La verdad tras el filósofo que resultó ser IA. La conciencia Big Data

2+2=5. Una simple operación errada que a quienes conocemos su significado nos pone los pelos de punta: tras ella se oculta la pérdida de la voluntad, la tortura del mundo gris al cual George Orwell nos transportó en su libro 1984. Un mundo hipervigilado en el que pensar es un crimen y en el cual los libros y las canciones se generan de manera mecánica. Un mundo sin arte, sin creatividad, sin ilusión. Lo más similar al arte surge de procesos, no de mentes, sin que detrás se oculte un sentimiento real.

En paralelo, mientras me preparaba para escribir este artículo, estaba releyendo 1984 por enésima vez. Ambos temas resonaban en mi interior con un redoble similar.  Esto se me hizo evidente cuando un anuncio de las gafas Meta saltó en la pantalla de mi teléfono. Unas gafas que cualquiera puede adquirir y que te permiten grabar y subir el contenido a las redes sociales: las cámaras en la calle ya no son necesarias, porque todo el mundo, con mayor o menor sofisticación, se ha convertido en un dispositivo de vigilancia. Asimismo, mientras nos vigilamos unos a otro, existen aplicaciones de Inteligencia Artificial que generan canciones, poemas y libros. Cada vez es más habitual hallar artículos escritos por ChatGPT o Gemini entre otros. Suelen reconocerse con facilidad: frases no muy largas y siempre los mismos conectores que parecen formar la estructura base en la que el resto de las palabras se convierten en ladrillos. Aunque, eso sí, esta estructura cada vez es más sofisticada y difícil de distinguir al ojo humano.

Que no me malentienda el lector, no estoy aquí para hacer una crítica contra la IA. Tampoco para defenderla. Reconozco su potencial como herramienta y las infinitas oportunidades que ofrece, pero también los riesgos humanos que implica. La pérdida de empleos, la devaluación del arte y, debido a la controversia, un nuevo peligro: la paranoia constante; porque no saber si se está ante un texto generado por IA o por una mente humana genera molestia e incertidumbre. Esa fue la molestia que muchos sintieron cuando se desveló la verdadera procedencia de Hipnocracia.

El tres de abril de 2025, el diario italiano L’Expresso publicó un breve artículo titulado Ipnocrazia, dalla trance ipnotica all’intelligenza (Carelli, 2025), donde se afirmaba que Jianwei Xun, autor del libro, en realidad no existía. Cuatro días después, la reportera que supuestamente descubrió el engaño, Sabina Minerdi, publicaba un artículo con su investigación. En este, añadía una entrevista a Andrea Colamedici, el supuesto traductor de la obra al italiano y, en realidad, el verdadero orquestador del ensayo. «Junto con la plataforma de IA Claude construí la palabra y un proyecto, otro proyecto que construí en ChatGPT» confesaba, «los puse en diálogo entre sí y desarrollé una modalidad de cocreación con Inteligencia Artificial» (Minardi, 2025). Según afirma, todo era una metanarrativa, una performance que le servía para dar aún más validez a la tesis que planteaba su libro.

Sin duda, si ese era su objetivo, lo consiguió. Además, por el camino recolectó cientos de ventas y, una vez descubierto el asunto, salió en noticias alrededor del mundo e Hipnocracia se convirtió en tema candente en los canales de filosofía de YouTube. De pronto, Jianwei Xun, un autor de nacionalidad china que muchas personas desconocían, estaba en boca de todo el mundo. Siempre había existido y su fama in crescendo ya rivalizaba con la de Byung-Chul Han, por lo que la revelación causaba malestar en los círculos intelectuales en los que se le veneraba. Yo misma me sentí culpable por no haber oído hablar de él, hasta verificar que, gran parte de las entradas que lo nombraban databan del último mes. Las anteriores, en su mayoría provenían de Italia, salvo alguna excepción concreta.

En cualquier caso, y aunque de entrada me interesaba más el debate arraigado al uso de la Inteligencia Artificial en modo engaño y si esta podía filosofar o no, quise leer el texto de la discordia. ¿Realmente era tan novedoso?

 

¿De qué trata Hipnocracia?

Diagrama

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.«La realidad se ha disuelto en una reproducción infinita. Ya no hay una idea central, no hay un punto fijo desde el cual observar el mundo. Cada imagen se refleja en otra, cada narración se multiplica y se fragmenta hasta perderse en el ruido. Ya no existe lo verdadero o lo falso, sino la proliferación infinita de posibilidades. Lo real no puede ser poseído, verificado o conquistado. Solo puedes ver cómo se desvanece». (Jianwei Xun, 2025, p. 26)

Podríamos catalogar los vendidos como libros de filosofía entre los que invitan a la reflexión —los verdaderamente filosóficos— y los que intentan convencer al lector desde la primera línea. Lamentablemente, en cuanto a forma y expresión, catalogaría Hipnocracia dentro de ese segundo grupo: estrategia SEO desmesurada, frases cortas y repetición ad infinitum de las mismas ideas. Más que estar ante un ensayo, me sentí ante un panfleto publicitario. Eso no resta veracidad al contenido, por supuesto. Y sí, si logras ignorar la sensación de autoengaño que desprende, los argumentos no carecen de sentido.

Irónicamente, el ensayo se inicia con un experimento realizado en Berlín durante el año 2023, en el cual se publicó un libro filosófico ficticio atribuido a un autor japonés inexistente, Hiroshi Tanaka, y de cómo este acontecimiento encendió un acalorado debate cultural en las esferas intelectuales. No parece haber fuentes disponibles al respecto, por lo que no sería de extrañar que, aunque se presente como cierto, en realidad, sea ficticio. En los siguientes capítulos desenmascara la manera en la que el poder opera a través de las nuevas tecnologías, en especial, desde la llegada de la Inteligencia Artificial, de la cual afirma que no es solo una revolución tecnológica, sino una generadora de múltiples realidades. Ese exceso de realidades a las que se nos expone nos mantiene en un estado constante de hipnotismo autoinducido, una dinámica en la que no somos víctimas: somos cómplices (Jianwei Xun, 2025, p. 18). La exposición de una realidad que todos conocemos: vivimos bajo el hechizo constante de la tecnología y, en la actualidad, esta produce múltiples realidades. No es algo nuevo, sino el perfeccionamiento de la técnica del poder, sus nuevas herramientas y el mal uso, según Colomedici, que le damos a la IA (el «traductor» refiere que las IA tienen el potencial de incrementar y perfeccionar nuestro pensamiento).

Las influencias de Foucault, Deleuze, Baudrillard y Byung-Chul Han entre otros pensadores con los que se alimentó a ambas Inteligencias son evidentes. Nos sumerge en las dinámicas del poder y su biopolítica propias de Vigilar y Castigar, a cómo han evolucionado tras la Psicopolítica de Byung-Chul, y también recuerda sobremanera a la fragmentación de la realidad descrita en El crimen perfecto de Baudrillard. Incluso me arriesgaría a afirmar que alguna frase ya la había leído antes.

«La imagen ya no puede imaginar lo real, ya que ella misma lo es. Ya no puede soñarlo, ya que ella es su realidad virtual (…). En lugar de estar ausentes de sí mismas en la ilusión, se ven obligadas a inscribirse en los millares de pantallas de cuyo horizonte no solo ha desaparecido lo real, sino también la imagen. La realidad ha sido expulsada de la realidad. Solo la tecnología sigue tal vez uniendo los fragmentos dispersos de lo real. Pero ¿adónde ha ido a parar la constelación del sentido?» (Baudrillard, 1996, p. 8)

¿Puede la IA filosofar?

Como puede observarse, no parte de la nada, sino de la repetición de argumentos ajenos a los que ha hecho dialogar entre sí. Sin embargo, nos guste o no, eso también es filosofar. ¿Cuántas veces, leyendo algún ensayo, la mente se nos ha disparado? ¿Cuántas tesis nacen como comentarios y evoluciones de otros? Se podrían citar muchos trabajos, aunque, solo por dar un ejemplo, mencionaré a una de mis filósofas favoritas, Sophie de Grouchy, cuyo libro Cartas sobre la simpatía (De Grouchy, 2017) escribió en paralelo mientras efectuaba la traducción de Los sentimientos morales de Adam Smith (Smith, 1759). De hecho, si retrocedemos hasta llegar a la Edad Media, gran parte de las obras filosóficas surgió como anotaciones en obras de renombre, por lo que sí: se puede crear a partir de la copia, y la IA, alimentada con cientos de libros y puesta a dialogar y generar texto, tiene la capacidad de hacerlo.

Sin embargo, filosofar es mucho más que generar textos: aparte del diálogo, requiere del uso de la creatividad y de la consciencia. Hasta el momento, no tenemos constancia de una suerte de Consciencia Artificial, y para que pudiéramos hablar de filosofar, la IA debería haber comprendido lo que estaba haciendo. Escribir textos filosóficos de manera mecánica no es filosofar, sino recitar.

Aunque, para ser justos, lo verdaderamente preocupante aquí no es si una IA puede filosofar, hacerse pasar por humana o llegar a ser consciente. Eso nos lo dirá el tiempo, y si la consciencia surge del diálogo no me parece imposible. Lo que no alcanzo a comprender es ¿por qué delegar en una Inteligencia Artificial el arte de nuestro pensamiento? ¿Qué nos lleva a cometer un acto así?

El arte, desde mi concepción personal y para nada académica, es aquello que se crea y comparte con pasión y que otra persona recoge, integra y transforma: la música, la filosofía, la literatura, la pintura y sí, incluso las matemáticas, pueden ser arte. Una forma de comunicación abstracta que persigue la creación continua y en la que se mezclan las emociones, los pensamientos y la técnica. ¿Cómo delegar algo tan propio, tan personal, a una Inteligencia Artificial? ¿No sería similar a delegarle las relaciones sexuales? ¿No nos hace eso cada vez menos humanos y, en cierto modo, más cíborgs? Porque almacenamos nuestro conocimiento en la nube, y utilizamos herramientas tecnológicas para sustituir nuestras capacidades creativas y comunicativas. Los smartphones son una extensión de nuestros cuerpos y podemos acceder a cualquier conocimiento con un par de clics.

Entretanto, a las Inteligencias Artificiales se les pide que cada vez sean más humanas. Para ello se les dota de ideas, de imágenes y conductas que vienen de nosotras mismas. Es decir, se les alimenta de resquicios de consciencias ajenas y, en ese proceso, cada vez somos menos humanos mientras que las máquinas cada vez imitan mejor la humanidad.

Sí, vivimos en un mundo de realidades fragmentadas, de ilusiones efímeras y memoria corta. Un mundo en el que despunta el uso de la IA como una potencial amenaza, cuando la verdadera amenaza es la facilidad con la que renunciamos a lo que nos es inherente como especie. Un mundo que se preocupa de que las IA cada vez sean más humanas sin detenerse a pensar que esa humanidad que se les suma es la misma de la cual nos hemos desprendido.

Referencias

Baudrillard, J. (1996). El crimen perfecto. Anagrama.

Byung-Chul, H. (2014). Psicopolítica. Herder.

Carelli, E. (2025, abril 3). Ipnocrazia, dalla trance ipnotica all’intelligenza artificiale per pensare. L’Expresso. https://lespresso.it/c/-/2025/4/3/ipnocrazia-intelligenza-artificiale-scrittura-filosofia-lespresso/53598

De Grouchy, S. (2017). Cartas sobre la simpatía (R. Hurtado, Trad.). Consejo superior de investigaciones científicas.

Foucault, M. (2014). Vigilar y Castigar. Siglo XXI.

Jianwei Xun. (2025). Ipnocrazia. Trump, Musk e la nuova architettura della realtà (A. Colamedici, Trad.). Edizioni Tlon.

Minardi, S. (2025, abril 7). Ipnocrazia, ecco perché il filosofo Xun non esiste. L’Expresso. https://lespresso.it/c/inchieste/2025/4/7/ipnocrazia-best-seller-libro-chi-e-xun/53621

Orwell, G. (2013). 1984. Debolsillo.

Smith, A. (1759). The Theory of Moral Sentiments.

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