Hola; como mujer trabajadora no soy una excepción. Mi vida es como la de cientos de mujeres en esas gigantes humeantes llamadas fábricas donde trabajamos para vivir, para sacar adelante nuestra vida y sobre todo nuestras ilusiones.
Dura vida. Te levantas tan temprano que se diría muchas veces tienes la sensación de que las botas se pegan al suelo de tan grande la helada o por qué no, una nevada y con un pequeño nudo en la garganta ¡adelante! una mañana más. Con ocho horas por delante, muchas veces te dan ganas de coger la puerta para no regresar. Malas caras, desplantes. Disputas por la organización de máquinas porque a algunos no les gustan las que le han tocado. Y con sarcasmo me digo a mi misma: “si cobra más que yo y hacemos el mismo trabajo” pero yo para adelante con mi pequeño nudo en la garganta.
Trascurre el trabajo, hago una parada y conversación con un compañero mientras hacemos un tentenpié. Me cuentan que a su mujer no la cogen en los trabajo quizá por su obesidad o edad y yo sigo con mi pequeño nudo en la garganta.
Tras casi pasar 8 horas y haber rendido el 100% de producción organizo las máquinas y recojo para el siguiente turno, me marcho a lavar las manos y mi jornada ha terminado. Duro, sí, pero satisfecha.
Saliendo de la fábrica recojo mi coche, me siento en él y miro de frente a el gigante humeante y me pregunto cuando será el día que seamos libres de machismos, de edades, de físicos, de humillaciones, de reproches, de no respeto y de clases sociales y de poder tragar ese pequeño nudo que constantemente nos hace tanto daño.
Arranco mi coche poniendo fin a un día más de trabajo y sigo sin ser una excepción. Soy una más de las cientos de mujeres que trabajamos en esos gigantes humeantes.
Margarita Morán González.
Mujer y Fábrica.