Muchas veces me he parado a reflexionar sobre la empatía, una palabra en nuestro diccionario que incluso fonéticamente me maravilla. Es una palabra preciosa. Es esa característica tan humana y a la vez tan difícil de poseer o fomentar por parte de nuestra especie. Sinceramente creo que es una de las más apreciables atribuciones del ser humano y precisamente, una de las que nos define como género Homo. La empatía es algo vital para llevar a cabo nuestra vida social y la vida social está indisolublemente ligada a nuestra existencia.
Poder ponerte en el lugar del otro como si fueses tú mismo, como tu igual y comprender así sus problemas, sus necesidades, sus propias realidades o incluso sus mayores alegrías, es algo maravilloso ¿no creéis?, aunque ello no signifique estar necesariamente de acuerdo con las opiniones que hayan podido dar lugar al estado emocional del otro. Si todos la desarrollásemos adecuadamente el mundo sería diferente. Todo sería más fácil ¿verdad?
Con empatía los reyes, los grandes y ricos gobernantes, los presidentes, los jueces, todos podrían hacer suyas las necesidades de su pueblo, sentirlas, aceptarlas y luchar por resolverlas. Incluso seríamos capaces de entender el porqué de algunas decisiones controvertidas de la clase dirigente. No lo veríamos como algo ajeno, todo el sentimiento del otro sería también el nuestro.
Con empatía el empresario comprendería el derecho al descanso de sus empleados, la necesidad de su desconexión digital o sus derechos laborales. Porque poniéndose en el lugar de los trabajadores y trabajadoras sentiría sus mayores frustraciones y el dolor que tantos sienten ante una vida insuficientemente digna.
Cada compañero haría suyas las reivindicaciones del otro y de ahí surgiría el apoyo, el compromiso, la movilización y la lucha colectiva ante la injusticia.
El rico saldría en apoyo del pobre, los jóvenes acudirían a las manifestaciones por unas pensiones dignas, la población en general clamaría por una justicia social aunque la posición de cada uno dentro de nuestro sistema no fuese la misma.
Los padres entenderían mejor a sus hijos y los hijos a sus padres, los niños a los adultos y los adultos a los niños. Así esconde entre líneas «El Principito» obra magna de Saint-Exupéry, la importancia de esta y otras cualidades. La empatía como valor para comprender las relaciones humanas. Para no emitir juicios sin conocer, sin comprender, para no exigir sin experimentar los sentimientos del otro.
Pero si la empatía es una cualidad tan excepcional, si nos define como especie…¿porqué no todos la desarrollamos o experimentamos por igual o… incluso, ¿porque algunas personas no parecen poseerla?. Se trata de una característica que la Naturaleza nos ha permitido desarrollar y ha puesto en el camino de nuestra evolución. Pero….¿somos entonces seres empáticos por naturaleza?. Pensad.
La empatía es buena para muchos cuando permite comprender al otro y ello nos lleva a ser más amables, más comprensivos, más caritativos. Sin embargo la caridad no supone siempre empatía si no una simple convención, un juego o un pasatiempo establecido para muchos. Así mismo, muchas veces, la amabilidad puede ser interesada, puede esconder una realidad bien distinta a la que creemos.Y es que ser empáticos puede suponerse una debilidad. Un «rey» ante sus súbditos debe mantener una distancia emocional y social. Lo mismo un empresario con sus trabajadores o las clases privilegiadas respecto a las menos favorecidas. Es la manera de mantener un estatus, una posición, un nivel. La empatía se diluye, aprendemos a negarla por la supervivencia de nuestros propios intereses. Por otro lado podemos ni queremos experimentar el dolor de otros, es más fácil vivir así y, además ya tenemos bastante con lo nuestro. Negamos la empatía como una autodefensa. Para quien pueda permitírselo porque, claramente, existen seres empáticos por naturaleza para quienes desarrollar esa característica es algo inevitable. Y ser así nos hace excepcionales pero a la vez vulnerables si no sabemos cómo manejarla. Es como gozar de un poder inmenso sin saber cómo emplearlo, como canalizarlo, tal y como les ocurre a aquellas superheroínas para quienes el desconocimiento en el manejo de sus habilidades acaba por destruirlas.
Poseer este rasgo ligado a la inteligencia emocional es fantástico, pero puede ser igualmente doloroso. Experimentar el sentir ajeno duele y a veces el individuo ajeno no es necesariamente empático. Ello lleva a muchos a obviarla, a esconderla en el rincón más escondido de nuestra mente, a veces sin tan solo buscarlo. Y así, quedan pocos seres empáticos.
La posibilidad de apagar selectivamente esta característica….¿acabará por desactivarla definitivamente por nuestra propia elección? ¿Se perderá la empatía por no usarla?¿Y si reflexionamos sobre ello?
Hagámoslo desde nuestro interior hacia el del resto.
Breve análisis sobre la empatía