El artículo anterior nos había dejado en el fracaso del verificacionismo neopositivista. Veamos qué sucedió después. Os anticipo que daremos un “saltito” hacia adelante hasta llegar a los años 70 del siglo XX y que luego volveremos a retroceder para ocuparnos brevemente de la matemática, es decir: navegaremos primero con las ciencias empíricas y luego tomaremos como compañeras de viaje a las ciencias formales. Dejaremos las ciencias humanas para el tercer capítulo de esta serie.
De la crisis verificacionista se pasó al “FALSACIONISMO” de Karl R. Popper (“La lógica de la investigación científica”, 1934). Veamos: a grandes rasgos, como resulta imposible demostrar empíricamente que una teoría científica es verdadera, propone que la metodología recorra el camino contrario: intentar probar que es falsa hallando algún hecho que la refute. A esto lo llama “FALSACIÓN” (en el fondo, una expresión de la ley lógica modus tollendo tollens: Hipótesis→Observación, ¬O / ¬H). Es más: una teoría científica podrá considerarse como tal sólo si es “falsable”, es decir, si divide sin ambigüedad todos los posibles enunciados en dos subclases: aquellos con los que no es compatible (y que serían sus falsificadores potenciales), y aquellos con los que sí, siendo ambas no-vacías. Además, la objetividad de una teoría radicaría en esta falsabilidad. Por cierto, Popper no habla de “verdad”, sino de “verosimilitud” o aproximación asintótica a la verdad. Aquí subyace la distinción kantiana entre nuestro conocimiento de la cosa y la cosa-en-sí; la verificación neopositivista suponía la identificación de ambos, algo que él rechaza. Así pues para Popper no existen teorías definitivamente verdaderas, sino teorías consideradas como provisionalmente verdaderas (pues aún no han sido refutadas). La conclusión de Popper es que la ciencia no puede alcanzar la verdad, luego no es “epistéme”, sino “dóxa no refutada”. Y aún va más lejos afirmando que: “Nosotros no sabemos, sólo adivinamos”. Y ese adivinar tiene como punto de apoyo una fe (por cierto, metafísica) en que existen leyes que no podremos desvelar. Así que al “optimismo epistemológico” de los neopositivistas Popper responde con un cierto escepticismo; y sin ser irracionalista puede ser considerado como el antecedente de los epistemólogos irracionalistas contemporáneos. En CONCLUSIÓN: no existe un método científico válido para toda época de la historia de la ciencia.
Cuanto hemos dicho hasta ahora dio origen, en los 70, a un “giro historicista” que obligó a modificar la práctica totalidad de la imagen de la ciencia que había venido ofreciendo la CH, lo cual transformó la filosofía de la ciencia o, lo que es casi lo mismo, modificó la descripción de la actividad científica.
Ese giro historicista tuvo como autor más representativo e influyente a Thomas S. Kuhn, quien en realidad ya se anticipó al mencionado giro en epistemología a partir de los años 60 (“La estructura de las revoluciones científicas” -1962-). Para él la ciencia no es aséptica respecto de la cultura (dentro de la cual se desarrolla, pues ambas constituyen un sistema); en su formación intervienen elementos que podemos calificar como “irracionales” (tales como lo sociológico o lo psicológico) de los que no puede prescindir y sin los que el conocimiento científico resultaría imposible de entender.
Sería sin embargo Paul Feyerabend quien llevaría este nuevo sesgo hasta su límite, con lo que logró señalar todos los elementos irracionales inmersos en la praxis científica. En su obra “Contra el método” (1974) expone su teoría del “ANARQUISMO EPISTEMOLÓGICO” según la cual la ciencia tiene un carácter esencialmente “IRRACIONAL” -y concretamente anarquista- porque no puede reducirse a un simple conjunto de conclusiones derivadas de un método rígido. La idea de un método inflexible para la ciencia es muy ingenua respecto de la realidad del hombre y la sociedad, y además resulta incompatible con su propia historia: los métodos rígidos no sólo han sido violados innumerables veces, sino que en determinados momentos ha resultado positivo ignorarlos y adoptar otros distintos. Para Feyerabend la ciencia no sigue un método “fijo”, sino que surge de la pluralidad metodológica (ahí está la “anarquía”). Pero esta afirmación no es una alternativa epistemológica que proponga para la ciencia sino que, según él, es una mera descripción de ella. Y requiere para su estudio de un ENFOQUE HISTÓRICO que explicite la enorme riqueza que posee. Propone unas “contrarreglas” para la praxis científica consistentes, esencialmente, en introducir hipótesis incompatibles con las teorías establecidas (una especie de “contrainducción”) por dos motivos, siendo el primero de ellos que pueden hacer aflorar hechos fundamentales por su potencial refutador de las teorías vigentes, que de otro modo permanecerían ocultos; y el segundo que pueden impedir que las teorías imperantes desborden sus límites para cristalizar en rígidas ideologías, lo cual ha de ser evitado a toda costa. Feyerabend está convencido de que no son los hechos los que configuran las teorías, sino que viene a ser al contrario. Por eso, un científico responsable habrá de contrastar su teoría no sólo con los hechos, sino también con las restantes teorías. Todo esto desemboca en la ya referida (ver la primera parte de esta serie) negación de la diferenciación entre contexto de descubrimiento y de justificación. Así las cosas, para Feyerabend no se puede separar nítidamente la ciencia de su historia ni de su filosofía, como tampoco se puede idealizar la praxis científica afirmando que consta de dos fases reales y sucesivas.
Y mientras tanto ¿Qué problemas habrían surgido en el campo de la matemática? Hasta la segunda mitad del XIX esta ciencia formal, soporte de las ciencias experimentales, había tenido una evolución lineal y constante, mantenía una concepción de la verdad clara, y conservaba el anhelo de Llul, Leibniz, Hilbert y otros de alcanzar un algoritmo universal para el descubrimiento y comprobación de todo. Fue este último con su célebre programa quien quiso dar el espaldarazo definitivo al viejo proyecto. En los años 20, tras algunos éxitos iniciales, se pensó que este programa podría llegar a realizarse. Pero Gödel demostró en 1931 la imposibilidad de la completitud y la consistencia simultánea de cualquier SFA (Sistema Formal Axiomático) mediante dos teoremas que, como podéis suponer nominó como de incompletitud y de inconsistencia respectivamente. No voy a entrar en detalles para no extenderme demasiado (hay muchísima información al respecto y podríais comprobar fácilmente que no me invento nada) y me limitaré a mencionar las consecuencias, no solo de los hallazgos de Gödel, sino también la influencia que tuvieron las paradojas que se habían ido descubriendo en paralelo. Estas consecuencias serían que, para empezar, existen limitaciones lógicas intrínsecas a todo cálculo; y para continuar que cualquier SFA consistente, en cuyo interior se quiera desarrollar la lógica o la matemática, contiene proposiciones indecidibles siendo una de ellas, precisamente, la que afirma que el sistema es consistente… ¡¡¡lo cual implicaría que la demostración de su consistencia debería apoyarse en algo fuera del sistema!!! Puede afirmarse por tanto que se ha de renunciar (al menos de momento) a alcanzar los fundamentos primeros de la matemática y el significado último de su verdad debido a los PROBLEMAS que afectan a esta ciencia formal. Veamos esto en el párrafo siguiente:
Aunque se han resuelto las paradojas (ciertamente no en el sentido esperado) no se han podido eliminar. Hay discrepancia sobre los axiomas que han de seleccionarse (v.g., hay libertad de aceptar o no el “axioma de elección”, y la “hipótesis del continuo”). De las diferentes elecciones surgen matemáticas distintas. Existen diferentes concepciones sobre los métodos de demostración, por lo que no se puede señalar uno objetivo y perfecto. La concepción de la matemática como “conjunto de estructuras”, cada una de las cuales estaría basada en sus propios axiomas, es incapaz de abarcar todo cuando supuestamente debe abarcar la matemática. Os recuerdo que las matemáticas actuales se basan en la “teoría de conjuntos” (con la reciente alternativa de la “teoría de las categorías”, más compleja). No obstante la teoría de conjuntos, al estar desarrollada sobre un “lenguaje de primer orden”, se encuentra fundamentada en un SFA por lo cual dado que, como sabemos desde Gödel, ese SFA no puede ser consistente existe una falta de fundamentación en las matemáticas. Teniendo en cuenta que dicho SFA es algo que habría de venir después de la teoría de conjuntos (es menos intuitivo que ella) también hay una circularidad de fondo en las matemáticas. La buena noticia es que esto no afecta esencialmente al quehacer matemático. En cualquier caso no debemos olvidar lo que dijo Einstein: “Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas; y en cuanto son ciertas, no tienen que ver con la realidad”. Pensemos que sólo existe certeza respecto a la consistencia interna de una teoría; pero no puede existir esa certeza con respecto a que ésta se refiera al mundo… En otras palabras: no podemos estar seguros de que una teoría, que es la mera descripción de una estructura, asimismo describa la realidad. Es eso en lo que hemos avanzado respecto a Platón: ahora sabemos que las estructuras no son la verdadera realidad (o “no te comas el impreso con la carta y el menú…”).
Ya termino. Solo nos quedaría apuntalar algo muy simple: que las ciencias formales son el soporte lingüístico de las ciencias naturales y/o experimentales. Hemos visto los problemas que aquejan a ambas y se trata de asuntos que en el fondo comparten. ¿Qué tenemos? pues una clara invitación a darnos un baño de realidad, a ser cautelosos y a evitar cualquier triunfalismo porque somos (y me temo que seguiremos siéndolo) limitados y falibles. En el siguiente y espero que último capítulo, abordaremos la problemática propia de las llamadas “ciencias humanas” e intentaremos esbozar algunas conclusiones finales.
TXESKO C.
APUNTES PARA UNA MEJOR COMPRENSIÓN DE LA CIENCIA (SEGUNDA PARTE)