Como maestra he pasado por diversas escuelas, todas ellas públicas y cada una distinta
entre las otras pero con algo en común: los restos de la escuela tradicional.
Durante mi estancia en las escuelas veía como el maestro seguía siendo el transmisor
del conocimiento y los alumnos memorizaban -muchas veces sin darle sentido- sus
lecciones; es decir, los aprendizajes tenían un carácter acumulativo y fragmentado
entre los que no se establecían nexos con la vida real del alumno. Además, en la
mayoría de las clases la única vía para “aprender”, además de las explicaciones de la
maestra, eran las famosas “fichas”, muchas veces descontextualizadas y con
contenidos poco significativos y antiguos. Clases en las que continuamente se les pide
silencio y concentración a los alumnos para escuchar atentamente las explicaciones y
realizar correctamente las actividades. En pocas ocasiones se dejaba que los alumnos
comentaran cuestiones sobre el tema y se expresaran libremente.
Con esta metodología he comprobado que lo que se consigue es que los alumnos no
tengan espíritu crítico, creatividad ni imaginación (aspectos que deberían ser
primordiales en las primeras etapas del niño/a). La memorización de los contenidos
hace que los niños/as desarrollen un pensamiento único y exactamente igual entre
ellos. Defiendo, siguiendo esta línea, que se debe fomentar la creatividad para que los
alumnos puedan desarrollarse de forma autónoma en su día a día. Si constantemente
le estamos diciendo a los alumnos como tienen que hacer las cosas no fomentamos su
autonomía ni su creatividad, y cuando se les pide incitativa o imaginación se sienten
perdidos e inseguros, lejos de las faldas de su maestro. Los maestros tienen que saber
encontrar la manera de guiar a sus alumnos hacia el pensamiento divergente y la diversidad de respuestas correctas y posibles, así como también educarlos en el
espíritu crítico y premiando aquello que les hace diferentes los unos a los otros.
¿Dónde está la famosa metodología centrada en el alumno? El principal sujeto de
aprendizaje debe ser el niño/a, y el maestro ser quien guía su aprendizaje y les ofrece
seguridad en sus momentos de descubrimiento durante la interacción con el entorno y
sus iguales. Las actividades propuestas que siguen esta línea deben tener una base
experimental y estar basadas en el aprendizaje significativo. Este modelo de
aprendizaje supone poner énfasis en que el aprendizaje sea creación, evolución y
relación de conocimientos y conceptos, es decir, que la importancia provenga del
proceso y no sólo del resultado.
Cansada de ver como los alumnos pasan horas sentados en sus sillas cuando lo que
más necesitan en las primeras etapas evolutivas es movimiento y juego, puedo afirmar
que es gracias a estas actividades lúdicas que los niños/as consiguen explorar su
entorno, dominar su motricidad, manipular los objetos de su entorno y socializarse con
otras personas. Cuando los niños/as están en sus sillas les estamos coartando su
libertad de movimiento y de expresión y no estamos pensando en su desarrollo
integral.
Son muchos (Eduard Krestol, por ejemplo, psicólogo y especialista en creatividad e
innovación en organizaciones) los que opinan que la escuela “mata” la creatividad; la
escuela aún sigue los patrones de hace décadas; formar personas clónicas. Hace falta
educar en la creatividad en todos los lenguajes (plástico, musical, oral, escrito…) ya que
ser creativos nos ayuda a observar mejor, hacer mejores preguntas, cuestionarnos
diferentes aspectos, imaginar múltiples respuestas, aprender a analizar… pero cada
uno de manera diferente, ya que ninguna persona es igual a otra. Todos estos aspectos
citados son importantes para el desarrollo personal y nos dan herramienta para vivir
en sociedad.
“Enseñaras a volar, pero no volarán tu vuelo.
Enseñaras a soñar, pero no soñarán tu sueño.
Enseñaras a vivir, pero no vivirán tu vida.
Sin embargo, en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño
perdurará siempre la huella del camino enseñado.”
(Poema de Madre Teresa de Calcuta)