Rigidez, intransigencia, intolerancia, cerrazón, inflexibilidad… Nada me produce tanta desazón e incomodidad como el dogmatismo. Solamente un dogmático es capaz de hacerme perder los papeles, la paciencia, los estribos. No lo confundamos con los tenaces ni con los perseverantes. Hay muchos adeptos del dogmatismo; seguramente más de los que pensamos: el político que no quiere reconocer cómo sus “recetas” hacen más mal que bien; el militante que asume una doctrina sin someterla a rigurosa crítica; el alumno que no es capaz de entender que molesta a sus compañeros; el profesor incapaz de aceptar que se ha equivocado; el rígido predicador, autoinhabilitado para admitir dudas sobre la fe; el feligrés que no puede aceptar una creencia distinta de la suya; aquellos que nunca toleran un “no” por respuesta… en fin, cualquiera que no esté dispuesto a cambiar de opinión. Pues bien: para acumular conocimiento, tanto como para difundirlo, es imprescindible una disposición orientada hacia la posibilidad de sustituir unas opiniones por otras. Para el dogmático no existen las hipótesis: él únicamente tiene certezas. Es más, la sola posibilidad de la incertidumbre lo aterra y lo convierte en un ser agresivo y beligerante.
Suele ser tristemente frecuente que los dogmáticos no tengan conciencia de serlo. Podríamos de hecho hacer una taxonomía con este bloque de individuos, en uno de cuyos subgrupos hallaríamos al prototipo de tonto-dogmático. Se dice a menudo, del tonto, que “nunca descansa”. Y es cierto: los que solo somos medio tontos acostumbramos a tomarnos un respiro… Pues bien: el tonto-dogmático es infatigable; está especialmente dotado para desplegar una asombrosa cantidad de energía que, por momentos, parece no tener fin y se dedica a hacer proselitismo por doquier; claro: debe extender su dogma por todo el universo. Ha de cumplir con su visionaria e higiénica misión limpiando aldeas, pueblos, ciudades, de cualquier vestigio que pudiera contradecir o cuestionar el pensamiento único. Tendrá energía para arremeter contra las muchedumbres a sangre y fuego, como si del ángel exterminador se tratara. Y llenará graneros y almacenes, despensas, desvanes, bibliotecas, con verdades absolutas y terribles. Se atreverá incluso a parafrasear a Hegel al grito de “¡A mí lo absoluto!” como quien vocifera “¡A mí la legión!”.
Una sección del subgrupo recién presentado la formarían los tontos-dogmáticos-ilustrados. Los hay, sí… ¡vaya si los hay!. Abundan mucho más de lo que la mayoría de la gente cree. Todo el mundo debería tener claro que no se puede establecer una identidad radical entre un erudito y un sabio; estos calificativos no son necesariamente sinónimos. Un sujeto de este tipo puede haber sido agraciado por la naturaleza con una memoria descomunal y ser tan capaz de aprenderse de cabo a rabo la Biblia, como el listín de teléfonos de Tokio, el Mein Kampf o Camino. Hasta ahí ningún problema. Lo malo llega cuando esta clase de individuos entra en acción para “socializar” sus conocimientos convirtiéndolos en armas arrojadizas o espadas flamígeras, destinadas a la amputación de las ideas divergentes de las suyas. Además no es extraño que el tonto-dogmático-ilustrado posea un amplio e impresionante curriculum vitae, cuya principal utilidad sería la de camuflar su ridiculum vitae; esas credenciales lo dotarían de un cierto prestigio abrumador a los ojos de mucha gente; muy bien podría suceder que acabara ocupando un importante cargo público, lo que le permitiría hacer uso omnímodo de un gran poder.
Los dogmáticos tienen, por otra parte, una noción muy clara de lo que es la libertad: la verdadera libertad es la que ellos quieren imponer. Y podrían llegar a gritar, con júbilo sincero, con estridente alegría: “¡Te voy a hacer libre aunque no quieras!”. Y te conducirán a su Jordán particular y sus atenazantes garras harán que te sumerjas en las bautismales aguas de su libérrima verdad absoluta una y otra vez, y otra, y otra más… hasta que aceptes de buen grado la buena nueva que han venido a obsequiarte. El dogmático está firmemente persuadido de que antes o después todos acabaremos entrando en razón: su razón. Nunca se rinde; no cede jamás. Es implacable; cumplirá su misión aun a costa de su propia vida… y de otras vidas, naturalmente.
Lo que hace verdaderamente peligroso al dogmatismo es que no se trata de una ideología sino de una actitud vital. Claro está que existen ideologías que podemos catalogar como dogmáticas, rígidas, intransigentes; pero no es tanto su disposición programática lo que las caracteriza, su corpus teórico, cuanto su propia irracionalidad presentada bajo el disfraz de una falsa racionalidad que pasaría por ser la única racionalidad posible (como es el caso de los fascismos).
Estamos terminando. El dogmático, el intolerante, el intransigente, el fundamentalista es un personaje ególatra y egocéntrico (también egoísta, sí) que no cree en el consenso aunque a veces, astutamente, lo reivindique; pero no es necesariamente estúpido aunque, como ha quedado dicho más arriba, sea lo más habitual. Se trata entonces de sujetos que vampirizan a sus seguidores y que pueden ser tan inteligentes como carismáticos, sin duda tiránicos y manipuladores; a veces son soñadores (¿idealistas?) que pretenden imponer su sueño a los demás. Obviamente, quien no toma en consideración el consenso, preferirá igualmente el monólogo antes que el diálogo y se opondrá con todas sus fuerzas a cualquier discrepancia e incluso reprimirá el más mínimo atisbo de disenso. ¿Qué tipo de dogmático es más peligroso, el tonto o el listo? Yo diría que ambos. Más aun, considero que hay una pregunta cuya importancia es mayor: ¿Quién es más tonto, el tonto o el tonto que sigue al tonto?
Para acabar, ahora sí, quizá sea oportuno transcribir una pequeña colección de citas relacionadas con este tema y que nos han ido dejando algunas mentes brillantes de diversas épocas. Seguramente nos harán reflexionar:
“Son realmente Anticristos aquellos que persiguen a los hombres de bien y amantes de la justicia, simplemente por que disienten de ellos y no defienden los mismos dogmas de fe que ellos.” (Baruch Spinoza, Tratado teológico-político)
“Las leyes se hicieron para los hombres, y no los hombres para las leyes.” (John Locke, Ensayo sobre el Gobierno Civil)
“Las deficiencias que tan a menudo aquejan a los grupos socialistas son: el dogmatismo y el sectarismo.” (Vladimir Ilich Lenin, en Contra el dogmatismo y el sectarismo en el movimiento obrero)
“Cuanta mayor sea la ignorancia mayor será el dogmatismo” (William Osler, en Buzzi A. Los aforismos de William Osler. Rev Asoc Méd.Argent 2011)
“Cualquier dogma es una idea virtualmente armada con todos los medios del terror.” (Lucian Blaga, El eón dogmático)
“El poder es siempre arrogante, dogmático y exclusivista, mientras que el amor es humilde y, además, omnicomprensivo.” (Teitaro Suzuki Zen Buddhism: Selected Writings of D.T. Suzuki)
“La religión dice: ¡Haz esto!, ¡piensa así! Pero no puede fundamentarlo y cuando lo intenta repugna.” (Ludwig Wittgenstein, Lecciones y conversaciones sobre estética, psicología y creencia religiosa)
“Cuanto más intensa ha sido la religiosidad de cualquier período, y más profunda la creencia dogmática, han sido mayor la crueldad y peores las circunstancias.” (Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano)
“Ninguna causa nos queda sino la más antigua de todas: la causa de la libertad contra la tiranía” (Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo)
“En los sueños se representa algo que al par es sin escape posible. Y en ellos el sujeto no tiene, por tanto, intervención ninguna. Mientras que la realidad se presenta ofreciendo, ante todo, al sujeto la posibilidad de una acción: un pensamiento, una decisión, una actuación, es decir, el ejercicio de la libertad.” (María Zambrano, El sueño creador)
“Cuando el dogma entra en el cerebro cesa toda actividad intelectual.” (Robert Anton Wilson, La nueva inquisición.)
TXESKO C.