APUNTES PARA UNA MEJOR COMPRENSIÓN DE LA CIENCIA (PRIMERA PARTE)

Es bastante normal que quienes no nos dedicamos profesionalmente a la ciencia experimental (como mucho a la teoría del conocimiento) tengamos una perspectiva poco realista sobre su funcionamiento. En general tendemos a adoptar opiniones que continúan ancladas en el siglo XIX o, en el mejor de los casos, en el primer tercio del XX. A la luz de esta evidencia me  he propuesto ofreceros una mini-serie de artículos con la intención de esclarecer algunas cuestiones relacionadas con la “evolución” del quehacer científico. 

Yendo de atrás hacia adelante, sin entrar demasiado en detalles, podemos afirmar con rotundidad que ya Platón y Aristóteles  anhelaban un conocimiento general tan seguro como el de la geometría y tan sustancioso como el de la retórica. Recordemos, no obstante, que las ciencias aún no se habían diversificado y los modelos todavía no se parecían mucho a los actuales. Algunos siglos más tarde, Descartes, Bacon y Newton (el francés desde la intuición intelectual, los británicos partiendo del método de inducción-deducción) creyeron encontrar un procedimiento que serviría tanto  para acceder al conocimiento como para acreditar su certeza. Pero David Hume hizo saltar por los aires dicha convicción con su crítica a la noción de “inducción”; en aquel momento parecía que solo quedaban dos alternativas: el irracionalismo, o el escepticismo (Hume se decantaría por este último). Bien, pues como veis, en una poquitas líneas hemos pasado del siglo IV a. de n.e. hasta el XVIII… o como quien dice, hasta “antes de ayer”. Durante el XIX, como sabéis, se fue recuperando paulatinamente la confianza en la ciencia empírica hasta la llegada del positivismo, momento en el que por obra y gracia del francés Auguste Comte la ciencia va a alcanzar un estatus poco menos que de “sagrado” el cual, supuestamente o al menos en teoría, acabaría desplazando a la religión. Esto, lejos de clarificar las cosas, va a ser el preludio de un agravamiento del problema… probablemente porque es justamente ahí cuando se empieza a mitificar la ciencia.

Luego llegó el Empirismo Lógico (una especie de “fenomenismo duro”) preocupado porque la crítica procedente del darwinismo a la descripción del “sujeto trascendental” kantiano y las sorprendentes consecuencias de las geometrías no euclídeas y de la física relativista cuestionaban la posibilidad de un conocimiento objetivo y verdadero; y si tenemos en cuenta además el inquietante principio de incertidumbre surgido a partir de la mecánica cuántica (Heisenberg, 1927) el problemón sobre el conocimiento científico queda servido en bandeja de plata.Si creéis que esto está ya superado, aquí os dejo un enlace de ayer mismo

https://www.informacion.es/tendencias21/2022/01/19/existe-mundo-todavia-61715476.html . Por todo ello el Empirismo Lógico, con el fin de separar con rotundidad lo “verdadero” de lo “falso”, al menos en el ámbito del conocimiento científico, azuzó a la filosofía para que se “liberara” de ese peso muerto llamado “metafísica”, se redujera a epistemología, y asumiera como su propio y único objeto tratar de reconstruir racionalmente el conocimiento y expresarlo de un modo adecuado, lo cual se realizaría mediante la aplicación mecánica de unas reglas lógicas sobre la expresión lingüística, debidamente formalizada por tanto, de los enunciados que explicitan las teorías científicas. Así, habría 2 tipos de enunciados:

-Protocolarios: cuyos referentes son  los hechos constatables empíricamente; se erigen en fundamento de las ciencias.

-El resto, es decir: hipótesis (enunciados generales no verificados), leyes (hipótesis verificadas) y teorías (sistemas de enunciados generales de los que se deducen leyes).

Lo que aquí  nos interesa es la correspondencia de estos enunciados con la realidad, es decir, su rigurosa contrastación empírica. Aquí es donde aparece el “principio de verificación” propuesto así por el CÍRCULO DE VIENA: “Un enunciado tiene significado únicamente si sabemos de qué modo podríamos establecer su verdad o falsedad de acuerdo a la experiencia” (manifiesto-programa  “La concepción científica del mundo” , por O. Hanh, R. Carnap y O. Neurath) . Los enunciados que no se refieren a la experiencia (o que expresan verdades lógicas) son “pseudoproposiciones”, se declaran “sin sentido”, y no se les consiente formar parte de la ciencia. Estamos ante un empirismo sensista tan ingenuo como drástico: no sólo la verdad depende de lo empírico; también el  significado de los enunciados (esta conexión neopositivista entre verificación y significado será muy criticada por  Karl R. Popper, de quien nos ocuparemos en el siguiente capítulo). Este principio chocaba con la inducción (denostada por Hume, pero rehabilitada en el XIX): verificar una ley supondría comprobar empíricamente TODOS los casos potenciales, lo cual suele ser… ¡imposible!. Si este principio fuera aplicado a las ciencias experimentales estas quedarían au-to-má-ti-ca-men-te paralizadas. Por ello, y dada la rigidez de esa formulación, se propusieron otras igualmente inútiles por ser análogamente rígidas o tan laxas que dejaban pasar a la temida metafísica. Por consiguiente este criterio fue siendo abandonado, proceso paralelo a la propia crisis del neopositivismo.

Ahora ha llegado el momento de deciros que es justamente en el umbral de esta crisis del neopositivosmo donde se suele quedar la mayoría de la gente cuando se manifiesta “a favor” de la ciencia y en esto radica precisamente esa perspectiva poco realista e ingenua sobre el funcionamiento de la misma, a la que me he referido en las 2 primeras líneas. Es precisamente aquí donde se construye uno de los mitos que (todavía) contaminan la ciencia y la tecnología: la combinación de ambas es la única explicación posible sobre la realidad y además la manera de imponerse a ella y dominarla. Esto ya lo dejé insinuado en mi último artículo, pero quizá no quedó lo suficientemente claro: la “fe en la ciencia” ¿os acordáis? 

Supongo que teniendo en cuenta lo que habéis leído hasta ahora al menos ya sois conscientes de que opinar y debatir sobre el quehacer científico es bastante más complejo de lo que parece. Pero eso no nos asusta, ¿verdad que no? Por tanto continuemos un ratito más.

Si nos mantenemos, de momento, en el punto al cual habían llegado los neopositivistas antes de que su planteamiento entrara en crisis, es decir, cuando la llamada “Concepción Heredada” de la ciencia (CH en lo sucesivo) empieza a desmoronarse tendríamos que explicar ahora dos aspectos muy importantes, claves diría yo, que afectan a la actividad científico-tecnológica: El Contexto de Descubrimiento y el Contexto de Justificación. En seguida nos meteremos de lleno, pero antes es necesario que convengamos en una cosa: la ciencia averigua y explica acontecimientos, fenómenos, sucesos, eventos, amplía nuestros conocimientos sobre la realidad y junto con la tecnología construye y reconstruye; supongo que todo el mundo de acuerdo en esto ¿no…? Muy bien, pues expliquemos ahora ese (aparentemente) “doble contexto…”

-Descubrimiento: tiene que ver con los factores que influyen en la elaboración de una teoría científica. En el contexto de descubrimiento se deben tener en cuenta elementos no racionales o, al menos, no estrictamente científicos (psicológicos, filosóficos, culturales, políticos, económicos…)

-Justificación: se ocupa de la validación, o de cómo conocer la autenticidad de la producción resultante de una investigación, explicitar si una creencia es verdadera o falsa, si una teoría es lógicamente admisible, esto es: si tiene o no un fundamento lógico, si existen evidencias para sustentar una afirmación, si efectivamente se ha incrementado el conocimiento después de una investigación concreta…

Siguiendo a  Reichenbach, en el contexto de descubrimiento se alude a cuestiones relacionadas con el modo en que producimos nuevas ideas o hipótesis en ciencia; mientras que el contexto de justificación queda vinculado al tipo de criterios que tales hipótesis han de satisfacer para que encajen en el corpus científico. Sin embargo bastará analizar con detenimiento la caracterización de ambos contextos para darnos cuenta de que se solapan hasta el punto de llegar a aparecer como indiferenciados.

Mi propósito con estas últimas líneas no es otro que el de reforzar mi contribución a que revisemos ciertas posturas poco adecuadas con respecto a la actividad científica. En la segunda parte me ocuparé de mostraros qué sucedió a partir de la mencionada crisis neopositivista y, si soy capaz, haré un sencillo recorrido por la llamada “Crisis de los Fundamentos” que afectó de manera importantísima a la matemática durante las primeras décadas del siglo XX  y cuya consecuencia inmediata fue la inquietante y “aterradora” conclusión de que ¡las matemáticas no son infalibles! “¿lo dices en serio, Txesko?” (me preguntaréis seguramente) Os lo aseguro:  lo digo totalmente en serio…

…pero con el mismo cariño de siempre.

TXESKO C.

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