A todos nos parecería que, en pleno 2024, la inclusión educativa es un hecho en todas las escuelas, públicas o privadas, pero la realidad dista bastante de esta idea utópica.
Si nos remitimos al Diccionario de la Lengua Española, veremos que inclusión hace referencia a “Poner algo o a alguien dentro de una cosa o de un conjunto, o dentro de sus límites”. Partiendo de esta definición, se me plantean algunas dudas que entenderemos mejor si observamos la Imagen 1. Bajo mi punto de vista (y ya sabéis todos que soy Maestra de Educación Especial en una escuela pública), estamos confundiendo Integración con Inclusión.
Incluir a un alumno o a una alumna con Necesidades Educativas Especiales (NEE) no es situarlo/situarla en un aula ordinaria (o como diría la RAE, poner a alguien dentro de una cosa o conjunto) y esperar a que se alumno o alumna, entre la diversidad de sus compañeros, crezca y se desarrolle de forma integral con las mismas oportunidades que el resto de alumnado por el mero hecho de compartir espacios y recursos. Eso, según observo y he estudiado y vivido en las escuelas es un intento de Integrar a la persona en “X” en un contexto (en este caso un aula educativa), pero eso, como escuelas modernas que pretendemos ser y no llegamos, debería estar superado, acercándonos cada vez más a la Inclusión (miremos de nuevo las imágenes), un término que entre todos podríamos intentar definir sobrepasando ya las barreras que supone una mera integración. En realidad, y siempre bajo mi punto de vista, la integración lo que acaba fomentando es que los alumnos con NEE se agrupen entre ellos y creen un conjunto “diferente” o “especial” que, sí, está en un aula ordinaria, pero no está recibiendo los soportes que necesita, porque no necesita los mismos que el resto de sus compañeros y compañeras.

Como podemos observar en la Imagen 2, que he buscado a propósito y con la cual creamos debate en la Universidad en su momento, cuando cursaba Magisterio, la inclusión persigue algo distinto, y es darle a cada cual (en este caso no olvidemos que me refiero al alumnado) lo que necesite para, ahora sí, desarrollarse de forma integral y llegue al nivel máximo de sus posibilidades (y aquí el maestro tiene un papel fundamental: creer en su alumno/a y tener en él/ella unas expectativas siempre altas). Podemos hablar de igualdad, y prestarle la misma atención o ayuda a todos y todas, pero… ¿eso es tratar al alumnado de forma justa?
Imaginemos que, en el lugar de recursos educativos, estamos hablando de una barra de pan. Si somos igualitarios, deberíamos darles a todos y cada uno de los alumnos/as una barra de pan, para que todos tuviesen el mismo recurso (la barra de pan, en este caso). ¿Es lo más justo? Sin duda, no. Habrá alumnos/as que necesiten solo media barra, porque tienen menos hambre o su familia le puede proporcionar todo el pan que necesite cuando y como lo requiera; habrá otros alumnos que, desafortunadamente, necesitarán dos, tres o cuatro barras de pan para llegar a unos estándares parecidos a los de su compañero/a, ya que no tiene las mismas oportunidades -por la situación que sea- de hacerse con esa barra de pan. Ahí está (creo), la verdadera Inclusión: en darle a cada uno/a lo que necesita (y no a todos lo mismo, ya que no todos necesitan lo mismo).
Traslademos esto a un aula de Primaria. ¿Basta con situar a Daniel, que tiene autismo, en la misma aula que el resto de los compañeros/as de su edad, para que podamos hablar de su inclusión? Sin duda, no. Daniel necesitará unos recursos, unas ayudas, unas bastidas diferentes (ni mejores, ni peores, pero sí distintas). Aquí entra en juego el papel de la Maestra de Educación Especial. Y os pongo en contexto: Imaginemos, como es el caso de la escuela en la que trabajo, que esa Maestra es la única especialista en Educación Especial de toda la escuela, por lo que tiene que atender todos los casos, desde la etapa de infantil hasta el final de la primaria. Imaginemos, además, que esa Maestra tiene que buscar horas para poder reunirse y coordinarse con los servicios externos que atienden a “X” alumnos (psicólogos, logopedas, psicomotricistas…) y, por supuesto, con sus familias. Sin dejar de lado a la tutora de dicho alumno, que necesita recibir un apoyo o cierto material adaptado para Daniel.
La burocracia aquí se vuelve tremendamente excesiva e insoportable: correos que entran y salen de mis bandejas de entrada y salida, intentar que aquel alumno/a que necesita un recurso de logopedia pueda hacerlo de forma pública (mediante recursos como el CREDA (Centro de Recursos Educativos para Deficientes Auditivos, en Catalunya), adaptar materiales para quienes lo necesitan y otras situaciones que no enumeraremos porque este artículo se haría inacabable.
Las listas de espera para los recursos públicos son exageradamente largas. He llegado a tener a una alumna a la que le ofrecieron el servicio de logopedia, precisamente, dos años después de haberlo solicitado y aceptado desde la escuela. A veces, admito con vergüenza ajena ante la familia que, quizá, sería mejor idea buscar un recurso privado. Y eso me frustra y me enfada, porque… ¿No es la escuela pública para todos y, por tanto, sus recursos deberían ser también públicos y de calidad? ¿Nos merecemos menos? O, mejor dicho, ¿Se merece menos nuestra infancia? Ellos y ellas son los futuros/as protagonistas del mundo que nos espera? Si no invertimos en ellos… apaga y vámonos.

Desde las escuelas no pedimos solidaridad, compasión, misericordia o caridad, queremos que la Inclusión pueda ser real en un mundo que de verdad apueste por darle a cada uno/a las oportunidades que requiera. Queremos tiempo para trabajar codo con codo con las familias y momentos para encontrarnos con el resto de los compañeros/as del claustro. Algo imposible con el número de ratio actual y con los recursos que se nos proporcionan (¿a quién se le debió ocurrir que una sola Maestra en Educación Especial en la escuela puede gestionar todos los casos de alumnos/as con NEE o alumnado recién llegado con tal volumen de faena?). No se puede. Yo no. No puedo. Y ver como hay alumnos/as que se me escapan, me enfada, sí, pero sobre todo me entristece. Me entristece porque estamos hablando de niños/as que son nuestro futuro y se merecen que la escuela desarrolle al máximo ese poder compensatorio que debería tener. Me entristece no poder acompañarlos como se merecen, y, sobre todo, me entristece ver como la educación pública… no se adapta a los alumnos/as. De ahí, al fracaso escolar, hay un paso.
“La discapacidad no está en la persona, está en el entorno. Pues adaptemos el entorno”.