Decía el fotógrafo Ansel Adams que “una buena fotografía se obtiene sabiendo dónde pararse”. Asimismo ocurre con las reflexiones o pensamientos humanos, para llegar hasta ellos hace falta parar, recapacitar, contemplar todo aquello que te rodea. Todas las personas vemos el mundo de una forma particular, personal, pero los fotógrafos no sólo ven la realidad sino que “juegan” con ella, la amoldan a su antojo y la convierten en parte de su obra. ¿No es esto lo que hacían los antiguos filósofos? Queda claro, que puede que entre unos y otros no haya tanta diferencia. Todos llevamos dentro, en mayor o menor medida un filósofo, pero también un fotógrafo.
Los fotógrafos por lo general somos personas pensativas, reflexivas, muchas veces dispersas, pero casi siempre intuitivas y con ganas de contar una historia. Al igual que los filósofos, nosotros explicamos el mundo con una imagen, ellos lo hacen con la palabra, pero ambos con la percepción íntima de “su” realidad, la que su intuición les hace seguir.
Muchas personas piensan que hacer una fotografía (no me refiero a los selfies), simplemente es pulsar un botón y ya está. Al igual que piensan que filosofar es perder el tiempo… Nada más lejos de la realidad. Hacer una fotografía es plasmar tus emociones, tu alma, tus pensamientos en aquello que queda congelado y suspendido en el tiempo por siempre cuando el mecanismo de tu cámara se acciona. “En la fotografía hay una realidad tan sutil que llega a ser más real que la realidad”, estas palabras de Alfred Stieglitz reflejan perfectamente la idea.
Cada fotografía, al igual que cada corriente filosófica, desprende una realidad diferente, depende de un estado de ánimo, una etapa de la de vida o una forma de ver el mundo. Cada fotografía refleja ese momento que nunca volverá y que por ello es mágico en sí mismo. Una persona paseando, un árbol en medio de una pradera o simplemente un amanecer. Nunca se volverá a repetir de la misma forma. Esta es la magia. Salir de casa con tu mochila, objetivos y varías horas por delante, sin un rumbo fijo, simplemente para pasear, pensar y mientras tanto retratar aquello que ves. ¡Así de fácil! Elliot Erwitt, decía: “La fotografía es el arte de la observación. Se trata de encontrar algo interesante en un lugar ordinario. Me he dado cuenta de que tiene poco que ver con las cosas que ves y mucho con cómo las ves”.
Desde muy pequeño, me ha gustado hacer fotos, filosofar, entender el mundo (o al menos intentarlo) y sobre todo seguir mi instinto. Suena incompatible, instinto con reflexión ¿verdad? Puede que tengáis razón, pero corrientes filosóficas y formas de entender el arte de la fotografía hay para todos los gustos, te gusten las túnicas o no. Por este motivo, de la mezcla de estos ingredientes, de ese cocktail final, nace mi forma de ver el mundo, de entender la fotografía y de intentar explicar el primero a través del segundo. Realmente no sé qué llegó antes a mi vida si la cámara o la reflexión, el huevo o la gallina. Puede que ambas a la vez. ¿Descartes o Aristóteles, Cartier-Bresson o Robert Capa? No tienes porqué elegir.
Por ello, cada vez que hago una foto, puede que piense mucho en cómo hacerla, que ISO emplear, obturación necesaria, o simplemente que dispare, sin pensar, siguiendo ese impulso que nace de las tripas y que te lleva a hacer algo porque sí, pero siempre prevaleciendo una idea: la intención de mostrar un sentimiento, de explicar “mi” realidad. El alma de todo lo que hacemos, de todo lo que hago, o de todo lo que pretendemos explicar a los demás, nace de ese impulso, de esa intuición, a veces reflexiva y otras completamente genética y directa de mis ancestros más primitivos y alejados en el tiempo.
Entonces, ¿Somos los fotógrafos una especie de filósofos contemporáneos? ¿o simplemente unos locos con aparatejos en las manos y aires de grandeza?
Por lo que a mí respecta, sólo sé que no sé nada, pero “fotografío”, luego existo.