Quien más quien menos habrá escuchado más de una vez la frase “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Como es sabido esa idea se la debemos al filósofo racionalista alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, quien obviamente no era ningún tonto. Con su ya famoso aserto nos venía a decir que ninguno de nosotros podemos concebir un universo mejor, puesto que somos incapaces de comprenderlo holísticamente, es decir, como un todo integral: nos va demasiado grande; sin embargo la divinidad, la inteligencia cósmica, Dios si preferís (Lebiniz lo prefirió) SÍ poseería dicha comprensión, por consiguiente eligió la mejor de las opciones entre todas las posibles… Y sí, mucho me temo que la LIBERTAD entraría de lleno en ese lote y debido a ello, las fluctuaciones e intermitencias de esa libertad soñada y deseada, esos “altibajos”, formarían parte del curso natural de las cosas… de hecho, TODO cuanto acontece formaría parte “del-curso-natural-de-las-cosas”, ¿qué os parece…? En fin, sigamos con lo nuestro.
La semana pasada me comprometí a presentaros una especie de “careo” (fue la expresión que usé) entre el determinismo y los dos tipos de libertades que, desde un punto de vista “académico” podemos atribuirnos: las innatas y las adquiridas. Vayamos primero con estas dos y luego nos meteremos de lleno con aquél.
-Las libertades innatas estarían catalogadas como NECESARIAS, por cuanto el hombre las posee como resultado inevitable de su misma condición; no se puede ser hombre y no tenerlas. Se suele admitir que hay TRES, y las describieremos ahora mismo: Libertad Trascendental del Entendimiento, consistente en que el conjunto de entes a los que podemos acceder mediante la inteligencia es ilimitado;sería trascendental porque gracias a ella no estamos constreñidos a un ente concreto o a un tipo de entes determinados y además, nos permitiría descondicionarnos de nuestra realidad biopsíquica. La Libertad Trascendental de la Voluntad sería aquella que nos permite acceder a un número ilimitado de bienes concretos, siendo trascendental, como la anterior, por su proyección hacia lo universal. Libertad de Arbitrio o de Elección sería la tercera entre las innatas y en líneas muy generales (simplificando) consistiría en tener capacidad de opción (especialmente sobre cuestiones propias de la ética y daos cuenta de que digo “ética” y no “moral”, ¡ojo!) más allá de cualquier determinismo o coacción, gracias precisamente a la inteligencia y a la voluntad.
-Las libertades adquiridas, por su parte, no serían “necesarias” sino CONTINGENTES, es decir, que se podrían lograr o no una vez que se dan las innatas. Serían DOS. Vamos pues con ellas: La Libertad Moral (y fijaos en que ahora he escrito “moral” y no “ética” como antes, detalle importantísimo) es una forma de autodominio que consiste en obedecer la ley que uno mismo se prescribe después de haber reflexionado acerca de las opciones que se le presentan a la hora de obrar o actuar; ya habréis adivinado que, lógicamente, su punto de partida sería el libre albedrío o arbitrio al que nos hemos referido más arriba. La Libertad Política (madre de todos los corderos contemporáneos) es la que nos trae más de cabeza y podríamos afirmar que “por la calle de la amargura”. Verdaderamente explicar en qué consiste es algo muy sencillo… pero solo en el plano puramente teórico, dado que solemos asociar “libertad” con DEMOCRACIA… y como sabemos, eso de la “democracia” acostumbra a manifestarse recubierto de espinosos matices. En líneas generales, admitimos que los humanos somos fundamentalmente sociales… que no estamos solos, vaya; para que esa libertad política se dé genuinamente, solemos aceptar también que en ese entramado social todos los individuos tendríamos que ser iguales. Tomando en consideración esto último nadie podría dominar a sus semejantes y, por tanto, cada uno de nosotros solamente estaría sometido a su voluntad individual. ¡Qué fácil!,¿no…? Sin embargo, teniendo en cuenta la experiencia con respecto a vivir en sociedad, se admite para ésta la necesidad de la imposición de un cierto orden por parte de alguna instancia externa que ostentaría la AUTORIDAD… ¡y esto se opone directamente a la libertad política tal y como había quedado definida!. De ahí el tremebundo, ancestral (y aún pendiente) dilema-juego-disyuntivo (con guiones, por no escribirlo todo junto) entre la libertad política del ciudadano y la capacidad coactiva de las instancias sociales. Y la cosa se complica todavía más si concebimos los Estados (países, naciones…) como entes individuales; para entendernos: donde pone Úrsula leed Ucrania y donde pone Ruperto leed Rusia… ¿Veis ya por dónde voy? Vale, pues ahora se me ocurre una preguntita: ¿Cuál sería en ESTE caso esa “instancia externa” que ejercería u ostentaría esa “autoridad”? Mucho me temo, y perdonad la expresión, que lo tendíamos más jodido que el zapatero de Tarzán para dar una respuesta satisfactoria. ¿Esto abriría debate? Pues yo creo que sí.
-Vamos ahora, si os parece, con la NEGACIÓN de la libertad, es decir, los (sí, en plural) DETERMINISMOS. Dejando al margen (al menos de momento) la cuestión de si el mundo está físicamente determinado o no, vamos a ceñirnos a los determinismos en tanto que doctrinas según las cuales el ser humano no es libre de ninguna manera. El primero que citaremos será el Determinismo Teológico (esgrimido, entre otros, por Calvino); niega el libre arbitrio pues Dios, en tanto que omnisciente, todo lo sabe incluyendo el futuro que, obviamente, estaría ya escrito; igualmente niega la libertad moral por mor de la omnipotencia divina, pues siendo así que Dios todo lo puede el hombre no poseería (en rigor) señorío sobre su propio obrar; y no se queda ahí la cosa sino que, debido a su omnisciencia, Dios también sabría cómo va a actuar cada sujeto aun antes de que dicho individuo se vea en la disyuntiva de obrar de un modo u otro. El Determinismo Fatalista, por su parte, postula una fuerza impersonal (Hado, Destino…) que gobierna los acontecimientos del mundo tanto como el obrar humano (esta sería la postura de los Estoicos, del Horóscopo, de algunas “mancias” etc.) Por último tendríamos el Determinismo Psicológico (algunos de cuyos principales adeptos serían Leibniz y Wundt) que sostiene que son los motivos (¿motivaciones?) y no las razones los que determinan nuestras elecciones. Pensemos en ello con más detenimiento: ¿Qué sucedería si nuestras motivaciones fueran el miedo, la desconfianza, los apetitos, el mesianismo, la codicia, la soberbia…?¿A qué conclusiones llegaríamos, sabiendo que estas motivaciones son tan poderosas, si nos ubicamos en la escala de las relaciones internacionales…?
Ahora ya no queda más remedio que meternos de lleno en el “careo” antes aludido. Y lo podemos (lo podríais) enfocar de varias maneras, pero a mí se me ocurre una así, “a bote-pronto”: ¿Qué pasa cuando alguien actúa directamente sobre las llamadas LIBERTADES INNATAS y se apropia de su trasecendentalidad, es decir, se arroga la decisión de cuándo y cómo son CONDICIÓN DE POSIBILIDAD? Sabiendo que esas libertades innatas (así llamadas) no son inmunes a la manipulación, debido precisamente a que tanto la inteligencia como la voluntad son manipulables… ¡la coacción sería virtualmente innecesaria para que un tirano se convirtiera en dueño y señor de todo un país! (el autócrata de turno podría guardarse la baza de la coacción para cuando más falta le hiciera). Peligroso… ¿no os parece?. Desde esta perspectiva el determinismo estaría, al menos a día de hoy, a puntito de ganarle la partida a la libertad… a menos que nos sobrepongamos a la manipulación, a menos que consigamos que las informaciones sean eso precisamente: informaciones y no deformaciones de la realidad. Como decimos en Aragón: ¡TENEMOS FAENA!
Con cariño (y alguna esperanza todavía)
TXESKO C.
EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD (II)