Una de mis alumnas más brillantes me dijo que no entendía por qué tenía que estudiar las ideas de alguien que vivió hace casi dos mil quinientos años. Otra no menos brillante aseguraba que filósofos como Platón o Aristóteles solo dijeron cosas raras o sin sentido. Mi primera respuesta fue que de no haber existido Platón o Aristóteles, nuestro mundo actual no sería como es… ciertamente para bien y para mal. Un pueblo que no se preocupa por conocer su pasado está condenado a repetir los mismos errores. Esto es una gran verdad. Y no es menos cierto que un pueblo que haya perdido el interés por conocer su historia de las ideas está irremediablemente abocado a convertirse en un pueblo de idiotas. Por eso no me resisto a reivindicar, aquí y ahora, la obra de Marinoff “Más Platón y menos Prozac” aunque sea solamente por el título.
En fin…el caso es que tenía ganas de ofreceros algo sobre el pensamiento clásico (sobre todo el griego, aunque no exclusivamente) y por eso voy a dejaros aquí algunos pequeños “chispazos”. Mi intención no ha sido “hacer” un micromanual sobre la historia del pensamiento clásico, sino recoger aspectos que se me antojan especialmente reveladores y que, además, conserven una fresca actualidad. Solo una cosilla más para acabar esta introducción… Siempre que alguien me pide que le aconseje sobre cómo iniciarse en la filosofía le sugiero que vaya en primer lugar a los clásicos, fundamentalmente por una razón: en ausencia casi total de tecnología (al menos como entendemos actualmente eso de “tecnología” los griegos fueron capaces de desarrollar un pensamiento especulativo que, al menos en cuanto a la actitud, aún no ha sido superado. Bueno pues allá van los chispazos:
-Alétheia es la aspiración principal del filósofo desde la antigüedad. Una actitud que nos legaron los griegos y de la que nunca deberíamos prescindir: desvelamiento, desocultamiento, desenmascaramiento… un tratar de ir más allá de la pura apariencia.
-Los llamados filósofos presocráticos tuvieron el valor y la capacidad para dar el paso desde el mito hasta el logos, ahora nosotros tendríamos que ser igual de osados y capaces de reacercarnos al mito y abordarlo de forma rigurosa como estudiosos. Siempre hemos aspirado al logos, sí; pero lo que verdaderamente nos seduce es el mito. En el fondo, mito y logos no están tan alejados entre sí. Nunca lo han estado. Sí lo están, en cambio, el espacio lógico y el espacio mítico.
-Los filósofos presocráticos griegos desde Tales de Mileto a los llamados físicos posteriores, pasando por Heráclito y Parménides, se preocuparon por desentrañar el sentido y estructura de la realidad; justamente la misma preocupación que impulsa la actividad científica actual y cuyas respuestas aún están por descubrir. ¿No es esta razón suficiente para seguir estudiando a los viejos filósofos?
-La convicción de que “el libro del cosmos” está escrito en clave matemática surge con los pitagóricos. Al parecer llegaron a esta conclusión tras descubrir que la música se reduce a proporciones matemáticas. Tampoco el hombre ha inventado las notas musicales: están ahí desde siempre; algún día seremos capaces de comprender que la música podría mostrar la estructura de la realidad tan fielmente como las matemáticas.
-Independientemente de las intenciones que tuvieran, es digno de admirar el arte de la retórica y de la oratoria que desplegaron los sofistas: la clave de la vida humana la encontramos en el lenguaje. Eso sí, la sofística ha tenido bastante “mala prensa” durante siglos; en contraste, las preferencias por Sócrates (a partir de Platón sobre todo) siempre estuvieron muy claras: la “ortodoxia” acabó por menospreciar a los sofistas. Se les acusó con frecuencia de haber sobrevalorado la retórica y la oratoria en detrimento del diálogo, de haber ayudado a los demagogos para que se encumbraran aun a costa de escamotear la verdad mediante el uso de la palabra. Sin embargo, ya Gorgias nos muestra en su “Elogio de Helena” que la palabra es un instrumento muy poderoso: pese a su diminuto tamaño y su casi invisibilidad nos acerca a lo divino; pues la palabra es capaz de conjurar el miedo, neutralizar la tristeza y regalarnos la alegría o fomentar la solidaridad.
-Sabemos que “impiedad” y “corruptor de la juventud” fueron meros pretextos para condenar a Sócrates. El verdadero motivo nace con la afirmación socrática “solo sé que no sé nada” (gestada antes de su muerte). Si el más sabio de su tiempo confesaba su ignorancia, los otros tuvieron que sentirse muy ofendidos viéndose cara a cara con su condición de necios sin remedio.
-Es muy fácil, actualmente, criticar a Platón por haber postulado el mundo inteligible como fundamento de este mundo sensible en el que nos encontramos (el mismo Aristóteles, su discípulo más aventajado, se refería a los planteamientos de su viejo maestro calificándolos como “metáforas poéticas”). Pero Platón, abriendo la puerta al problema de los universales, hizo posible el debate de las ideas y la relación de estas con el lenguaje; y además también abrió otra puerta: a la posibilidad de que nos diéramos cuenta, siglos después, de que nuestra mente está configurada en clave lingüística.
-La explicación del movimiento y del cambio por parte de Aristóteles a partir de las causas material, formal, eficiente y final es a todas luces la obra de un genio que, sin medios tecnológicos a su alcance, fue capaz de hacer una aportación teórica magistral. La brillantez de este planteamiento es indiscutible.
-No menos brillante es la definición aristotélica del tiempo: “el número del movimiento según el antes y el después”. Aparte de mostrar un uso del lenguaje verdaderamente sublime, la introducción del concepto de movimiento en su corolario sugiere (si no anticipa, siquiera veladamente) esa noción tan reciente del continuo espacio-tiempo.
-En la antigua Grecia el nacimiento de la filosofía coincide con la construcción de su propio registro lingüístico. Es el primer reajuste reconocible entre lenguaje y pensamiento. Los clásicos occidentales tuvieron como referente fundamental a la razón; los clásicos orientales han solido preferir lo místico.
-Confucio, otro clásico aunque del extremo oriente, afirmó que “el saber no ocupa lugar”. Creo que no reflexionó lo suficiente al respecto: es la ignorancia lo que no ocupa lugar. El saber siempre es limitado. La ignorancia, por su parte, carece de límite alguno.
-Un enunciado procedente de la epistemología jainista (India) que me causó gran impacto durante mis años de universitario: “desde cierto punto de vista el botijo existe. Desde otro punto de vista el botijo no existe. Desde un tercer punto de vista el botijo es inexpresable”. Ni siquiera Protágoras habría expresado mejor el relativismo con respecto a la posibilidad del conocimiento, estableciendo además un nexo con la metafísica sin duda genial.
Bueno, pues ahí queda esta pequeña muestra… Ahora que la releo, me parecen más bien fogonazos que chispazos. Seguro que echáis en falta alguno más, pero honestamente creo que estos debían estar. ¿Quizá unos cuantos más entre los clásicos orientales? Vale, vale… ¿Os importa si los dejamos para otra vez? Pues nada: os emplazo en este mismo lugar. Me despido con un consejito: ¿Quieres entender mejor el mundo actual? ¡Vete a los clásicos!
TXESKO C.