Este momento es lo más parecido a la precariedad que había vivido en este país desde hace muchos años. La salud mental sigue siendo uno de los pilares fundamentales en cada uno de nosotros, estamos informados (sobre informados incluso a través de las redes sociales y libros de autoayuda. ¡Qué… Ojo! ¡Yo soy la primera que cotilleo en estos lugares!), pero poco se hace al respecto desde esa posición. Voy a intentar (siento si a veces me desvío del tema) escribir algo medianamente interesante. Esto, al fin y al cabo, es mi vivencia como maestra de Educación Especial, sobre la salud mental y este precioso mundo (no va con segundas, es realmente precioso) que es la docencia de vocación.
Empiezo con fuerza, que ya me iré desinflando: Me siento desprotegida, y el Departament es el primero que se lava las manos. Tras cada jornada salgo pensando, reflexionando. He trabajado en escuelas en las que medio claustro tiene que tomar medicación para poder lidiar con todo lo que implica su tan poco valorada profesión. Todos nos critican. Todos creen saber más de educación que tú. Tú criterio vale poco. Nadie termina de confiar en los maestros de sus hijos ni en el Proyecto Educativo de su escuela. Ellos, los educadores y educadoras, tienen una cantidad de horas lectivas cada vez más alta. Ahora, debido a lo apretada que está la agenda, en mi escuela solo podemos atender a los padres de nuestras 25 criaturas (en el mejor de los casos, el curso anterior una clase de primaria estaba con una ratio de 27) una hora y media cada 15 días. Echa cuentas, ya verás como no salen. Y ya de paso busca una buena excusa para esas familias que quieren hablar contigo, pero lo único que puedes hacer es ofrecerle tu email (que consultarás fuera de tu horario laboral).

Evidentemente, le echamos más horas y corazón a este tema, porque de lo contrario, las familias de mis alumnos y yo no nos conoceríamos nunca a lo largo del curso. ¡Ah, se me olvidaba! Entre hora y hora extra, tenemos que buscar un hueco para hacer materiales, ya que trabajamos sin libros de texto, pero muchos de nosotros/as jamás dejamos de enseñar. Algunos de estos materiales hay que adaptarlos para los niños/as con Necesidades Educativas Especiales: No le puedes presentar los mismos recursos a un alumno con dislexia, con TEA o con la condición que sea que a un alumno que ha tenido un normodesarrollo o que no tiene ninguna dificultad de aprendizaje, emocional o de conducta. Y aquí podría abrir otro melón para hablar -desde mi experiencia- de la verdadera inclusión en las escuelas (una inclusión que no solamente no se da por falta de recursos, si no que termina por agravar las diferencias entre unos y otros. E igual en el caso de los aquí llamados «Nouvinguts»). Pero da igual, nuestra ciudad es MODERNA, sus escuelas y docentes también, las familias y sus hijos e hijas aún más, así que aquí TODO VALE (crianza hipermegarespetuosa. Método de noséqué. Los límites son solo algo que se estudia en las matemáticas de bachillerato. Nada de ser sincero, no le digas NO al niño/a, que eso crea traumas infantiles). Viste y vístelo todo color de rosa, ¡Qué eres maestra, hombre! Sí tienes que levantarte a las cinco y media de la mañana porque te han adjudicado destino a más de una hora de casa, es lo que hay. ¿Qué más quieres? ¡Qué eres maestra! Y si cuando regresas a casa tienes que preparar reuniones, entrevistas, formaciones de claustro, burocracia diversa o coordinaciones con los servicios externos a los que acude ese alumno/a que tanto te preocupa… Es tu trabajo. Hazlo sonriendo. Si no lo haces en horario laboral, te dirán que no te organizas bien. Pero tú sonríe, que eres maestra y en verano tendrás dos meses de vacaciones (también os puedo explicar en otra ocasión «cositas» sobre esos dos meses de campo y playa que tan difundidos están). Eso sí, los ansiolíticos para dormir, pastillas para la ansiedad y la depresión… En tu mesita de noche (aunque estos ya no sean rosas). Id sumando (ojo aquí también, seguramente quién acaba recurriendo a esta medicación tiene más problemas que los «meramente» laborales. No generalizamos. No todos los docentes tomamos medicación).

Nuestro sistema educativo es excesivamente burocrático. Hay una deshumanización y despersonalización de toda la comunidad, y a esto sumadle que hay determinadas Direcciones que abusan del poder que se les ha otorgado (no en mi caso, afortunadamente). Ahora, agita todo esto y tendremos un buen cóctel Molotov. Mete ese cóctel en tu bolso o en tu mochila, y sonríe de camino a la escuela. Sonríe al conductor de autobús, a tus compañeros y compañeras, a las familias… Sonríe cuando veas que tienes que sustituir justo en ese «ratito semanal» que tienes de Gestión Personal para andar entre expedientes. Sonríele a tu hijo/a cuando le llames para darle los Buenos Días (no cuentes con tener ningún tipo de conciliación familiar; esta ciudad es moderna… pero no te pases, no tan ‘moderna’ como para permitirte llevar a tu hijo a la escuela o acudir a reuniones con su maestra. Ya te las apañarás). Sonríele a la sustituta, este curso a media jornada, que trabaja de jueves a domingo en un bar de copas por la noche porque con la docencia no le llega. A dormir unas horitas y… ¡Ánimo! A dar clase de algo que «casualmente» ni siquiera es tu especialidad. No te quejes, que no estás en una fábrica. Sonríe grande, fuerte. Porque todos saben que tienes la profesión mejor pagada y valorada del mundo. Pero, sobre todo, sonríele a tus alumnos y alumnas, que de verdad son los que aún te quieren y se están convirtiendo en tu verdadera terapia, cubriendo de tiritas de Bluey algo que hace tiempo se está rompiendo y nadie recompone: la educación pública y la salud mental de sus miles de docentes.
Mientras, yo estoy deseando volver a ser una Educadora Especial en esta escuela. Pero, en todo este embrollo, solo soy una maestra que disfruta viendo a ratitos cómo SONRÍEN y APRENDEN de verdad aquellos alumnos/as que solo necesitan que les acompañes un poco más de cerca. Confío en cada uno de ellos plenamente, si no lo hiciese, seguramente estaría trabajando en Mercadona (gracias a todas sus trabajadores/as, sin ellos/as tendría la nevera vacía y no habría podido vivir la experiencia de poner una piña del revés en el carro a las 19h). Además, creo que allí las cajeras me sonríen de verdad.
Este coctel indignado lo escribe Profesora Cabreada.