Mi objetividad empieza donde termina la tuya

La imparcialidad, la objetividad, la neutralidad son el mayor requerimiento de la sociedad hacia los periodistas y la obligación número uno de aquel que quiere ser bueno en su trabajo. Aun así, la objetividad también es uno de los mayores dolores de cabeza de cualquiera que se haya dedicado a la comunicación. Vivimos en un mundo enrevesado donde empresas, entidades, políticos…todo el mundo quiere sacar tajada de los medios y en donde es muy fácil que te encuentren un defecto en el texto o en la pieza audiovisual y lo usen en tu contra. Os sorprendería en el mundo del periodismo local o de proximidad las llamadas que recibimos en redacción por gente descontenta con lo que hemos escrito. Y yo me pregunto: ¿Es mi trabajo complacer a todo aquel sobre quien escribo?¿Si no los complazco es porque no he sido suficientemente objetiva? Muchos responderán que no, que el periodista debe escribir en libertad y si se debe decir algo que no guste (siendo cierto) se dice. Claro que sí, pero aquí entran muchos factores que nos ponen palos en las ruedas.

En una de las primeras lecciones en la universidad el profesor entró en clase y nos dijo que escribiéramos en un papel la palabra ‘objetividad’. Cuando terminamos nos dijo: ‘Ahora levantaos y tirad el papel a la basura’. Todos nos miramos pensando que era broma. Ya teníamos sabido que la objetividad era esencial en este mundo. El profesor nos dijo: ‘Objetividad viene de la palabra ‘objeto’ y nosotros aún siendo periodistas no somos objetos, somos sujetos, personas’. Y visto así es verdad, pero en nuestra sociedad a los periodistas no se nos permite serlo, se nos ordena una neutralidad absoluta, pero ojo. Los medios de comunicación tienen una línea editorial definida. Si me defino de derechas voy a consultar unos determinados medios y si soy de izquierdas otros, ¿por qué? Porque amigos, los lectores queremos leer aquello con lo que estamos de acuerdo. Si soy catalán independentista y soy asiduo al ‘Ara.cat’ no me va a gustar leer que el gobierno central está haciendo un magnífico trabajo estableciendo buenas relaciones con la Generalitat. Lo que quiero leer es una crítica feroz contra la gestión del estado y el buen trabajo de Torra frente a la pandemia de la COVID-19. O siendo monárquico leer los periódicos que suelen hablar bien de la familia real y que no critican a don Juan Carlos por abandonar al país como el ‘ABC’ (son ejemplos). Entonces ¿hasta dónde debe llegar mi objetividad e imparcialidad si debo ceñirme a una línea editorial?

Otro tema que no me deja dormir cuando pienso en la objetividad periodística es: ¿A quién debo dar voz? Otro profesor nos dijo una vez que como periodistas debemos estar dispuestos a entrevistar del Dalai Lama al mismísimo Hitler. Ambos han tenido y tienen seguidores, si queremos ser parciales e informar debidamente a todo el mundo deberíamos hacerlo. Pero mi debate interno recae en si estoy haciendo lo correcto al transmitir mensajes como los que podrían surgir de una entrevista a Hitler. Un ejemplo de hace algún tiempo fue la entrevista de Pablo Motos a Santiago Abascal en el Hormiguero, en prime time en uno de los programas más vistos del país. Fueron muchos los que manifestaron su desacuerdo con que un programa de este calibre diera voz al líder de Vox y otros muchos los que aplaudieron que se entrevistara a la extrema derecha. Efectivamente, la polémica llevó al programa a sumar millones de espectadores. Muchos pensaron que no estaba bien que se dejara a Abascal difundir su mensaje (con el que mucha gente está de acuerdo) y en este caso el Hormiguero fue de los pocos que se lo permitió como se lo permitió a Podemos, al Partido Popular y a otras formaciones españolas. Entonces ¿aplaudimos al Hormiguero por su imparcialidad o lo linchamos por ayudar a difundir mensajes que incitan al odio y hacen peligrar la convivencia del país? Y como este ejemplo cada noticia que se publica en los diferentes medios de comunicación.

Se nos exige pues una labor complicada por no decir imposible. Lo que no significa que no exista el periodismo de calidad aunque esta calidad se le otorgará siempre dependiendo de quien la lea, la escuche o la vea por televisión.

Todo esto dejando de lado los intereses económicos que por supuesto influyen pero que ya suelen ir de la mano con la línea editorial de los medios.

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