CULTURA, RETÓRICA Y OPINIÓN…

               

…Y además en ese orden. Estoy entre quienes opinan que en ciertos trabajos “cara-al-público” no todo vale o, para decirlo más correctamente, no debería valer todo. Pero desgraciadamente es lo que hay. Desde mi punto de vista, aquellas personas cuyo cometido está en el trabajo de aula, en los medios informativos y por supuesto en la política (me centraré en los 2 últimos) deberían tener una adecuada formación en el trinomio que da título a este pequeño artículo y que únicamente busca entreteneros e invitaros a la reflexión. Por partes, pues, e intentando no dar nombres que luego la gente se ofende.

Cultura implica conocimientos y comporta por tanto (“implicar” y “comportar” son análogos pero no sinónimos) saber lo que se dice con conocimiento de causa: la causa de que alguien profiera algún tipo de mensaje es que quien lo profiere “sabe”, consigue que sus interlocutores “sepan que sabe” y por consiguiente estos recibirán un mensaje coherente y de contenido fiable (causa-efecto). Harina de otro costal es que esos interlocutores sean lo suficientemente exigentes. (Acordaos de aquella célebre canción “pero qué público más tonto tengo”). Cultura es, entre otras cosas, no atribuir versos a quien no los ha escrito, no confundir Bizkaia con Gipuzkoa ni a Madrigal de las Altas Torres con Torrigal de las Altas Madres… por ejemplo. Cultura es no banalizar palabras como “libertad”, “huelga general”, “dictadura”. Y cultura es también tener compasión (padecer-con) de aquellas personas a las cuales te debes, a la hora de ejercer tu función pública, también cuando haces uso público de la palabra (v.g. evitando decir gilipolleces) y no digamos cuando gestionas el dinero de todo dios. Porque sí, buena gente, definitivamente sí: CULTURA también implica y comporta (implica, por lógica; comporta por conducta-acción) una actuación moral pulcra en tanto que praxis de una ética higiénica elemental. 

En la misma línea que estoy usando el término “CULTURA” (así, con letras bien grandes) voy a referirme ahora a la RETÓRICA, la cual sabéis que está vinculada con la oratoria. El Diccionario de la Real Academia Española define oratoria como <<el arte de hablar con elocuencia, es decir, de expresarse eficazmente mediante la palabra dialogada, ante cualquier auditorio y en cualquier circunstancia. En un sentido más concreto, podemos determinar que “oratoria” son las técnicas especializadas que permiten a una persona expresarse eficazmente ante un individuo o grupo determinado, para trasmitir sus conocimientos, con el fin de informar, convencer o persuadir>>. Dejando a un lado todo cuanto pueda quedar implícito/posible/rastreable sobre la demagogia en esta definición, quiero llamar la atención sobre la  última parte de la misma, la que a mi juicio está más en consonancia con esa ética higiénica elemental a la cual me refería en el párrafo anterior: el objetivo de la retórica-(oratoria) sería <<transmitir  (sus) conocimientos con el fin de INFORMAR, convencer o persuadir>>. Desglosemos y reordenemos: convencer o persuadir a alguien acerca de algo, sí, pero ne-ce-sa-ria-men-te desde la información (se supone que informar es transmitir un mensaje reflejando fielmente los hechos que son el referente de tal mensaje) y desde el conocimiento. En ningún caso pues, se trataría de manipular, tergiversar, escamotear, o banalizar. En los medios, en la política (especialmente en la derecha, al menos en España) abunda el opinador y escasea el informador; y tristemente suelen ser opinadores sin rigor alguno sobre aquello que opinan, sin conocimientos o (peor aún) con plena conciencia de estar dirigiéndose a gente ignorante y/o cabreada, sabiendo que para este tipo de público basta con emplear una retórica de medio pelo y que si está plagada de errores, inexactidutes o incoherencias poco o nada importa… ¡Porque en el fondo no respetan a ese público, del cual se sirven como quien se sirve de un pañuelo de papel de usar y tirar!

Seis líneas más arriba ya he aludido a la figura del “opinador”. Un opinador cuyo horizonte cultural es mediocre, cuya retórica es pueril; o cuyo grado de cultura es pauperrimo y cuya elocuencia se basa en la bronca y en la incitación es un mal opinador y un informador absolutamente nulo. Si además el opinador de turno es inteligente (pese a su incultura) o su equipo asesor cuenta con gente inteligente (pese a su incultura también) estaremos ante alguien cuya única pretensión es roturar las mentes de su público, anular cualquier atisbo de reflexión crítica apelando a los sentimientos y emociones más primarios, utilizando para ello la mentira y la exaltación del odio, jugando la baza del miedo al otro (al diferente) e incluso infantilizando más (si cabe) mediante un fervor religioso gregario, retrógrado y absurdo, con el objetivo de aprovechar todo ello para medrar o para perpetuarse en el poder. Y esto es y ha sido así en las últimas derechas-ultra emergentes: ¡EN TODAS! Lo hemos visto y/o lo estamos viendo en Rusia, en Brasil hasta hace poco, en EEUU, en Hungría, en Polonia, en Países Bajos y (¡para vergüenza colectiva!) también en Israel… Y por supuesto en cierta zona de Madrid, que casi-casi-casi se me olvida (emoticono de carita irónica).

Así pues, ¿cultura, retórica y opinión? Como instrumentos de dominio, jamás; como herramientas para el pensamiento crítico, siempre. Pero dejadme acabar con una advertencia; y permitidme que lo haga faltando levemente a mi palabra del principio cuando decía que no iba a dar nombres, así pues me corrijo para citar a Marco Tulio Cicerón: <<No hay nada tan increíble que la oratoria no pueda volverlo aceptable>>. Ahí queda eso.

TXESKO C.

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