Hace un par de semanas os presentábamos un breve artículo sobre la aportación de Kant en el campo de la ética. Hoy os ofrecemos un esbozo de la línea que abrió este mismo filósofo en el ámbito de la teoría del conocimiento; no se trata de explicar, como tal vez hayáis podido pensar, su Crítica de la Razón Pura-Teórica (requeriría extenderse bastante más de lo que lo haremos en este artículo) sino de mostraros a grandes rasgos en qué consiste el criticismo. Vamos con ello.
Como doctrina filosófica el criticismo pretende establecer los límites del conocimiento humano investigando de forma sistemática las condiciones del pensamiento, es decir, aquéllas que lo hacen posible. Por tanto su campo de trabajo más propio (pero no el único) es el de la epistemología. Se suele admitir como punto de partida para esta corriente la disertación latina realizada por el filósofo de Könnisberg en 1770 y que lleva por título “De la forma y de los principios del mundo sensible y del mundo inteligible” (Si alguien se decidiera a leerla y no sabe alemán le recomendamos la traduccíon de Juan David García Bacca, un filósofo poco conocido de quien nos gustaría hablaros en alguna ocasión.)
Kant se había iniciado en la filosofía dentro del racionalismo a través de las lecciones del pensador germano Christian Wolff. Después, como el propio Kant dijo, el escocés David Hume (empirista) “lo despertó de su sueño dogmático”; pero eso no le llevó a alinearse con el empirismo, sino a elaborar un sistema filosófico que superase la oposición entre ambas corrientes tomando lo mejor de cada una. La base de este planteamiento es que todo conocimiento exige la existencia de dos elementos: el primero, externo al sujeto (lo dado, o principio material), es decir, un objeto de conocimiento que estimula nuestra sensibilidad. El segundo, propio de quien investiga (lo puesto, o principio formal) que no es más que el sujeto mismo que conoce el cual introduce ciertas formas que, no preexistiendo en la realidad, son imprescindibles para comprenderla. En este mismo sentido es famosa la afirmación que el filosofo prusiano hace en su Crítica de la Razón Pura:
“Los pensamientos sin contenidos son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas”.
Dicho de otro modo, sin la experiencia sensible nada nos sería dado y sin el entendimiento nada podría ser pensado. Tiene que haber algo sobre lo que pensar, una realidad más allá del sujeto; pero además necesitamos tener una capacidad organizadora para asimilar lo que nos llega a través de los sentidos.
En definitiva, contra racionalistas y empiristas radicales, la razón y la experiencia son complementarias. De acuerdo al criticismo, y para concluir la explicación (y eventualmente defensa) del mismo, puede decirse que la actividad que llamamos conocimiento se nutre de la experiencia (a favor del empirismo), aunque no todo el conocimiento procede de aquello que se percibe con los sentidos. Se conoce algo cuando aplicamos nuestras facultades intelectuales al objeto del conocimiento (a favor del racionalismo); de este modo, lo que se conoce tiene su origen en el objeto conocido pero también en una estructura mental (compuesta por las formas de percepción, entendimiento y razón).
El criticismo kantiano ha influido notablemente en la escuela matemática intuicionista (con Heyting y Dummett entre otros) que tomó de Kant la noción según la cual las verdades matemáticas son formas de conocimiento sintético-a priori (por consiguiente universales y necesarias) y se accede a ellas desde la intuición. Quizá convenga ahora aclarar que “intución” no significa aquí “corazonada” o “pálpito”. Para no extendernos en exceso solamente diremos que el concepto de intuición es tan complejo como polémico; otro día, si queréis podemos hablar sobre ello con el debido detenimiento.
Como pequeña nota adicional, añadiremos que también se puede rastrear hoy día el criticismo en el conjunto de investigaciones recientes que vinculan la lógica formal y la informática, con especial mención a los estudios sobre la IA desarrollados por Richard Evans (sí, habéis acertado, el diseñador de videojuegos) quien ha abordado de una manera realmente brillante la formalización de la teoría cognitiva kantiana.
Solo un apunte final: Seguramente habrá quien eche de menos alguna referencia explícita a las escuelas neokantianas de Marburgo (Cohen, Natorp, Cassirer…) y de Baden (Windelband, Rickert, Lask…) que desarrollaron su actividad a partir del último tercio del XIX; solo haremos una pequeña mención porque, en primer lugar, requerirían de un artículo en exclusiva para hacerles justicia y en segundo lugar porque el criticismo no es precisamente lo más destacable de ellas.
TXESKO C.