APUNTES PARA UNA MEJOR COMPRENSION DE LA CIENCIA (TERCERA PARTE)

En los dos capítulos anteriores nos hemos ocupado de explicar sucintamente los problemas y límites que subyacen y afectan al quehacer científico en lo que respecta a las ciencias empíricas (o “naturales” si preferís) y a sus inseparables compañeras las ciencias formales, particularmente las matemáticas. ¿Pero qué sucede con las ciencias humanas y, afinando un poquito más, con las ciencias sociales?

Vamos a tomar como punto de partida la llamada “DISPUTA DEL POSITIVISMO” (1961) en torno al método científico y las ciencias sociales, que enfrentó al Racionalismo Crítico de Popper y sus seguidores con la Escuela de Frankfurt (en lo sucesivo EdF). Popper acabó defendiendo la unidad del método científico (hipotético-deductivo) y que este sería aplicable tanto a las ciencias naturales como a las sociales. Este método único consistiría en: A) Planteamiento de hipótesis; B) su falsación: es decir, su contrastación con los hechos. Las hipótesis no corroboradas al modo falsacionista serían desechadas como no científicas.

Adorno, de la EdF e influido por Nietzsche, rechazó esta traslación del método propio de las ciencias naturales a la sociología, porque para él el objeto de ésta -la sociedad- tiene características que lo distiguen nítidamente de los objetos propios de las ciencias naturales: la sociedad es una totalidad que debemos captar como tal y que resulta ser contradictoria, pues es racional e irracional al mismo tiempo. Lo que importa primariamente de ella no es tanto lo verdadero como lo bueno y lo justo. Su estudio no se limita a conocerla (como hacen las ciencias naturales con sus objetos): busca transformarla, pues no olvidemos que en la EdF hay una clara orientación marxiana (de ahí que Adorno acuse a Popper de una actitud reaccionaria y resignada: no se atreve a pensar la sociedad en profundidad, porque no cree poder transformarla). Para Adorno, el método de la sociología debería impregnarse de estas características (para lo cual debe adoptar un formato dialéctico) porque si no sería heterogéneo con respecto a su objeto de estudio (él mismo afirmó que: “Así como sea el objeto, así será el método”).

A esto Popper respondió que ese método propugnado por la EdF es científicamente irrelevante porque: A) no es falsable, pues no está sujeto a la experiencia y B) es inútil: o es tautológico, o tan omniexplicativo que no explica nada. Aquí subyace la crítica popperiana al holismo historicista de la EdF, pues para él las teorías científicas sólo pueden tratar aspectos concretos y delimitados de la realidad, aspectos que además son infinitos. Por eso el holismo deviene en un peligroso utopismo o, en el peor de los casos, se encamina al totalitarismo. Y dado que los historicistas modernos (como los frankfurtianos) creen que su explicación es la verdadera y definitiva, Popper los acusa de ser, paradójicamente, reaccionarios, conservadores e inconscientes: debajo de su creencia de que el cambio puede ser previsto estaría su intento de compensar así la pérdida de la inmutabilidad del mundo descubierta en los tiempos modernos.

Esta disputa continuó con las objeciones que HABERMAS (discípulo de Adorno) hizo al “DECISIONISMO” de Albert (alumno de Popper), quien a su vez había planteado una crítica a toda posible fundamentación del conocimiento científico, expuesta en su célebre “trilema de Münchausen”; resumiendo, su tesis era que a lo más que podemos llegar es a señalar un punto de partida en el conocimiento por medio de una “decisión” (que realmente no sería más que un “acto de fe” y por lo tanto irracional.)

La Modernidad se caracterizó por la racionalización de la existencia, hasta el punto de divinizar a la RAZÓN durante la Revolución Francesa y aunque hubo disidentes (Goya nos dice en su Capricho 43 de que “el sueño de la razón produce monstruos”) fueron los menos. En honor a la verdad debemos reconocer que la Modernidad fue purgando la confianza ingenua y absoluta que los primeros ilustrados depositaron en la razón. De ahí los que Ricoeur llamó “filósofos de la sospecha”: Nietzsche, Marx, Freud. Pero estos (salvo Nietzsche) seguían creyendo en las posibilidades de la razón y, por ello, querían librarla de elementos perturbadores. Pero desde finales del XX, con la Posmodernidad, el hombre ha ido colocado el SENTIMIENTO por encima de la razón. Se es tan consciente de las miserias de la razón que se desconfía de ella y se da una clara oscilación hacia la sensibilidad y la subjetividad. Esto se evidencia en el ámbito de la literatura, y así Milan Kundera comentaba: “Pienso, luego existo es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento, luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general”.

El rechazo de la razón se hace especialmente significativo en lo que se refiere a sus frutos más acabados y maduros: las grandes TEORÍAS y SISTEMAS. Y es que se cree que el sujeto (finito y condicionado) no tiene la capacidad de establecer lo absoluto e incondicionado. Los posmodernos rechazan los grandes discursos de la Modernidad de dos maneras: sin refutarlos, porque ello supondría tomarse en serio a la razón (simplemente se mantiene la indiferencia ante ellos); o refutándolos mediante la técnica de “deconstrucción” propuesta por Jacques Derrida, que es la expresión metodológica de la creencia posmoderna de que todo discurso que fija verdades es imposible por inconsistente.

Si la VERDAD no es objetiva y como el “ser” es “lo que acontece” no hay esencias ni hechos objetivos u objetivables; lo que hay son “eventos” (si es que los hay…). Al no ser objetivos ni objetivables, no son cognoscibles objetivamente. Luego todo lo que hay está sujeto a interpretación: de ahí la importancia en la Posmodernidad de la HERMENÉUTICA. Hemos pasado, pues, de las Eras de la Fe y la Razón a la de la “Interpretación”. En otro sentido, hemos pasado de la predominancia de la razón pura a la de la razón práctica. Así Lyotard niega que pueda existir un meta-relato sobre el mundo como totalidad que consista en la descripción de una estructura objetiva del ser… que no existe; por eso cada relato sería un mero PARADIGMA inconmensurable con los demás: ninguno de ellos (ni siquiera Occidente) sería objetivo y absoluto. Como la verdad es “lo que acontece”, y como acontecen diferentes paradigmas, la consecuencia subsiguiente es el RELATIVISMO. Este relativismo implica la necesidad de la convivencia con los demás paradigmas: con TODOS ELLOS. Y así, partiendo desde la hermenéutica posmoderna, nos adentramos ya en nuestro siglo XXI.

La hermenéutica habría surgido en los primeros años del XIX con Schleiermacher; pero el “pensador-referencia” en lo que a la hermenéutica posmoderna se refiere es Hans-Georg Gadamer (1900-2002). Para este, en esencia, los prejuicios y la tradición hacen posible la comprensión adecuada de nuestro pasado y, subsiguientemente, de nosotros mismos. Es por eso que cualquier actividad gnoseológica y muy especialmente las ciencias humanas deben contar necesariamente con los prejuicios (entendiendo este término desde su más estricta etimología). Sin embargo esto choca frontalmente con el ideal ilustrado, recuperado en cierto sentido por la EdF, de que las interpretaciones y los conocimientos queden libres de prejuicios. En nuestros días, HABERMAS rechaza los puntos de partida de la hermeneútica de Gadamer (prejuicios y tradición) porque distorsionan cualquier interpretación e imposibilitan el conocimiento verdadero. Habermas intenta descubrir los intereses que subyacen a los discursos de las ciencias sociales, porque constituyen las dependencias que menoscaban su autonomía. Resumiendo, la “Teoría Crítica” de Habermas trata de evitar que la crítica de las ideologías pierda objetividad a causa de los prejuicios; por eso es una “meta-hermeneútica”, dado que intenta hallar los prejuicios (camuflados) del sujeto.

Bien… y después de este largo periplo (espero que fecundo) por el proceloso mar del quehacer científico en su triple dimensión (empírica, formal y humanística) ¿A qué conclusiones podríamos llegar? A mí se me ocurren algunas:
-La ciencia no suele poder escapar de las ideologías; no es aséptica ni neutral.
-En torno a la ciencia hay también mitos y prejuicios.
-Lo que hace avanzar a la actividad científica tiene mucho que ver con los consensos y los disensos.
-La noción de progreso lleva décadas en entredicho y cuestionada por culpa de determinados intereses.
-La clave del único progreso posible radica (siguiendo ahora a Habermas) en las dinámicas dialógicas.
-La actividad científica, para bien o para mal, no está libre de fe ni de creencia.
-Ni el ser humano ni lo que este hace (ya sea ciencia u otra cosa) pueden aspirar a la omnipotencia.
-Igualmente, nosotros, con nuestra actividad gnoseológica, tampoco podemos aspirar a la omnisciencia.
-La ciencia está abocada a compartir la realidad con otros paradigmas, incluyendo el religioso.

…y ya para terminar, una exhortación: ¡Confiad en la ciencia pero no la mitifiquéis, confiad en nuestro deseo y en nuestra capacidad de conocer!. No me resisto a reproducir aquí el epitafio de ese gran matemático que fue David Hilbert… grande pese a que no se pudiera llevar a cabo su ilusionante programa: “DEBEMOS CONOCER, CONOCEREMOS” (“Wir müssen wissen, wir werden wissen”)

TXESKO C.

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