IN MEMORIAM

Teniendo en cuenta estas fechas, en las que nuestros deseos de felicidad para nuestras critaturitas han crecido exponencialmente, quizá no sea el momento más adecuado para reflexionar sobre la muerte… Pero en lo que a mí respecta considero que puede ser tan bueno como cualquiera si dicha reflexión nos sirve para reconciliarnos con el amor por la vida y el nexo que tiene con el transcurso de la misma y su (por otra parte inevitable) final. Me estoy recuperando de un duro golpe y quería compartir esta recuperación con vosotras, con vosotros. El día de año nuevo se fue mi madre. Y se fue despacito, sin alboroto y sin ruido… también sé que emprendió ese último viaje sin dolor, sin sufrimiento. Tenemos grandes profesionales capaces de hacernos más fácil ese tránsito. Dicho esto, hablemos entonces del amor, de la vida, de la muerte… y también del beso.

El amor es la bisagra que articula la vida y la muerte tal y como haría ese pequeño artilugio con una puerta y su marco; es lo que las pone en contacto y es lo que nos puede ayudar a soportar las más duras preguntas… aquellas que carecen (por naturaleza) de una respuesta convincente, de una respuesta que nos aporte templanza, que nos permita comprender. La muerte es la amenaza y su guardia de corps la constituyen el dolor y el sufrimiento.

Para algunas culturas la muerte es un tránsito hacia otro plano vital del que nada se sabe… o hacia una esperanza no exenta de crisis, de incertidumbre, de vértigo. Y la vida por su parte, es ese gran regalo que difícilmente somos capaces de apreciar en su justa medida seguramente por nuestra propia incapacidad para medir, o acaso por nuestro absurdo empeño precisamente en medir lo que, por definición emocional (no racional) es inconmensurable.

La reflexión sobre la vida y la muerte, en tanto que correlatos, es recurrente en filosofía. Haciendo memoria se me ocurren varias frases afortunadas que enunciaron grandes pensadores y pensadoras sobre el hecho de vivir. Pero si tuviera que quedarme con una elegiría la que Ludwig Wittgenstein pronunció en el momento de su muerte: “Dígales que tuve una vida maravillosa”. El genio vienés vivió, en efecto con una intensidad inusitada; no me voy a detener ahora en su biografía, pero no me resistiré a sugeriros que le echéis una mirada porque fue apasionante. De Wittgenstein he aprendido unas cuantas cosas; pero de todas ellas me quedo con una enseñanza: cada vez estoy más convencido de que debemos saborear cada instante como si fuera el último.

Por otra parte, desde la perspectiva existencialista si hay algo que caracteriza al ser humano es la capacidad de saber, con plena e implacable consciencia, que ya cuando nace es lo bastante viejo para morir. Cada día que pasa, cada minuto, cada segundo, cada instante… somos lo bastante viejos para morir…¡¡¡y lo sabemos!!! Esto, en mi opinión, lejos de ser una llamada al pesimismo es (muy al contrario) el trampolín para dar el salto hacia una magnífica oportunidad: regalarnos a nosotros mismos el vivir siendo conscientes de que lo hacemos.

Ahora me vais a permitir que le atice un golpe de tuerca a esta reflexión para compartir con toda esa buena gente que sois una cosita más; una cosa pequeñita que, sin embargo, para mí resulta ser de la mayor importancia: Si la vida es acción quiero precisamente seleccionar un acto al cual considero el Evento-Por-Excelencia. Lo pongo con mayúsculas: EL BESO.

En el momento de la muerte un beso es la máxima expresión de lo metafísico; porque la verdadera vocación, no ya del pensar en cuanto tal, sino incluso de la mismísima metafísica, es buscar el sentido y la estructura de lo real, construir preguntas, aun a costa de la razón. El beso, como reflejo de lo inexplicable, es la concentración atemporal de todo sentido y de toda estructura vital: es sencillamente inefable pero sentiente: el beso es la textura del amor y, como tal, imprime en la muerte el sello de la vida. Así, el primer beso que di a la primera mujer a quien amé, me dio la vida… otra dimensión de la vida. El beso sobre la fría frente de mi madre muerta fue el último beso a quien me regaló la posibilidad de que esa otra dimensión de la vida se hiciera realidad; asi pues, otra vez y las veces que haga falta “mayusculizar” el evento: ¡EL BESO!

Vale, pero… ¿Y la muerte entonces…?¿la muerte después del beso…? En cuanto a mí, reconozco que todavía estoy aprendiendo a morir, que todavía estoy aprendiendo a aceptar la muerte ajena y que me cuesta renunciar a la negación de lo inevitable… al menos sí parece que he aprendido a vivir… bueno, también he aprendido otra cosa: morir es algo natural que no aceptamos porque nos empeñamos permanentemente (estúpidamente quizá) en ir más allá de la naturaleza. Tendemos, efectivamente, no afrontar la muerte como lo que es; incluso la llegamos a tomar como si de una puerta de escape se tratara, como si fuera un procedimiento de huida. No quisiera dar a entender que estoy rechazando el suicidio (por ejemplo) y menos aún el derecho a una muerte digna; sería más bien todo lo contrario a esto. Si vivir comporta un aprendizaje, con el morir ocurre exactamente lo mismo… y, con el corazón en la mano, no sabría deciros cuál de estos aprendizajes me parece más difícil; en serio; además van tan ligados el uno al otro…

Por mucho que nos empeñemos la muerte no es una escapatoria. Entended por qué digo esto, os lo ruego: cuando alguien escapa de algo tiene la intención de ponerse a buen recaudo, de ponerse “a salvo”, por así decirlo… ¿De qué nos pone a salvo la muerte, si en verdad no sabemos hacia dónde nos lleva?. Además… ¿de qué queremos escapar?¿de nosotros mismos? La muerte, que sepamos, pone fin a la vida y esto es de perogrullo… pero entre ese “poner-fin” y ese “escapar-de” hay matices que desigualan ambas concepciones sobre “el dejar de estar en esta vida”. “La muerte conduce a la nada”, diríamos quizá, y demasiado a la ligera puesto que eso tampoco lo sabemos. Vivimos en la “creencia-de” (Ortega diría que “las creencias las somos”). Habrá, en contraste, quien asegure que tras el momento de la muerte nuestro espíritu viaja a otro plano de existencia… pero os confieso una cosa (otra más): en realidad me da igual. Mientras tanto, que la vida nos sea fecunda y que la tierra nos sea leve cuando llegue el momento… ¡Y, ah…! ante todo…

¡UN BESO!

Para Mary Cabrera Alonso, mi madre (in memoriam)

TXESKO C.

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