Escribo esto hoy, 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres, con la intención de que pueda ser publicado (y leído, claro) un día cualquiera. Porque desgraciadamente a las mujeres se las golpea, ningunea, ofende, menosprecia, discrimina, manipula, viola, asesina, esclaviza, arrincona, cosifica… ¿sigo…? Bueno, se les hace todo eso y más UN DÍA CUALQUIERA; como veis, esto último lo he dicho gritando como queriendo que mi grito sirva para proteger a las dos personas que más amo en este mundo. Ambas viven conmigo, de una de ellas soy padre; de la otra no; ella es la madre de la zagala y con ella llevo compartiendo todo lo que dos personas que se aman y forman una pareja pueden compartir respetando sus respectivos espacios… Pero en fin, se supone que mi colaboración con LaTaska tiene que ver con la filosofía, ¿no? Pues tranquis, que de eso van a ir las líneas siguientes.
Otra de las personas a quien con el grito del párrafo anterior quisiera, no solo proteger sino honrar, y a través de ella hacerlo con todas las mujeres (¡ojalá…!) es una amiga a la que quiero con delirio. No os diré su nombre (del mismo modo que “aquel otro”, en la Edad Media, tampoco reveló el Nombre de la Rosa) por la sencilla razón de que ella no querría que lo hiciera. Pero sí os contaré algunas cosas sobre su persona. Mi amiga es muy bella; de una belleza difícil de imaginar y a la cual es difícil hacerle justicia desde la limitada herramienta del lenguaje, porque es tan hermosa por fuera como por dentro y a eso es muy difícil ponerle palabras. Y es que no son solo sus ojos, sus manos, su sonrisa, su voz… ¡Ay…!¡Si la oyerais hablar…!. Es su agudeza en el análisis, su capacidad para sintetizar, su talento para hacer preguntas, su sed de cultura y de conocimiento y lo que atesora en ambos casos, su sentido de la solidaridad y de la justicia. Es imposible no quererla. Es imposible no ver a través de ella a todas las mujeres valiosas.
Hace unos días mi amiga me dijo que había empezado a leer la Divina Comedia y me confesó (injustamente avergonzada a mi modo de ver) que hasta ahora no se había atrevido con ella por diversos motivos (y razones) que no vienen al caso. Dando por sentado que teniendo en cuenta mi formación y mi trayectoria profesional era muy probable que yo sí la hubiera leído me planteó varias cuestiones al respecto. La fundamental tenía que ver con dos de los personajes principales: Un hombre, San Bernardo, y una mujer, Beatriz Portineri, amante y musa del autor Dante Alighieri. Quienes hayáis leído la obra sabréis que tanto él como ella, entre otros menesteres, ejercen la función de guías (si bien es cierto que Bernardo de Claraval desempeña ese papel muy al final, recogiendo en algún sentido el testigo del poeta Virgilio, aunque también “suplantando” a la propia Beatriz; en este caso las comillas son comillas de duda cautelosa.) Mi amiga destacaba la importancia que tenían para Dante los filósofos, al menos tanta como los poetas, e hizo un inteligentísimo contrapunto relativo a la poesía, la filosofía y a los personajes femeninos que aparecen en la D.C. (con Beatriz a la cabeza) en función de la relevancia que éstos tienen. Sobre este particular, de cuya verdadera importancia acabé dándome cuenta horas más tarde, empecé a trazar una línea que enlazaba a San Bernardo de Claraval con su gran adversario en los campos de la filosofía y de la teología, Pedro Abelardo. Dicha línea iba orientada hacia la (en mi modesta opinión) clamorosa ausencia de Abelardo en el monumental poema del genio florentino… Esto sería materia para otro artículo e incluso para más de un debate, de modo que lo dejaremos aparcado por el momento. Mi intención era que dicha lína desembocara en el valor espiritual e intelectual (?) que Dante atribuía a las mujeres pero debo reconocer que fui bastante torpe en mi intento.
Como os he dicho, horas después volví sobre el asunto de la presencia femenina en la Divina Comedia. Y fue así que Abelardo me llevó hasta Eloísa. Porque si Abelardo es una ausencia llamativa (habrá quienes digáis que no y lo asumo) ¿qué podríamos decir de Eloísa?. Antes de pensar o decir alguna barbaridad por mor de la ignorancia o el desconocimiento me puse a indagar por ahí, a trastear en bibliotecas virtuales y de las otras. Me encontré con un artículo muy interesante presentado por Edith Beatriz Pérez, una investigadora argentina de la UNNE (Ciudad de Corrientes) titulado “Las mujeres en la Divina Comedia”; debo decirios que gracias a él descubrí unas cuantas cosas. Beatriz es calificada “como ángel sonriente” y “personificación del ideal femenino de espíritu virtuoso y piadoso”, el prototipo de “mujer-ángel”. No me resisto a transcribir aquí un soneto que le dirige Dante a su idolatrada y mitificada musa: <<Tan gentil parece y tan honrada/mi dama al saludar con cortesía/que enmudecen las lenguas conmovidas/y se niegan a alzarse las miradas/Ella pasa y escucha que la alaban/benignamente de humildad vestida;/y parece una cosa descendida/que un milagro del cielo nos mostrara/Se muestra placentera a quien la mira/al corazón da un dulzor sus ojos/que no puede entender quien no lo prueba:/y que de ella surgiese pareciera/un espíritu suave y amoroso/que va diciéndo al ánimo: ¡Suspira!>>. Aquí podéis ver la imagen que tiene Dante de su amada Beatriz, idealizada sin duda, y haciendo honor al modelo femenino por antonomasia que se admiraba por parte del hombre medieval. Pues bien: si el “excesivamente” racional y conceptualista Abelardo no tuvo sitio en la Divina Comedia, menos aún lo podía tener Eloísa, o al menos no la Eloísa real, la verdadera Eloísa, la auténtica, no el personaje sino la genuina Eloísa; una mujer culta y con ansia de conocimiento, que dominaba el latín y el griego, que conocía a los clásicos, que componía música, poeta, pionera del género literario epistolar… Fue maltratada y hasta golpeada por su tío Fulberto, quien quería obligarla a casarse y a pregonar su matrimonio con Abelardo después de que este la dejara embarazada. No voy a contaros aquí toda la historia, pues no es ese el objetivo de este artículo. Tampoco entraré en la polémica sobre quién perdió más: Abelardo habiendo sido castrado por orden de Fulberto, o Eloísa que ingresaría en un convento de clausura y pasaría por múltiples vicisitudes incluyendo la miseria económica; si Abelardo privado de su virilidad o Eloísa privada de la condición de ser dueña de su propia vida. Insisto: no polemizaré con ello y ahí lo dejo. Buscad, informaos y pensad por vuestra cuenta (y riesgo). Voy ahora con el párrafo final.
Parafraseando a mi amiga, “las mujeres casi siempre salimos perdiendo”, lo firmo y lo suscribo en España, Europa, Planeta Tierra, a 25 de noviembre de 2022, siglo XXI… A día de hoy todavía tenemos que soportar a negacionistas y botarates de todo tipo, también en la tribuna política, incluso mujeres que ejercen como esbirras de sus machos alfas-dueños-señores quienes luego predican de ellas “hombría”. Me estoy calentando y no quiero; mi amiga me regañaría y con razón, pues no vale la pena y a mi delicada salud tampoco le conviene. Vale, termino pues: estas líneas van por ti, para darte las gracias por estar siempre ahí, por servirme de estímulo y de ejemplo, por quererme tanto como yo te quiero a ti, por valorarme como nadie más lo hace, por no rendirte nunca, por no haberte rendido cuando eras niña, por haber sido siempre tan valiente (aunque tú digas que no). En tu nombre, amiga, para que dejen de ser necesarios los Veinticinco de Noviembre. En el nombre de todas las que sufren, de todas las ausentes que no deberían ser ni estar ausentes… SU (tu) nombre, SUS (vuestros) NOMBRES.
Con todo mi amor.
TXESKO C.