciones. Cada yacimiento abierto en canal, mostrando sus entrañas a los visitantes.

Desde que era pequeña sabía que lo que me haría feliz sería trabajar en un lugar así. No sabía cuál sería, ni dónde, ni cuando. Con el paso del tiempo, con la lectura de los impresionantes descubrimientos en Atapuerca y mi amor por la arqueología prehistórica supe finalmente que allí era donde quería estar. Mi meta era no sólo visitar el yacimiento, si no adentrarme en él, excavarlo, entenderlo, sacar a la luz sus tesoros, hasta los más pequeños. Desde aquel diente humano de la Sima del Elefante (lugar que amé hasta la médula) hasta el minúsculo fémur de un ratón o un ave. Cada fósil con una historia, con una vida real con la cual poder soñar.

Ese primer momento en el que me senté en la tierra húmeda, en que mi cuerpo tomó contacto con la historia tan lejana de Atapuerca, fue uno de los más bonitos que recuerdo. Otro muy bello, por cierto y también grabado en mi memoria, fue sentarme delante de una gran roca, un mural pétreo con varios metros de altura, de superficie plana, un gigantesco monolito rectangular, con enormes grabados rupestres. Fue en Marruecos, mientras la puesta de sol dejaba sobre el cielo el reflejo anaranjado de la arena desértica. Sentimientos y sensaciones que nunca se borran. El olor de la arena, el olor del sol, el aroma de los siglos…

En Atapuerca viví momentos muy especiales, viví descubrimientos de los que cambian lo que se dice en los libros, toqué restos humanos con más de un millón de años, animales y restos tecnológicos. Muchas veces cerraba los ojos y solo quería que me tragarse la tierra, pero para enseñarme, para fundirme con lo que escondía en lo más profundo, para encontrar los restos ocultos.
Allí pasé 10 veranos maravillosos. Pasé frío, calor, me enamoré y desenamoré, me emborraché, reí y lloré, se me cayeron mitos y se alzaron otros, conocí nuevos homínidos y viejos, sostuve sus herramientas y sus presas, acaricié los restos últimos de ciervos, caballos, elefantes, rinocerontes, osos, félidos y cánidos..

La última vez que pisé Atapuerca ya lo sabía, sabía que sería la última vez que volvería como investigadora. Sin embargo no sabía porque tenía esa sensación de vivir un último adiós. Es como si ese lugar pleno de pasado me estuviese hablando sobre el futuro. Porque el pasado, es la clave del futuro. Quizás por eso.

Me despedí en silencio, con muchísimo dolor, intentando dejar atrás todos los sentimientos que se arremolinaban en mi corazón y en mi cerebro. Sabía que no iba a volver para ser parte de aquello de nuevo.

Pero me equivocaba porque siempre seré parte de ese lugar.
Los recuerdos allí vividos sirven para ser una más de las que pudieron interactuar con la vida pasada. Mis risas, mis gritos, mis hallazgos, se quedaron allá también, con el viento cada vez que sopla, ese viento gélido con aroma a tierra e historia.

Un artículo de Leticia

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