Estos días estoy leyendo una novela histórica, un betseller de una autora del Reino Unido que se titula “La Enfermera de Auschwitz”. Es una obra basada en hechos reales que está teniendo gran repercusión en su país de origen.
Os resumo rápidamente el argumento:
Año 1943, Esther es una jovencísima comadrona polaca de origen judío. Durante el desarrollo de la II Guerra Mundial y tras invadir Polonia, los nazis llegan a su localidad y establecen un gueto separado del resto de la población mediante una alambrada de espino. Para ello expulsan a los judíos de sus casas (muchas de ellas bastante acomodadas) y se las entregan a los polacos no judíos y a las familias alemanas. Pronto el gueto es entendido como un campo de trabajo en el que sobreviven a duras penas sastres, panaderos, enfermeras , carniceros…todos con el objetivo de abastecer a los oficiales de las SS. El joven esposo de Esther es uno de esos sastres que trabaja cosiendo los uniformes de los oficiales alemanes, mientras que ella dedica los días y las noches a traer al mundo a los hijos e hijas de los judíos establecidos en el gueto. Pobres criatura sin futuro. Pasados pocos meses los nazis establecen que sólo podrán quedarse allí los hombres y mujeres aptos para trabajar. Así se llevan a niños, ancianos y enfermos. Sus familias jamás volverán a verles. Por otro lado, hacía ya bastantes semanas que muchas personas eran trasladadas en camiones a otro campo de trabajo. Uno muy extenso y que estaba alcanzando gran fama, no por su productividad, sino por los horrores que allí se describían. Los alemanes lo describían como el campo «más efectivo». Un lugar tenebroso, que desprendía olor a gas y a carne quemada. Los judíos llegaban en trenes, hacinados y moribundos. Esther, que había formado parte de un núcleo de resistencia en su propio gueto, había sido llevada en uno de esos trenes, dirección Auschwitz. Su delito había sido defender a su madre enferma e intentar que no se la llevasen por considerarla improductiva. Al llegar al campo el frío intenso en el aire y en el alma se apoderó de los recién llegados. Al menos la madre de Esther había muerto en el trayecto y no tendría que soportar lo que a Esther ahora le esperaba.

Como enfermera y comadrona nuestra protagonista pasó a formar parte de un grupo de mujeres dedicadas a atender a las presas y embarazadas. Todas estaban a cargo de enfermeras alemanas que habían olvidado su Juramento Hipocrático y se habían convertido en mujeres sin alma. Lo cierto es que “atender” es una palabra demasiado bella teniendo en cuenta lo que allí sucedía. Los bebés de las mujeres judías que se retorcían en sus literas, delicadamente atendidas por las comadronas presas, eran lanzados por las enfermeras nazis a la basura nada más nacer. Todo sucedía ante el horror de las madres judías, de cabeza rapada, pies descansos y pijama de rayas.
Sus pequeñas vidas significaban nada, ni tan solo un número de registro de un campo de concentración, ya que nunca les dio tiempo a vivir. Esther logró que las atrocidades se minimizaran y que madres e hijos, pasasen sus últimas horas de un modo algo menos cruel. Cuidó de parturientas y pequeños, asistió a los necesitados y consiguió que muchas personas lograsen sobrellevar mejor el horror de uno de los más horribles campos de concentración nazis. Muchos bebés sobrevivieron pero fueron entregados a familias alemanas que no podían tener hijos. Esther tatuó el mismo número de referencia de las madres en los brazos de sus hijos por si, algún día, tras separarlos, el azar y la búsqueda podía volver a unirlos.

Una obra que te engancha desde el primer momento y te acerca al horror cometido por los nazis contra los judíos. Al leer sus páginas me vienen a la mente imágenes horribles. Pienso… ¿qué ocurría en los hospitales donde bebés y madres judías vivían algunos de los momentos más importantes como el nacimiento y la espera? Me imagino hileras de recién nacidos olvidados en sus camitas, llorando sin consuelo, sin sus madres. Las madres sin hijos, los hijos sin madres….Hospitales vacíos, médicos y enfermeras asesinadas cuidando hasta el último momento, niños olvidados, donde sólo quedan ellos, donde sólo quedan ellas, que quizás no han disfrutado de la vida más que un día o un segundo. Veo a madres y padres correr indefensos con sus pequeños muertos en brazos, corriendo hacia los hospitales, creyendo que aún les restaba un último soplo de vida y descubriendo después que ya era tarde y que de nada había servido correr. Pero ahora pienso ¿cómo es posible que yo pueda ver tan nítidamente esas imágenes? ¿será que en la era digital y de la comunicación se retransmiten en directo los horrores de las guerras y el colonialismo? Quizás las imágenes que veo no son las que aluden al libro, quizás se entremezclan con la realidad. ¿Y si esas imágenes son de actualidad y no son bebés judíos los que mueren olvidados, como aquellos que acababan en la basura de los campos de concentración nazis?. Quizás son los niños palestinos, repudiados, odiados, masacrados por defender su tierra. La ternura de la primera infancia cortada de cuajo sin tiempo casi de expresarla.

Hace 80 años los niños y niñas judíos eran asesinados nada más nacer. Se cometió un terrorífico genocidio contra todo un pueblo, como ocurrió y ocurre con otros pueblos. Estoy segura de que aquellos que sobrevivieron ahora se horrorizarían al ver que los maltratados se han convertido en maltratadores, los asesinados en asesinos sin respeto por la vida y en nombre de la religión y el colonialismo. Creo que no podrían soportar el hecho de que sean ahora una parte de los judíos quienes masacran a la población civil de la franja de Gaza, demostrando una crueldad horripilante, olvidando el valor de las vidas de mujeres, hombre y niños, si, sobre todo de niños.
Es curioso como los humanos parecemos olvidar la historia, como los intereses de las grandes potencias, incluyendo Alemania que parece pagar una deuda histórica con su silencio, superan con creces la tristeza de ver morir, día tras día a personas inocentes. De ver morir a esos niños de la franja de Gaza. Todos los que silencian o apoyan, son culpables. Y aquel pueblo exterminado ahora comete un genocidio en una frontera inexplicable, en un territorio robado en nombre del un texto que se interpreta a favor del pueblo de Israel.
Los médicos de Gaza pagan ahora el coste de su juramento, el que ellos no han olvidado nunca, ni al llegar al final, ni en su último aliento.
Un artículo de @LetibeRebel
Libertad y vida. Freedom for Palestine.