Rajoy, nuestro querido Cicerón Ibérico

Querido Rajoy… Nuestro particular «Cicerón ibérico»:

«Cuanto peor, mejor para todos; y cuanto peor para todos, mejor, mejor para mí el suyo beneficio político.» Video

Podríamos pensar que sus declaraciones de estas últimas semanas sobre el partido entre España y Francia forman parte de esos célebres lapsus que han acompañado su trayectoria política. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que no se trata de simples errores. Detrás de ellos existe toda una manera de entender la política, la nación y el poder.

En primer lugar, me gustaría detenerme en esa obsesión por repartir carnés de pertenencia: decidir quién pertenece y quién no, quién puede sentirse parte de un país y quién debe demostrar constantemente que merece ser aceptado. Da igual de dónde vengas, cómo vistas o, dicho de la forma más grosera, hasta cómo huelas.

Esta forma de entender la nación parte de una idea muy concreta: que la patria pertenece a unos pocos y que los símbolos nacionales son patrimonio exclusivo de quienes ostentan una determinada identidad política y social, ¡Hasta nos dan lecciones de moda! ¿A quién no le gusta una buena bandera española como falda y a lo loco? La nación deja de ser una comunidad compartida para convertirse en un instrumento al servicio de una élite económica, cultural y moral.

Y, en cierto modo, la izquierda ha terminado aceptando esa derrota simbólica. Nos hemos acostumbrado a sentir cierta incomodidad llevando la camiseta de la selección española o incluso mostrando con naturalidad nuestro origen cuando estamos fuera del país. Porque una cosa es que la bandera rojigualda no nos represente plenamente; otra muy distinta es renunciar a ella y permitir que otros la conviertan en un uniforme partidista, en una pulsera con un toro o en un simple accesorio ideológico.

Los símbolos nunca son inocentes, pero tampoco deberían pertenecer únicamente a quienes más ruido hacen con ellos.

Para quienes defienden esa visión excluyente, el Estado, la nación y sus símbolos son, ante todo, herramientas. Sirven para representarse, pero también para ocultar sus propias contradicciones. Se envuelven en la bandera cuando conviene y, cuando hace falta, la utilizan como cortina para esconder sus fracasos políticos. Como diría aquel, con la bandera pueden hacerse una falda o, si es necesario, taparse la cartera.

Con Francia, sin embargo, nos encontramos ante una realidad distinta.

Allí el modelo nacional ha sido históricamente mucho más centralista. La República construyó una identidad homogénea, eliminando lenguas regionales, debilitando culturas locales y haciendo del ciudadano francés una categoría única e indivisible. No existen naciones dentro de la nación; existe la República.

Sin embargo, ese mismo modelo presenta profundas grietas.

Después de los grandes disturbios vividos en los barrios periféricos franceses, resulta evidente que la famosa Liberté, Égalité, Fraternité sigue siendo más un ideal que una realidad plenamente conseguida. No se trata únicamente de violencia urbana. Detrás existe una fractura social mucho más profunda.

Cuando el PSG conquista un título y determinados barrios de París estallan, no estamos simplemente ante actos vandálicos. Estamos viendo la reacción de una parte de la población que posee un pasaporte francés pero que nunca ha sentido que Francia fuese realmente suya. Son hijos y nietos de quienes llegaron desde las antiguas colonias para sostener el crecimiento económico del país. Franceses sobre el papel, pero demasiado a menudo excluidos de la Francia de los Campos Elíseos y confinados a la Francia de Seine-Saint-Denis.

Y, paradójicamente, por mucho que algunos quisieran cuestionarlo, son franceses. Tan franceses como cualquiera.

Quizá ahí reside una diferencia importante con España. Mientras nosotros convivimos —no siempre sin tensiones— con una pluralidad nacional, cultural y lingüística, Francia apostó por la uniformidad. Es, al mismo tiempo, una de sus mayores fortalezas institucionales y uno de sus grandes problemas sociales. No es casualidad que muchos franceses de origen español, descendientes del exilio republicano, admiren precisamente esa diversidad que encuentran cuando visitan Barcelona.

Y aquí volvemos a nuestro particular «Cicerón ibérico».

Su torpeza al referirse a Francia ha provocado una escena difícil de imaginar: incluso Marine Le Pen le ha reprochado sus palabras. Resulta llamativo que sea precisamente la extrema derecha francesa quien haya entendido algo que parte de la derecha española sigue sin asumir: los franceses negros, blancos, árabes, mestizos o asiáticos también forman parte de la nación y, además, también votan.

La extrema derecha francesa continúa señalando enemigos, buscando culpables y explotando el resentimiento social. Pero lo hace sin negar que esos ciudadanos forman parte del cuerpo nacional. Necesita sus votos tanto como necesita sus miedos.

Porque pocas herramientas políticas resultan tan eficaces como convencer a quien ocupa el último peldaño de la escalera de que la culpa de su situación pertenece a quien está un peldaño todavía más abajo.

Volviendo a nuestra querida península ibérica, hubo una idea que la Segunda República dejó plasmada con enorme claridad en su Constitución:

«España es una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia.»
(Artículo 1 de la Constitución de 1931).

No deja de ser significativo que la República se definiera, antes que, por una identidad étnica o cultural, como una comunidad de trabajadores. Una patria construida por quienes la sostienen con su esfuerzo, independientemente de su origen o condición.

En ese sentido, Francia comparte —al menos sobre el papel— esa concepción cívica de la nación: todos forman parte de la República. Otra cuestión muy distinta es que haya sido capaz de hacerla realidad para todos.

Quizá por eso la Segunda República española resultó tan incómoda para quienes entendían el Estado como una propiedad privada y no como un proyecto colectivo. Porque una patria de trabajadores supone que la legitimidad nace del trabajo y de la ciudadanía, no del apellido, del patrimonio o de la posición social.

La justicia, al fin y al cabo, no consiste únicamente en aplicar las mismas reglas a todo el mundo. También exige reconocer la igual dignidad de quienes forman parte de la comunidad política.

Sin embargo, para el nacionalismo excluyente, la patria no es un espacio compartido, sino un patrimonio que administrar; y la justicia deja de ser igualdad para convertirse en privilegio. El fuerte impone las reglas, el diferente sirve como chivo expiatorio y la bandera termina siendo más útil para ocultar los propios fracasos que para representar un proyecto común.

Quizá ese sea el verdadero problema. No que amen más a España que los demás, sino que nunca han terminado de comprender que la patria no pertenece a quien más la agita, sino a quienes la construyen cada día.

Este cóctel bien frío para los días de calor os lo ofrece Rodrigo Trinidad Morán.

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