Libertad… “Qué gran palabra para el preso, carcelero: tú nunca podrás gozarla”, nos decían las chicas y chicos de Jarcha hace ya tantos años. Gran palabra, sí, en efecto; posiblemente la más usada, manipulada, viciada, sobada, manchada, escupida, violada, robada… me siguen asaltando los participios negativos por doquier, y ya lo siento ¿qué queréis que os diga?. Si hay algo con lo que se ha hecho la peor de las hermenéuticas ese algo es la LIBERTAD. Y si no, daos una vueltecita por Madrid sin ir más lejos y luego me lo contáis. Supongo que quienes estáis leyéndome ahora no podréis evitar torcer el gesto ante la frase que concluía justamente en el punto que hace de frontera con esta que acabaré de redactar… ¡justo ahora!: “¿Nos vas a hablar, Txesko, de Madrid, con la que esá cayendo…o mejor dicho, con LAS que ESTÁN cayendo en esta bola redonda llamada Tierra…?”. Pues no, pongamos que no os hablo de Madrid, sino que solo lo menciono; pues son tantos y tan terribles los puntos del planeta y los momentos en que la libertad corre peligro… o son tantos aquéllos en los que directamente ni está ni se la espera… Y ya que esta introducción me ha salido algo así como “de citas”, pues citemos: Ucrania, Rusia, Yemen, Somalia, México, Arabia Saudí, Corea del Norte [“¡No te olvides de ninguno!”… ya (excus-cus-cus-cusas) pero si continúo con la lista de países, regiones, comarcas y estados… entre todos se me comen el artículo]. Casi mejor si empiezo de nuevo:
¿Qué es la libertad?¿Cuántos y cuáles son los matices que acotan el significado de esta palabra, al parecer, tan importante?¿Qué peligros acechan a la libertad?¿Por qué es tan peligrosa la libertad? Y en definitiva: ¿Qué quiere decir, apreciada y paciente lectora o lector, PARA TI la palabra LIBERTAD?¿Consideras que eres LIBRE?¿Por qué sí, o por qué no?¿Qué se necesita para ser genuinamente libre? Bueno, ahora sí; ya tenemos una introducción para el tema, seguramente, más adecuada. Volvamos por tanto al título, “EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD”. Voy a intentar abordarlo desde él ámbito de la reflexión filosófica intentando que no resulte árido ni abstruso. Vamos pues con la primera parte de la serie, a ver qué tal.
Dejando a un lado, aunque no sea fácil, consideraciones de tipo religioso o metafísico (las cuales podrían derivar un discursos de afirmación sobre una hipotética libertad objetiva) el modo más adecuado de tratar la libertad como problema es circunscribirla a nosotros mismos, los humanos, radicándola en nuestra subjetividad, en nuestra peculiar naturaleza, en tanto que atributo “propiamente nuestro”. Desde esta perspectiva cabe hacer una diferenciación, metodológica en el fondo, para tratar de establecer el fundamento de esa “cosa” que llamamos libertad y sobre la cual rara vez nos ponemos de acuerdo:
-Incardinar la libertad en la razón. Así, seríamos libres en tanto que seres racionales y en cuanto que actuamos como tales. Si damos como buena esta premisa todos los hombres y mujeres vamos a ser libres por definición; aunque eso sí, únicamente el “sabio” sería EMINENTEMENTE libre. Obviamente, una dimensión de dicha racionalidad ha de ser la capacidad de elegir; y a partir de ella podemos abordar este atributo de la libertad, pues si el sujeto elige realmente es porque es capaz de sobreponerse a las determinaciones biológicas, psicológicas y sociales de su condición humana. Admitido esto como condición sine-qua-non, el acto de elegir propiamente dicho, la libertad, va más allá del mero concepto filosófico y se torna realidad empírica. Obviamente parece razonable poner algún límite a cuanto acabamos de decir, pues si nada es absoluto en lo que al ser humano se refiere, tampoco lo sería esa capacidad de elegir (aunque no está de más puntualizar que el existencialismo, por ejemplo, no lo ve así). En cualquier caso esa capacidad de elegir sí sería (de suyo) lo bastante poderosa como para que los humanos, aun condicionados, no estemos determinados y seamos “más o menos” libres, es decir, “en parte”.
-Fundamentar la libertad basándonos en la moral (teniendo en cuenta, claro está, que esto no excluiría a la razón como fundamento asociado). Un argumento “clásico” para reivindicar que la libertad es posible sería la existencia de la responsabilidad moral: todo hijo de vecino (deterministas incluidos) admite que el ser humano es moralmente responsable de sus actos si y solo si es también libre (a una persona que actúa compulsivamente, de manera enajenada, no se la considera libre, y por tanto no se le van a exigir responsabilidades). Dado que lo normal es aceptar la existencia de tal responsabilidad al actuar, podemos llegar legítimamente a la conclusión de que el hombre es libre precisamente por eso. Eso sí: ahora resulta indispensablemente oportuno dejar claro que la ausencia de esa responsabilidad moral implicaría ne-ce-sa-ria-men-te que el hombre NUNCA PODRÍA ser libre. No obstante, ese vínculo entre ambas cosas, aun existiendo, debe ser matizado… Incluso suponiendo que se diese realmente el determinismo nadie abogaría por una anulación universal de la responsabilidad moral; y esto demuestra, digámoslo ya, que responsabilidad moral y libertad están en dos planos distintos (en el sentido de que no deben ser amalgamados a la hora de identificarlos) aunque no separados.
Para ir concluyendo con esta primera entrega, digamos que estaríamos en condiciones de afirmar algo que tal vez ahora nos parecerá harto evidente: fundamentar la libertad en la naturaleza humana implica que el negarla supondría negar simultáneamente al ser humano en cuanto tal (dejo a vuestra elección si ese “implica” tendría un valor puramente lógico o también ontológico). Por otra parte quienes rechazan cualquier tipo de fundamentación metafísica del ser humano, pero lo tienen por libre, sostienen que la libertad se produce, y no simplemente se manifiesta, en el obrar humano; según este planteamiento la libertad sería una mera propiedad del obrar. Por otro lado, y sin menoscabo de todo cuanto ha quedado escrito en estas líneas, tampoco podemos obviar que, si se acepta que el hombre por su naturaleza está constitutivamente orientado a los demás, se concluye que la libertad ha de poseer una dimensión social esencial sí o sí; tanto si fundamentamos la libertad en la razón como si lo hacemos en la moral el contexto que le es más propio a la libertad sería, por antonomasia, la sociedad. Así pues, llegamos al final de este artículo con una pregunta abrumadora: teniendo como punto de referencia la libertad, ¿qué tipo de sociedad tenemos? Tomaos vuestro tiempo para tratar de responder, por favor.
Bien, pues hasta aquí la primera parte de la serie. En una próxima intervención nos centraremos en las llamadas “libertades innatas” y las denominadas “libertades adquiridas” del ser humano e intentaremos hacer algo así como un “careo” entre ambas modalidades de libertad y la negación de las mismas, es decir: el determinismo.
Con cariño, como siempre, y con la única pretensión de invitar a la reflexión.
TXESKO C.
EL PROBLEMA LA LIBERTAD (I)